Vivos — 18 septiembre, 2017 at 7:54

Quique González, Apolo (Barcelona)

Lo volvió a hacer. Quique González volvió a poner al público de Barcelona patas arriba con un nuevo concierto impecable en todo. Intensidad. Ganas. Calidad. Actitud. Desparpajo. Eficiencia. Incluso las dosis de nerviosismo y, por qué no decirlo, alguna equivocación encajaban como piezas de un puzle perfecto. Con el grupo y el equipo del madrileño ejerciendo de imaginarias (e imprescindibles piezas) para que su mano las acabe colocando en su sitio.

 

En muchos momentos de la noche mi mente se fue. Se fue a aquellos que acusan a Quique de languidez, e incluso de aburrimiento. Porque esos conceptos, el vienes, destacaron por su ausencia. González pisó el acelerador desde el minuto uno para marcarse un concierto de rock con todas las letras. Y eso que la cosa arrancó con la intensidad contenida de “Los detectives”, necesaria para ponerse en situación. Decía Carles Rexach, el tipo que firmó a Leo Messi para el Barça, que los partidos de fútbol son como platos de aceitunas. Hay que revolverlas y esperar un poco para que todas se sitúen donde les corresponde. Y los conciertos de Quique González también lo son. “Los detectives” es el engranaje. El momento en el que público y grupo inician su epifanía. Su momento de comunión. El saque de honor. Para que todo explote con “Sangre en el marcador”. Clásico sonido americano y tres guitarras en el escenario. La banda ha entrado a degüello y la gente les responde con idéntica fogosidad. Los temas se suceden y el entusiasmo se desborda. No hay temas lentos, de momento. No hay baladas. Es una vorágine sonora y las aceitunas están en su sitio cuando arranca “Kamikazes enamorados”. La canción ha perdido la intimidad de tiempos pasados para convertirse en una canción rock que huele a clásica se mire por donde se mire. “La Fábrica”, “Tenía que decírtelo” con la primera de las muchas intervenciones estelares que Nina “Morgan” iba a tener en la noche, y la descarga de brutalidad controlada que es “¿Dónde está el dinero?” ponen el resto. Hace falta una pausa, pero tampoco hay que pasarse. Ese impecable medio tiempo que es “Charo” y que nos ha convertido a todos en Charistas es lo que Quique está dispuesto a darnos. Y lo cogemos. Vaya si lo hacemos. Por algo una canción tan “joven” es ya un clásico de su repertorio. Por ese algo y por Nina, claro. Ha empezado a embrujarnos hace un rato, de manera sutil, pero ahora ya no se esconde. Nos está preparando para rompernos el corazón. Y lo mejor de todo es que sabemos que va a hacerlo, pero no nos importa. Porque si hay que morir, que sea con la voz de Nina sonando. “Orquídeas en el corazón” hace tiempo que ha tomado su puesto en el repertorio como la magnífica canción que es y “Su día libre” levanta el pie del acelerador en lo rítmico, que no en lo sentimental. Cuando suena “La ciudad del viento” descubres como la canción ha tomado nuevos aires y como se ha consolidado, otra vez, como uno de los ejes centrales de los conciertos.  “Salitre” ha perdido intensidad emocional con su nueva vida como medio tiempo clásico americano, pero ha ganado en cuanto a encaje con sus compañeras. Tras ella Nina se avanza. Llega “De haberlo sabido”, una canción que ya ha hecho suya. Y nos parte en dos. Sin más. Sin concesiones. Por algo lleva un rato avisándonos. Y nos rendimos.

 

“No es lo que habíamos hablado”, “Avería y redención” y “Los conserjes de noche” cierran el cuerpo del concierto de manera espléndida. Porque aunque “La casa de mis padres” suenan antes de que la banda se retire, merece caso aparte. No solo es una sublime canción, sino que Quique y Los Detectives la bordan. Saben dónde poner el ojo. El lugar al que, por supuesto, va a llegar la bala. Sentir como el sonido cae a plomo tras el habitual arranque casi en solitario de Quique es una sensación difícil de describir que ni la cháchara de algunos infortunados pudo estropear.

 

Se va Quique y el grupo se queda un minuto más en escena. Parece que cumplen órdenes. Es probable que sea así. Quique quiere que se lleven su dosis de aplausos. Él desaparece y deja que la gente aplauda a un grupo que, una vez más, han estado magníficos. Cuando ellos se van Quique ya está a punto de volver a aparecer para regalarnos junto a Nina el momento de la noche. Ella ha compuesto una nueva canción y piensan cantarla juntos. “El sargento de hierro” es tremenda. Sublime. Ambos están magníficos y la canción hace el resto. Difícil se hace tener que esperar para volverla a oír. Ni siquiera ese habitual momento con Edu Ortega y Quique en el escenario para interpretar “Aunque tú no lo sepas” es capaz de devolvernos a la realidad. Toca descansar. Asimilarlo. Pero no nos van a dejar. Pequeña pausa de nuevo y segundo bis. Quique lleva un póker de ases y lo sabe. No se preocupa de guardarse las cartas. Tiene la mano ganadora y se llaman “Clase Media”, “Pequeño rock and roll”, “Dallas-Memphis” y “Vidas cruzadas”. Victoria por k.o. Sin paliativos. Sin peros. El uppercut ha sido definitivo. Levantarse de la lona va a ser imposible. Pero no hay derrota más dulce para ninguno de los presentes.

 

Eduardo Izquierdo

3 Comments

  1. Bella definición y talentoso artículo. Subrayó cada parte.

  2. Suscribo lo narrado. Todavía estoy dulcemente K.O.

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