Discos de la década

Uno de los discos de la década para…Carlos Rego: Rafael Berrio

Rafael Berrio – Paradoja (2015)

 

Paradoja | Rafael BerrioUno no escoge los discos que le afectan, son ellos los que te escogen a ti. Ante algunos es imposible resistirse, esos que parecen que tú mismo podrías haber escrito si hubieras tenido el talento necesario, que cuentan y cantan lo que en algún momento has sentido y no sabías cómo expresar.

Conocía a Rafael Berrio, por supuesto, sabía de Amor a traición y había disfrutado y admirado sus discos afrancesados, pero el impacto de «Mis ayeres muertos» elevó mi admiración a otro nivel. El texto seguía siendo deslumbrante, un glorioso y agridulce repaso a los momentos de plenitud en este caso, pero ahora venía vestido por una tensión eléctrica que no iba a decaer ni en los momentos más tranquilos de Paradoja, siempre amenazante.

Una de las paradojas de Paradoja es que el disco de uno de los mejores letristas nacionales se abra con un instrumental titulado «Paradoja». Ya hablaremos del sentido del humor de Berrio, pero lo cierto es que ese tema marca el tono instrumental: guitarras potentes y suavemente ruidosas, agresivas pero refinadas, una base rítmica compacta y dúctil. Él mismo reconocía en una entrevista con Xavier Valiño en Efe Eme como músicos de pura raza a los que lo acompañaron en esa época, con los guitarristas Joseba B. Lenoir y Rafa Rueda como punta de lanza.

Por supuesto, la base de la obra de Berrio son unas letras que suenan tan bien como se leen, claras, sin metáforas, sin conceptos ambiguos, sujetas a un rigor literario y un dominio del lenguaje que no les impide encajar como un guante en el formato de la canción. Digámoslo ya, estamos ante uno de los contadísimos compositores nacionales que nos permiten experimentar en nuestro idioma la grandeza de los grandes del rock de autor anglosajón.

Tomemos por ejemplo “El destino lo forja el temperamento”, brillante aforismo transformado en brutal estribillo de «Yo ya me entiendo», muestra de que ese tópico que condena al castellano como inadecuado para el rock no tiene base. Es difícil de tratar, tal vez más que el dúctil inglés, pero en buenas manos, y no hay muchas como las de Berrio, se convierte para nosotros, apartados habitantes de este trozo de la Península Ibérica, en un arma de comunicación indispensable y mucho más efectiva que cualquier lengua foránea.

Si hay un tema que planea sobre Paradoja es la visión escéptica del imparable paso del tiempo. A veces trae cambios y decadencia; otras, una mirada a un espejo que te devuelve tu otro yo, «El animal que has sido» escondido por los años pero siempre presente, acechando; también, los restos «Inanimados» de nuestras más humildes posesiones, pecios de nuestro paso por el mundo.

Hay cierta pesadumbre, siempre serena, sin exhibicionismos, en los discos de Berrio, pero también un sentido del humor nada obvio. No es difícil adivinar un rictus socarrón en el autor al escribir algunas de estas letras. Cuando  Xavier Valiño le preguntaba por el sentido del humor que subyacía bajo tanto desencanto, drama, existencialismo, solemnidad y hasta nihilismo, Berrio respondía que era al revés, “primero hay humor y luego todo lo demás”. Hay ironía, humor retorcido en «Niente mi piace». Si sólo escuchamos el estribillo se revela una desgana atroz, pero ese estribillo es contestado una y otra vez por el resto de la letra, una manera elegante y socarrona de  llevarse la contraria a sí mismo que si se lee con atención es todo un plan de vida plena sustentado en las pequeñas cosas cotidianas: “en fin, vivir, vivir se me ocurre”, nada más, sí, pero también nada menos. El gusto por la chanza se percibe otra vez en la querencia por lo absurdo de «Contra la lógica», himno a lo dadá emparentado filosóficamente con su querido y admirado Poch, miembro de honor sin duda de “el quorum aberrante”.

Insiste siempre Rafael Berrio en que hay personajes en sus letras, otras personas que hablan a través de él en sus canciones, pero lo cierto es que es difícil no adivinar al autor bajo esa fachada de desapego. Queda para el final la frágil «El mundo pende de un hilo», hermosa manera de relativizar nuestra importancia en este planeta que de nuevo se ve refutada por la franca ausencia de cinismo que deja la última línea del disco: “solo el amor que me has dado no muere conmigo, amor mío”. Un final romántico, sentimental, esperanzado al cabo, de una obra inolvidable.

 

Carlos Rego

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