Vivos — 11 julio, 2018 at 19:58

Huercasa Country Festival 2018 – Riaza (Segovia)

La presente edición del certamen de Riaza era cita obligada si el rock de raíces es uno de tus estilos favoritos. Presentar dentro de la misma terna a titanes del calibre de John Hiatt y Steve Earle flanqueados por promesas como Jaime Wyatt y realidades de calidad contrastada como Band of Heathens y Cadillac Three no es algo muy habitual. Además el festival tiene otras bazas que juega muy bien, una es su capacidad (unas 5.000 personas por día), lo que da como resultado un entorno amable, sin colas y sin el estrés congénito a otros eventos con profusión de escenarios y artistas en sus carteles, otra es su ambiente relajado y familiar y la apuesta por la sostenibilidad, la ecología y el aprecio por el entorno rural.

Jaime Wyatt, acompañada por una banda de músicos británicos, dio el pistoletazo de salida a los conciertos del viernes. Confirmando todo aquello que apuntó hace un tiempo en su gira acústica por salas, que posee carácter, que lo imprime en sus canciones con una garganta cortante y decidida y que si en su próximo trabajo da la talla estará dentro del grupo de elegidos. Basó el recital en su último disco, Felony Blues, y pese a ese aire frágil y retraído que desprende en escena se ganó al respetable y ejerció con mucho acierto su papel de rompehielos. Tras ella, los chicos de Cadillac Three salieron con las revoluciones al máximo, como si los hubieran soltado al ruedo de golpe y porrazo, dejándose por el camino los muchos matices que existen en sus grabaciones de estudio en aras de una mayor contundencia. Su puesta al día del rock sureño tiene gran afinidad con el hard rock y en eso se esmeraron a fondo. Actitud y entrega que les granjeó las simpatías de muchos, a tenor de la ovación final, y las críticas de algunos para los que su propuesta está demasiado alejada de los parámetros tradicionales del género. Pero lo que no se les puede negar es su capacidad de sorpresa, que va desde su atípica formación de batería, guitarra y pedal steel hasta su poco apego a seguir de manera ortodoxa las líneas del estilo. Notables. Y llegaba el turno del protagonista absoluto del día, John Hiatt, flanqueado por The Goners (lección soberbia a la slide de Sonny Landreth), demostró que aunque no tenga la misma repercusión que aquellos que todos conocemos es uno de los mejores compositores del rock norteamericano de todos los tiempos. Y lo hace de manera sutil, como aquel que no quiere la cosa, con su aspecto de persona normal, de vecino del quinto, de funcionario tras una ventanilla, terminando por desarmar al más pintado con un cancionero que bebe tanto del country como del folk pasando por el soul, el blues y el heartland rock. Toco en su totalidad Slow Turning, era el treinta aniversario de su edición, y eso que hizo que se dejara en el tintero otras gemas de su repertorio pero esa circunstancia no resto ni un ápice de interés a un concierto impecable, de plena comunión con la banda y con un público atento y respetuoso que siguió con devoción y respeto momentos de piel de gallina como «Feels Like Rain» o «Have a Little Faith in Me». Inolvidable.

Al día siguiente era Stephanie Quayle la encargada de abrir boca. La de Montana forma parte del lado más pop y comercial de la música vaquera, el más inofensivo y apto para todos los públicos. Es obvio que no lo tenía fácil tras lo de la jornada anterior y pese a su voluntad y sus ganas de agradar quedó como una simple aspirante comparada con sus compañeros en el cartel. Ni canciones a destacar, ni su excesivamente histriónica presencia escénica, en fin, ni un solo detalle que tienda a hacer de ella una artista para recordar. Supongo que el tiempo dará y quitará razones. La salida de Band of Heathens fue una bendición, los de Austin llevan tiempo siendo una de las mejores formaciones del negociado roots rock y su presente es esplendoroso. Vienen de grabar un álbum maravilloso, Duende (2017), y sobre el escenario pusieron en solfa su versatilidad y su falta de complejos a la hora de abordar el vasto legado de la música tradicional del país de las barras y las estrellas. Armonías vocales de ensueño, guitarras en el punto justo de cocción, composiciones de las que dejan huella, «Jackson Station», «Hurricane», «Green Grass of California» (que dedicaron a los cultivadores de marihuana del estado), «All I’m Asking», «Sugar Queen», «Deep is Love», y versiones bien escogidas, «Blue» de Jayhawks y «You Wreck Me» de Tom Petty. Cuando pusieron punto final entre los acordes de puro rock & roll de «Trouble Came Early» la sensación era de que estaban volando alto y que las limitaciones horarias hacían que nos perdiéramos un final apoteósico. Jefazos. Claro que tras ellos llegaba el forajido mayor. El único e inimitable Steve Earle, respaldado por la versión actualizada de The Dukes, arrancó con temas de su último disco, So You Wannabe An Outlaw, y con una notable crispación con el técnico de sonido, le tiró un exabrupto que hizo temblar la noche segoviana, lo que conociendo su airada personalidad hizo de ese inicio algo irregular, irregularidad que se disipó para que el concierto fuera de menos a más, mucho más, cuando el hombre decidió que no estaba para ostias. Los años no han hecho mella en su tremendo magnetismo, en su manera de moverse por el escenario (casi como si estuviera encerrado en un ring de boxeo) y en esa forma de acercarse al micrófono, amenazadora, como si fuera a escupir las estrofas, y de repente todo cobró sentido. Los Dukes le siguieron como un solo hombre tanto en el arrebato como en la calma, bordando las interpretaciones de piezas claves del rock norteamericano contemporáneo, «My Old Friend the Blues», «Someday», «Guitar Town», «I Ain’t Ever Satisfied», «Copperhead Road», «Jerusalem», «Johnny Came Lately», «Galway Girl» o «Hillbilly Highway». No dejó de lanzar dardos al sistema con alegatos sobre la inmigración, las fronteras o la pena capital hasta ponernos la lágrima en el ojo con la introducción a la emotiva «Christmas In Washington» que cerró, tras un solicitadísimo bis, su memorable actuación. Puede que la música no cambie el mundo, que ese poder curativo de la misma sea más un placebo que una realidad, que su espíritu revolucionario y rompedor se exprimiera al máximo en los sesenta y los setenta. Puede, quizás, pero noches como las que vivimos en Riaza están muy cerca de lo contrario. De que sí, de que las canciones todavía pueden ser un arma de esperanza y de futuro como afirmaba Steve. Gracias por todo maestros.

Manel Celeiro

Foto Steve Earle & The Dukes: Edu Izquierdo

One Comment

  1. Fue un fin de semana increíble y para mi ver a The band of heathens fue la gran revelación y comparto la opinión de que supo a poquísimo con un final de superbanda de los 70. Increíble

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