Discomático

Kamasi Wahington – Heaven and Earth (Young Turks)

Resultado de imagen de KAmasi Washington - Heaven and EarthEn nuestro mundo, esclavo de lo fugaz y lo superficial, un artista como el saxofonista californiano es una encomiable llamada a la consistencia y el ahondamiento. Y, sobretodo, un visionario que intuyó en su amor por la tradición de un jazz panafricano y global la herramienta idónea para hacerlo avanzar, aquello de dar un paso atrás para saltar dos adelante. No es de los que se amilanan Kamasi Washington: si su mensaje de alcance filosófico necesita dos obras antitéticas y al tiempo complementarias, así sea; recordemos que debutó con un triple álbum al que, sin atisbo de modestia, tituló The Epic (2015). Cuando se habita humanidad tan pantagruélica, todo atrae, sorprende, cautiva, alimenta, transforma, como ocurre una vez más en Heaven and Earth. Su catalizador más que autor, pues el gentío de jóvenes y talentosos músicos que participan no cabría en esta reseña, explica que la parte terrenal del doble álbum representa el mundo de ahí fuera tal como él lo ve, la celestial una mirada a su propio interior y a cómo le afecta el exterior. ‘’Entre ambas cosas estoy yo y mis elecciones’’, remata sentencioso sobre el metafísico díptico. Pero nada suena solemne o pretencioso en estos dieciséis temas donde hay para todos los gustos, del funky relamido a la exploración espacial, de los desfases free al soul cinematográfico, del hard-bop a las baladas señoriales, de John Coltrane a Stevie Wonder, como en tremenda paella jazzística. Quizás tengan razón los puristas y no sea un gran improvisador —algo que sus excesivamente largos conciertos corrobora y, al tiempo, desmiente— pero posee mirada panorámica y un pulso firme para fragmentar lo absoluto en pasajes que se van superponiendo hasta constituir una realidad superior. Desde el tema musical de una película de Bruce Lee con que abre la función («Fists of Fury»), hasta la elegíaca pieza final («Will You Sing»), esta obra intemporal más que antigua o moderna extiende sus tentáculos hacia horizontes inimaginables que, al ser alcanzados, te devuelven al kilómetro cero de tu propia conciencia. Otra cosa es que —el signo de los tiempos— el tipo pase por vanguardista cuando no va más allá de lo auspiciado por Pharoah u Ornette. Este verano que se agosta ha sido época ideal para dejar fluir durante días música tan poderosa, variada, desafiante, incestuosa, sensual, admirable, liberadora, clásica o, sencillamente, inabarcable. Dos horas y veinticinco minutos para perderse y no encontrarse. En ocasiones, es lo que más apetece.

 

IGNACIO JULIÀ

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