Encuentros

Pájaro, ¡¡hazte un walk on the wild side!!

Birra en mano y cigarrillo en la boca, la sempiterna imagen. La publicación de «Gran Poder», tercer disco del músico sevillano es la excusa perfecta para volver a encerrarnos en la jaula con Pájaro. Sirva como avance de su encuentro con el público de Barcelona el próximo viernes 5 de octubre en la sala Razzmatazz dentro del ciclo Curt Circuit.

Nos citamos con Andrés Herrera en la librería-cafetería Caótica, reducto de la cultura analógica que todavía sobrevive a los envites de la gentrificación en la capital andaluza. Llega puntual y en bici, quejándose de su alergia y haciendo gala de una característica incontinencia verbal. Sutilmente maquillado y dispuesto a estirar la entrevista mientras haya cañas, el Pájaro bulle por la mañana en una crepitante tormenta de ideas. Es el referente inmediato de una clase de artista en peligro de extinción; el penúltimo eslabón para toda una generación aún empeñada en la eternización del pasado a través del ejercicio de ese Grand Guignol al que llamamos Rock and Roll.

“Tío, esto no da para vivir. Te ves obligado a improvisar cada día. Hasta he hecho de DJ pinchando éxitos de los ochenta en el bar de mi colega Rosa. Y a mí que no me gusta Eurythmics. Bunbury no lo habría hecho”. La dimensión tragicómica que ha adoptado el personaje dentro del imaginario pop patrio y la habilidad para sobrevivir que viene demostrando el músico desde la publicación de Santa Leone (Happy Place, 2012) nos proyectan una imagen clara: la de un brillante compositor que se reconoce “viviendo de prestado” en un país cada vez más impermeable al mensaje de una guitarra eléctrica. Porque aunque Andrés proceda del linaje distinguido sobre el que se articuló la Sevilla comanche de Dogo y Silvio, también ejemplifica el ocaso del rock como colección de estereotipos imbricados en la tradición del hard boiled callejero. Johnny Thunders, Gene Vincent, Keith Richards, Muddy Waters, Bambino, Celentano, Morricone o Mink Deville forman parte del ADN que insufló vida a aquel folclórico spaghetti-western que destilaba su debut de hace seis años.

Pero, ¿cómo encajar hoy ese rosario de referentes en una generación que se debate entre la banalización de la épica pop de Izal y el karaoke post millenniall de Dellafuente? Animal arquetipo de una época remota, en Pájaro coinciden el héroe y el villano, pero también el bufón y el caballero; un crisol de identidades que se diluyen cuando haces las cuentas tras la publicación de tres discos inapelables y más de un lustro afrontado con su banda en la carretera. Gran Poder (Happy Place, 2018), su nuevo trabajo, supone una inesperada traición a los presupuestos de aquel blues ítalo-americano que convirtió al celebrado He matado al ángel (Happy Place, 2016) en una suerte de “caminando por el lado salvaje” a la andaluza. Como él mismo indica, este es el álbum más comprometido de un músico cada vez más concentrado en escribir su visión sobre un mundo que se le escapa. Quizás también sea el trabajo que menos suena a Pájaro.

Sorprende que eligieras «A galopar» de Paco Ibáñez como single de adelanto. He leído que pretendías regalarnos un himno, pero no tengo muy claro si el público habrá captado el mensaje.

Todo fue de lo más natural. Cuando me levanto por la mañana lo primero que hago es tomarme un café. Luego, antes de ir al baño, suelo coger la guitarra y toco un rato. Una mañana me pilló en esta dinámica con mi hijo rondando por casa. Nos habíamos levantado temprano y estuvimos ojeando el periódico. Le comenté que deberían hacerse más canciones con carga social. Él no conocía la original de Ibáñez, que ya la habíamos usado para cerrar los directos. Entonces se la toqué. Mi hijo, con apenas veintidós años, conectó totalmente con el mensaje. Si te das cuenta, no es una canción para interpretarla en un festival delante de diez mil personas. Es un tema para que la gente lo cante en la calle. Considero necesario mojarse un poco más, independientemente de a lo que te dediques. Aunque me da que las nuevas generaciones andan un poco en la parra con estas cosas.

¿Por qué lo dices? ¿Piensas que tu proyecto no encaja en la realidad que forman los macro festivales? Al fin y al cabo son los espacios donde mejor se podrían lanzar proclamas.

La cosa está jodida. Cuando hablo de “la cosa” me estoy refiriendo evidentemente al punto socioeconómico en el que se encuentra actualmente el país. Es algo que nos afecta desde todos los ámbitos. Veo muy complejo el panorama musical español, con el 21 % de IVA lastrando todavía a la cultura más los filtros que existen para tocar en grandes festivales que lamentablemente, son los que te permiten conseguir una sostenibilidad. Vivimos un excelente momento creativo pero por otro lado resulta más complicado que nunca sobrevivir de la música. Llevo en esto desde los quince años y puedo asegurarte que no he conocido tiempos más nefastos que los de ahora. Mantener una banda con seis tíos cuesta mucho y a veces te ves forzado a pagar o a palmar pasta para actuar. Lo cierto es que Pájaro damos shows en muchos sitios, normalmente espacios como salas y teatros, pero en lo que respecta a los festivales vivimos una situación de ostracismo. Me gustaría conocer el porqué. Supongo que tendrá que ver con las prioridades de los programadores.

Igual es que tu propuesta no interesa a esta nueva generación.

Puede ser. Pero lo paradójico es que si tus discos tienen buenas críticas, suenas en la radio y cuando llenas una sala evidencias el entusiasmo del público, cuesta encajar esa falta de interés. La maquinaria funciona correctamente, pero cuando toca entrar en eventos más grandes, entonces entras en el olvido. Lo mismo es una cuestión generacional, como dices. La gente joven tira hacia un lado diferente al que nosotros defendemos. Es curioso que nos hayamos citado hoy en Caótica, porque es casi una metáfora de lo que estamos hablando, de estos tiempos tan confusos.

Quizás estemos demasiado obsesionados por entrar en ese circuito con tal de crecer.

Bueno, es que en España es una de las pocas maneras que hay para mantener tu proyecto. Después de la Expo 92 sufrimos un bajón brutal en cultura y me marché a Estados Unidos a buscarme la vida. Allí con una guitarra flamenca te aseguras bolos todas las noches. Pero es una jodienda tener que irte de tu país para sobrevivir con un mínimo de dignidad. Si decides permanecer aquí y hacer música, interesa hacer lo que sea para conseguir abrir la puerta de los grandes eventos, aunque sin poner tu culo a la venta. Hay propuestas que claramente no tienen manera de adaptarse a ese entorno. No me imagino a Rocío Jurado, que en paz descanse la pobre, en el cartel de un festival pop.

Bueno, no te creas, porque ya está muerta…

Cierto, cosas peores se han visto. Fíjate los casos de El Dúo Dinamico o Raphael (se refiere a su programación en el festival Sonorama, N. del R.). A mí me gusta Raphael, pero dentro de su contexto, que es el teatro. Quizás debería haberse retirao, como Kiko Veneno (risas). Es broma, he metido guitarras en el nuevo disco de Kiko, que va a ser una pasada. Yo lo que le pediría a los programadores es que dejen las drogas para cuando estén de vacaciones.

Curiosamente mencionas a Kiko, un coetáneo tuyo que quizás sí gaste más energía en intentar adaptar su discurso a las formas de hoy.  

Kiko no es lo mismo que Pájaro. Él hace canciones que pueden reinterpretarse de muchas maneras: flamenco, pop, rock. Los temas de Pájaro son más como esa fantasía occidental que predicaba Silvio, van de Nueva Orleans a Italia. Yo no podría salirme de ese ambiente porque perdería la esencia.

Curiosamente pienso que Gran Poder es tu disco menos personal. Es mucho más estándar y arrastra un cierto tono de urgencia. Sin embargo parece que está funcionando mejor que los anteriores. Igual esta normalización era lo que necesitaba la banda para abrir más su nicho.

Creo que este es el mejor disco de Pájaro, aunque está claro que ha habido una evolución. Tío, empezamos haciendo versiones de Silvio y con el segundo ya empecé a escribir más letras. En el nuevo me he centrado totalmente en escribir. Creo que es un disco con muy buena literatura musical, aunque es cierto toqué menos la eléctrica. Esta vez dispuse de muy poco tiempo para entrar en el estudio. Había momentos en los que o entraba a grabar Raúl sin mí o no se grababa nada. También me he centrado más en meter guitarra flamenca, que es lo que realmente me gusta. Es cierto que suena más estándar. Si quitamos «A galopar» y «Los callados», el disco entero es más fácil de situar dentro del contexto de 2018. Es un álbum más rockero y homogéneo. También me apetecía levantar un poco las manos del volante y aparcar lo italiano y el sonido fronterizo.

Tratándose de alguien que ha abierto shows para Dylan, cualquiera diría que ya eres un músico con una proyección imparable.

Efectivamente hemos tocado con Bob Dylan o grabado con Silvia Pérez Cruz a un nivel brutal y sin embargo esas cosas no permanecen en el tiempo, se diluyen. Antes existían bandas que aunque grabaran un par de temas buenos y luego el resto del disco fuera un mojón, sí que podían permitirse estar de gira promocional dos o tres años. Hoy es todo más complejo. Hay muchos aspectos que influyen en que las cosas sigan funcionando. Como decía mi padre: entre todos lo mataron y él solo se murió. Quizás esté dando un mensaje negativo, pero realmente soy un loco optimista porque voy a seguir haciendo lo que me gusta hasta que ya no tenga fuerzas, especialmente en esta época en la que resulta tan necesario expresar tu desacuerdo. Yo no me quedo tranquilo viendo cómo mis vecinos pierden sus trabajos y sus casas. Probablemente la gente de hoy esté en otra onda. Que los pensionistas salgan a la calle a pedir por sus derechos mientras los más jóvenes se quedan en sus casas viendo Mujeres hombres y viceversa… En los ochenta teníamos más ganas de conocer y había más reacción frente a los hechos sociales que sucedían. Ahora están más preocupados de mantener pegada la nariz al móvil y comprarse unas gafas bonitas en vez de unas gafas para ver el mundo.

Eso suena un poco a abuelo cebolleta.

Soy un abuelo cebolleta, no lo dudes. Suelen decírmelo mis amigos. Hace poco salí por la noche y me encontré con una ciudad que no esperaba. Me quedé alucinado y mis colegas me dijeron: “Pájaro, esto lleva pasando desde hace mucho tiempo solo que tú estás en otra onda”. En cierto que los chavales bien preparados nos dan cien vueltas, pero las cosas cambian hoy tan rápidamente que cuesta estar actualizado. Hay un montón de barrios como el mío que, pese a estar dentro de la ciudad, recogen a gente que vive a años luz de lo que está pasando, personas que no tienen estrategias para evolucionar hacia un sentido crítico. Tú te pones a hablar con algunos vecinos míos y es como si estuvieras en El Salvador. Hay jóvenes más retrógrados y fachas que los de mi generación, que vivíamos en pleno franquismo. He tenido que salirme de varios grupos de WhatsApp de antiguos colegas por temas relacionados con Cataluña o el maltrato a la mujer. Hay cosas que realmente me agreden.

Es cierto que todo va ahora demasiado rápido. Antes pasaban décadas sin que la historia cambiara demasiado. El modelo de negocio de Elvis era muy parecido al de Nirvana. Sin embargo hoy día te hablan de streaming y pasado mañana de blockchain. Y encima tenemos esta nueva censura apoyada por lo políticamente correcto y la post verdad de las Redes.

Ponerle lindes a la creatividad enarbolando la bandera de lo que es correcto supone cargarse la fantasía. La Biblia debería estar prohibida para empezar. Vamos hacia atrás. Estamos en la misma situación que en el siglo pasado, en los años treinta. Aunque esta vez lo han hecho a conciencia los de arriba, los de arriba de verdad. Llámame conspiranoico, porque lo soy un poco. Que exista gente que no puede pagarse las medicinas es una buena manera de solventar la superpoblación. Está cayendo mucha gente pero no sale en la prensa. Tíos de mi edad que se suicidan porque no ven una salida. Una gran putada. Y pienso hablar de eso.

 

Texto: Emilio R. Cascajosa

Fotos: David Pérez Marín

 

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