Rutas Inéditas

Bittersweet Symphony (The Verve) o ese video que significa mucho más que un hombre que anda sin parar

En Wigan nunca pasa nada. Es una ciudad, la de Wigan, en la que sus habitantes luchan cada día por trabajar para vivir, y no al revés. Wigan es gris y triste, un cementerio de sueños donde la rutina acaba desgastando las aspiraciones de aquellos vecinos que quieren algo más que llevar el negocio familiar o alimentar la leyenda que, tras la Revolución Industrial, asentó a la localidad como urbe minera.

Como lo importante de ser importante es el motivo por el que se es importante, Wigan se empeñó en ser la ciudad más industrial y en convertir sus calles en las más decadentes y a sus habitantes en los más obreros, hasta que alguien se diera cuenta de que ese lugar se negaba a ser uno de esos que olvidas en cuanto su nombre desaparece de los carteles de la autovía.

Y lo consiguió. Cuando George Orwell, en su afán por ser la voz –o la pluma- de la clase media, decidió viajar por el norte de Inglaterra y relatar cómo eran esas condiciones infrahumanas que el humo de las fábricas dejaba entrever en el célebre El Camino a Wigan Pier.

Wigan en el título de una obra de renombre. No te extrañe que fuera uno de sus habitantes el primero que dijo eso de “en lo que sea, pero el mejor”.

El casino-que-no-era-casino que arruinó el espíritu del norte

A principios de los 70, Wigan estaba consolidada como ciudad industrial y para mantener su estatus solo tenía que mantener su hábito de jornadas laborales en las que no pasara nada fuera de lo normal. Así se convirtió en una localidad prestigiosa, pero tan pobre que cuando en 1973 abrió el Wigan Casino todos sabían que ese sitio sería cualquier cosa menos un casino. Sin embargo, algo se estaba gestando en esa nave de nombre ambiguo y presencia sospechosa, tan llamativa como esencial en una región repleta de jóvenes que buscaban algún aliciente más allá de ser el orgullo de la familia.

Durante sus ocho años de vida, el Wigan Casino se convirtió en la meca del movimiento conocido como northern soul, una corriente que apareció como consecuencia del auge de la Motown y en la que multitud de adolescentes de la ciudad y sus alrededores se reunía para bailar música soul desconocida para el gran público y desechada por las radios norteamericanas. Chavales todos ellos, sin pretensiones ni deberes, que bailaban hasta el amanecer, consumían drogas, grababan las sesiones de los Disc-Jockeys en casetes arcaicos y donde el prêt-a-porter era ponerse lo primero que se cogiera del armario.

Casi una década de desenfreno donde jóvenes taconeaban mientras los vecinos se exasperaban por esa imagen alejada de los estándares. La nueva generación, perdida en medio de pinchadiscos y anfetas y lapidando los sábados de 00:00h a 08:00h todos los esfuerzos que sus mayores hacían de lunes a viernes. Un suplicio que terminó en diciembre de 1981, cuando el Wigan Casino, tan solo un año después de ser nombrado “mejor club del mundo”, cerró sus puertas y, con ellas, la creencia de que había más vida que la que una región amparada en hacer ladrillos para ese gran muro que era la sociedad británica podía ofrecer.

 

 

La monotonía como motor creativo

Así pues, la década de los 80 avanzaba sin pena ni gloria por aquella ciudad, cuyo único aliciente cultural era ir a Springfield Park a ver cómo el Wigan Athletic sobrevivía como equipo profesional en la Football League Third División. Un equipo cuyas pobres expectativas representaban a una ciudad cohibida.

El fútbol, utilizado tantas veces como recurso vital, era la cuerda a la que se agarraban los niños que querían algo más que lo que podía ofrecer su entorno. Entre ellos, uno destacaba notoriamente por encima del resto. Un púber extremadamente delgado y reservado, despreciado por todos sus profesores por su afán de sustituir las preguntas del temario por cuestiones éticas. ¿A qué profesor le pagan lo suficiente para aguantar a un mocoso que decide discutir temas que tratan acerca de la vida y la sociedad que le rodea?

Su nombre era Richard Ashcroft; su deber, convertirse en futbolista; su destino, uno en el que nadie confiaba.

Tras la muerte de su padre cuando apenas contaba con once años, Ashcroft se convirtió en un crío reflexivo, actitud que derivó en una depresión por incomprensión, como suele ocurrirles a los niños cuya mente se desarrolla mucho más rápido que su cuerpo. Darle patadas a un balón no saciaba la inquietud del mancebo Richard, por lo que tuvo que buscar algo que sí lo hiciera, comenzando así su relación con la música. Una simbiosis inexplicable, como debe ser en todas en las que está inmersa algún tipo de arte, que Ashcroft describió a uno de sus maestros con el fin de encontrar esa reacción que todo niño busca del que considera –o consideraba, que ahora ya no está tan claro- su referente.

¡Y vaya si la encontró! El sabio docente, tras meditarlo de forma recelosa, decidió enviar al entusiasmado alumno a limpiar los baños de la piscina municipal. Como lo relevante de un mensaje es la forma en que el receptor lo interpreta, Ashcroft aprovechó ese trabajo que solo requería de esfuerzo físico para acercarse aún más a la música y cerciorar que su sino estaría escrito con letras y pentagramas, aunque en ese momento no supiera ni agarrar un instrumento.

Como todo rockstar que se precie se cimienta desde la actitud, Ashcroft comenzó a cambiar constantemente de peinados -aprovechando que su madre era peluquera- y a forjar su leyenda en un examen de Filosofía, una asignatura que aplicada de forma cuadriculada se convierte en una ciencia exacta en la que predomina el ejecutar por encima del razonar. Quizá por eso, el famélico y camaleónico colegial decidió levantarse, entregar su hoja en blanco y salir a disfrutar de uno de esos días soleados que en Inglaterra tan caros se pagan.

Un gesto que, como todo acto excepcional, fue seguramente criticado por muchos, esperado por unos pocos y, al menos, alabado por individuos que se cuentan con los dedos de una mano. Esos individuos fueron Simon Jones y Pete Salisbury, compañeros de clase que, excitados por ese desprecio, se acercaron a su autor y, tras una melómana conversación, decidieron formar un grupo. El trío conoció a Nick McCabe y le ofreció ser el guitarrista principal por su capacidad para “hacer que su guitarra hablara”.

Así nació The Verve.

Alejándose de la realidad narcótica

Ya en la década de los 90, The Verve se convirtió en un grupo constantemente relacionado con las bandas que lideraron el britpop, debido a sus orígenes industriales y a la atención que despertó en la clase obrera. Es cierto que su primer álbum se editó en 1993 y que, a excepción de Oasis, Supergrass y Elástica, todas las que serían banderas de esta sonada corriente contaban con trabajos en el mercado. Pulp y Blur tenían más de un álbum publicado y Suede debutaba ese mismo año, al igual que Radiohead, un conjunto que, como The Verve, optó por dotar a sus elepés con otros sonidos más alternativos.

Mientras Radiohead tiró por un estilo experimental, The Verve se decantó por el shoegazing, género underground que bebe de la psicodelia y que se vio mermado por la aparición de corrientes más rebeldes e impactantes como el grunge y, posteriormente, el mencionado britpop.

Aunque es cierto que la banda no era ajena al movimiento que primaba a mediados de la década, no se encontraba en primera línea de la escena británica, ya que su periodo de apogeo coincidió con la primera separación del cuarteto, tras dos álbumes de estudio acogidos de forma tímida por el público.

El britpop ejerció de analgésico temporal y de espejo social donde jóvenes criados en ciudades decadentes se habían convertido en estrellas a base de composiciones sencillas y cargadas de insurrección, pero cuando sus efectos comenzaron a perder fuerza, la realidad seguía siendo preocupante.

Ante esta tesitura apareció Urban Hymns, lanzado en 1997. Con un sonido más convencional, The Verve –convertido en quinteto- quiso mostrar con el que sería su álbum más comercial -y el primero que conseguía ser un éxito fuera de las islas- una postura más reflexiva y realista que rompiera con los estereotipos culturales asentados. Para ello eligieron como carta de presentación un single memorable cuyo video ha trascendido por su singularidad y -quizá no tanto- por su significado.

Bittersweet Symphony ejerce de máximo exponente de la actitud que se respiraba a finales de siglo. La letra que clama contra el consumismo, la melodía conformada por los violines y, sobre todo, ese videoclip reconocido mundialmente porque «un hombre camina sin detenerse ni mirar atrás».

Pero ese video -además de homenajear al de «Unfinished Sympathy» de Massive Attack- es mucho más que un hombre transitando sin parar y sin girar la cabeza.

Ajeno al mundo que le rodea

Del mismo modo que el videoclip de “Smell Like Teen Spirit” representaba la frustración y la necesidad de romper con todo que demandaban los principios de los 90, el de Bittersweet Symphony abarca el anarquismo cultural que rogaba a finales de siglo la cultura británica. De forma simple, natural y reveladora. Cuatro minutos y medio en los que Richard Ashcroft camina ajeno a todo lo que le rodea cantando la evocadora letra de la canción. Ni las miradas sugerentes, ni las amenazas, ni el tráfico evitan que detenga su andadura. No se da la vuelta. Desconoce dónde va. Solo sabe que ahí no quiere estar.

Richard Aschroft aguarda mientras los violines ejercen de cuenta atrás. En este momento, aprovecha para mirar al cielo en busca de ese apoyo que no se ve pero que sabes que existe. Como la Fe. Como el aire. En este caso es probable que sea un guiño al padre del artista, a quien Ashcroft hace referencia en gran parte de su obra. Un simbólico homenaje antes de cambiar la historia. Su historia.

Es entonces cuando el resto de instrumentos, liderados por la batería, dan el pistoletazo de salida y el flaco cantante comienza su andadura. Con un semblante serio, Aschroft canta la canción y empieza a trastabillarse con todo lo que se interpone en su trayecto. Le es indiferente la edad o el género de sus «víctimas». Tras chocar levemente con dos ancianas y de forma más agresiva con dos chicas que le miran sorprendidas e indignadas, el ente andante arroja al suelo a una elegante mujer que camina mirando su bolso.

En apenas un minuto de video, tenemos una historia que, hoy día, podría ser censurada por cualquier canal. Un hombre que tira a una mujer sin inmutarse ni preocuparse lo más mínimo por su estado y donde los testigos se limitan a mirar con desaprobación y a reprochar en la distancia mientras ayudan a la agredida. Pero estamos en los 90, donde la máxima de un trabajo artístico era impactar lo antes posible y vivir de esa primera impresión el resto del tiempo.

Ashcroft sigue caminando y chocando y pasando. Con hombres altos y bajos; con pelo largo o rapados al estilo mohicano o con mujeres con carritos de bebé y bolsas de la compra. Se la suda, hablando en plata, que tenga delante a un trabajador que porta un elemento tan rústico como una escoba o a un yuppie adaptado a las nuevas-ya-viejas tecnologías, que habla con su teléfono móvil y que le mira confundido. Y es que la magia del video reside en la forma en que los a priori pertenecientes a la clase social más acomodada reaccionan ante alguien que muestra indiferencia absoluta y que para ellos supone un desinterés que los vuelve neutrales. Porque en el video nadie es más que nadie. La misma mierda cantante y danzante que diría Tyler Durden. Una idea nihilista común, cuyo fin, a base de hostias y colisiones, es en ambos casos equiparar a todos los individuos. Todos pueden elegir entre ignorar o molestarse.

A su vez, la cámara alterna con primeros planos de su cara en trance y sus pies tropezando mientras clama que no puede cambiar ni salirse del molde, pero que de un día a otro es un millón de personas diferentes.

Sorpresa y admiración subidas en cuatro ruedas

Tras saltar incluso por encima del capó de un coche en marcha, provocando la reacción airada de la conductora y la apatía del increpado, algo le hace detenerse. Un coche de lujo con las lunas tintadas al que el vocalista se asoma para ver quién va sentado en la parte posterior. Siempre que le han preguntado a Richard Ashcroft por este momento, ha afirmado que es un gesto que “simboliza la vida a la que mucha gente decide optar”, pero la leyenda urbana cuenta que es una dedicatoria a Noel Gallagher.

Es conocida la estrecha relación que siempre han mantenido ambos. No en vano, The Verve es, indirectamente, la banda culpable de la fama -o la mala fama- que ha acompañado a los hermanos Gallagher desde sus inicios. La primera vez que Oasis apareció en los medios fue por una trifulca acontecida en un viaje en ferry que iba a llevar a los mancunianos a Ámsterdam. La pelea provocó que el grupo no solo no llegara al concierto que tenían previsto, sino que ni pisaran suelo holandés, puesto que fueron deportados y por ende convertidos en carnaza para la siempre hambrienta prensa británica. Ese concierto que nunca dieron era el encargado de abrir la gira europea de la banda de Ashcroft.

Aunque el resto es historia y la repercusión que Oasis y The Verve han tenido es incomparable, siempre existió una admiración mutua. El ejemplo más claro se ve en los discos que ambos conjuntos lanzaron en 1995 y que poseían dedicatorias de uno y otro compositor. “Cast No Shadow”, con cariño, para Richard; “A Northern Soul”, con afecto, para Noel. Sí, la canción que titulaba también al segundo álbum de The Verve se llama así. Wigan siempre presente.

En cuanto a la metáfora del video, la relación tiene que ver con la anécdota en la que Noel Gallagher recibió un Rolls Royce de su discográfica por el éxito de What´s The Story (Morning Glory), una apuesta que el líder de Oasis hizo con su mánager a pesar de no tener carné de conducir. De ahí que Aschcroft mire en la parte trasera del vehículo. Vale que el coche del video no es un Rolls, pero el significado emocional y la amistad que une a ambos cantantes hace que esta historia no parezca tan disparatada.

El futuro de la música británica

Tras ese ¿justificado? parón, el protagonista continúa por la infinita Hoxton Street y aguanta las reprimendas de una señora que, como toda buena anciana sentenciadora, increpa a un joven por el simple hecho de actuar como tal, con su postura y su actitud tan distinta a la suya y, por tanto, incomprendida.

El video llega a su fin con Ashcroft cantando I´ll take you down the only road I´ve ever been down cuando el resto de integrantes de The Verve se une a ese recorrido que su líder ha marcado y avanza, un paso por detrás, mirándole, sin pedir explicaciones.

Un plano final con el quinteto guiado hacia un prometedor futuro. Toda una declaración de intenciones de un grupo que veía en ese single de presentación la oportunidad de conseguir el reconocimiento comercial que, por tantas circunstancias, se le había resistido. Un himno generacional, inmejorable pero tramposo, como todo lo que parece perfecto, puesto que la canción fue acusada de plagio y el grupo demandado por Allen Klein, ex mánager de los Rolling Stones, quien logró no solo que The Verve cediera todos los derechos de la canción, sino el 100% de las ganancias que obtuviera con ella. Pero esta historia no es nuestra copa de té.

Sin embargo, este contratiempo supuso el nocaut definitivo para unos tipos cuyo talento indiscutible lastraba una tensión interna que solo un gran éxito podría sofocar, y Bittersweet Symphony estaba llamada a ser ese gran extintor. The Verve se separó en 1999, volvió en 2007 para grabar nuevo álbum y hacer una pequeña gira, que incluía ser cabeza de cartel en festivales como Glastonbury, y se disolvió en 2009 -a priori- de forma definitiva.

Nadie sabe lo que hubiera pasado si esos cinco músicos hubieran disfrutado sin controversias del éxito que Urban Hymns tuvo tras su lanzamiento, vendiendo más de 10 millones de discos, siendo número uno en Inglaterra y ganando los Brit Awards de 1998 a Mejor Disco y a Mejor Banda, hitos insuficientes para controlar egos desmedidos.

En cuanto a su canción más emblemática, puede que legalmente los derechos pertenezcan a Keith Richards y a Mick Jagger porque The Verve se tomó alguna licencia de más con la influencia de “The Last Time”. Lo que es incuestionable es que, si pones a cualquier ciudadano de a pie Bittersweet Symphony, quizás no la relacione con The Verve. Mucho menos con los Rolling Stones. Pero si encuentra alguna conexión, te dirá que es la canción del video en el que un hombre anda cuesta abajo y sin frenos, chocándose con gente entre la que podría estar él. O tú. O yo. Personas todas nosotras que, como héroes de nuestra propia rutina, nos gusta imaginarnos en el lugar de Ashcroft y escaparnos durante un momento de nuestro Wigan particular.

Texto: BORJA MORAIS

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Contacto: jorge@ruta66.es
Suscripciones: suscripciones@ruta66.es
Consulta el apartado tienda

Síguenos en Twitter