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Pink Floyd, derribando el muro / #EnRutaEnCasa

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Viajamos a enero del 2011 y sacamos del archivo este informe-reflexión sobre que etapa de los Floyd es la definitiva y el influjo Barret que les ha perseguido toda su vida.

No hay término medio. Si recurrimos a fanáticos de The Wall, la etapa de Syd Barrett resulta una majarada tolerable pero que escapa a su visión de rock de grandes estadios. Si se repasa hemeroteca especializada sobre Pink Floyd, como el informe de Bertrand Laforette en RUTA 123, se despachan sus discos post-Barrett como puro pan y circo destinado a masas impresionables. No vamos aquí a intentar establecer la solución salomónica, disimulando la evidencia de que mis vientos soplan a favor de Syd. Pero también es cierto que esta revista a la contra ha descuidado la carrera de P.F. por idealización de los tiempos del UFO. Era pues necesario un informe más consentido que intente analizar su vigencia, una visión 2011 desprovista tanto de fanatismos como de prejuicios, con toda seguridad distinta a la que uno hubiera expuesto hace 15 años. Pero bendita la tolerancia que hacia la música se adquiere con el paso de los años. De ella es de la que os vais a beneficiar.

Mucha literatura aburrida ha circulado sobre sus enormes escándalos financieros y las vergonzosas desavenencias entre sus miembros. Estamos hablando de uno de los grupos con ventas de discos más consistentes de la historia del rock. No se puede desligar del todo esta cuestión al hablar de su música, pero si puede intentarse. Se trata de darle la vuelta a su discografía entre 1968 y 1975, profundizar en su siempre más arrinconada filmografía y ver qué es lo que realmente puede ser salvado.

Cojamos pues el testigo a comienzos de 1968 con el papelón de cumplir su segunda gira americana sin apenas replantearse el nuevo reparto de papeles, aún shockados por los acontecimientos. Solo está claro que Roger Waters canta muy bien y a ese nivel la papeleta está resuelta. Pero la gira no les satisface porque sin Syd musicalmente se quedan cortos, máxime cuando el guaperas Gilmour actúa aún con absoluta discreción. En dos meses tienen la tercera gira americana y deciden suplir el gran vacío contratando un equipo de ingenieros de sonido, reforzando a tope su aparataje audiovisual y prolongando los temas en largas suites, más asimilables para el espectador medio y mágica solución para una banda que siempre sufrió baches creativos. En 1968 P.F. ya iban a lo grande.

JUSTICIA PARA RICK WRIGHT

Aunque la temática espacial apenas se toque a pesar de sus títulos, el disco más space-rock de P.F. (A saucerful of secrets 1968) tiene bastante consistencia, tanto por la huella de Barrett (y no solo porque compone la tortilla de monguis «Jugband blues»), como por el acierto de su primera suite, el tema titular que sin ser masterpiece si que permite altos vuelos en su marasmo. Sobresalen dos perlas en las que bien poco ha reparado la historia, la preciosa melodía de «Remember a day» y el perfecto seguimiento de la línea más delicada del primer disco, «See-saw». Ambas son obra de Richard Wright y esto no es una casualidad. Aun con el barroquismo de todos los teclistas de la época, el fallecido Wright (cuya vida personal también fue un poema) es nuestro segundo Floyd predilecto, el más cercano al concepto rock y el que aporta las canciones menos …sospechosas. El tema estelar fue el bien ambientado (pero monocorde) «Set the control for the heart of the sun», que tanto gana después en su versión Live in Pompeya.

Nadie diría que su primera banda sonora (More 1969) fue una obra de encargo porque se trata del gran olvidado de la carrera de P.F., el que mejor ha sobrellevado los años. Es su última obra psicodélica antes de su etapa arte y ensayo, pero también es su álbum más pop y no solo por la ausencia de temas largos. P.F. sin tiempo para pensar (ni para desarrollar), en una semana escasa tras ver la película, y a partir de una semiópera rock inacabada que solo tocaban en directo, crearon un disco bonito, niquelando tan bien el film que su director, Barbet Schroeder, tuvo que bajar el volumen de la música porque su calidad mataba algunas escenas. Una obra de culto del cine psicodélico desarrollada en la aún inexplorada Ibiza y algunas canciones mayúsculas que podían pertenecer a Procol Harum («Cymbaline») o que resultaban mágicas para escenas eróticas en la costa («Green is the color»).

Ummagumma era disco habitual bajo el brazo en los intercambios del colegio. Pero ¿cuántos chavales decían disfrutarlo y lo sufrían?. Para mi es un reflejo de 4 inexpertos experimentando y jugando con la electrónica. Me avala el propio Roger Waters que lo considera un disco catastrófico, y eso que su aportación con las aves canoras es de lo más entretenido del lote ummagummo. Disco doble, uno en directo y otro en estudio, la parte en estudio se salda con media cara para cada músico. La aportación de Wright, aunque muy sinfónica, no sale mal parada. La de Gilmour tiende al ladrillo salvo el lirismo de su tercera parte. Lo de Mason es lo más rayante, pero los dos temas cortos con flauta son un alivio. Del nada sorpresivo disco en directo con 4 extralargos, se destaca sola por inédita la hipnótica instrumental «Careful wiht that axe, Eugene» tan similar a «The End» de los Doors en el ritmo y en el grito. Este tema comodín para P.F. que contó con otros títulos y versiones, es uno de los incluidos en Relics 1971, esencial recopilatorio de sus singles exclusivos, seleccionado con gran acierto al excluir mucha canción floja en 7”. La única inédita («Biding my time») es un curioso tema con trombones de Wright y sabor a Lennon, perteneciente a esa ópera rock fallida que dio origen a More.

VACAS DE LECHE CORTADA Y ECOS ASTRALES

Con portada de Hipgnosis llega en 1970 el vinilo vacuno Atom Heart Mother, guiado por otra suite titular con elementos corales, vientos artúricos (mejor usados poco después por Kevin Ayers) y punteos cerebrales, sin corazón, de un Gilmour que ya se empieza a soltar. En sus 6 partes a cada cual más dispéptica no hay restos ni de su pasada virulencia ni del encanto melódico de More. Es esa mezcla de rock y música clásica por la que todas las estrellas se pirraban en 1970. De parto angustioso, la otra cara peca de flacidez, con la gran excepción del único momento vigoroso, «Summer of 68» de Wright, una muy afortunada melodía salpimentada con aire Sgt. Peppers en los vientos.

Asumido que musicar películas se les da bien, algo a regañadientes se van a Italia para grabar un soundtrack para la nueva de Antonioni, Zabriskie Point, de temática no muy distinta a More. La idea es que toda la música sea para P.F. pero ellos recelan del snobismo del autor de Blow Up y no crean nuevos temas sino que utilizan remakes de sus clásicos (Eugenia incluido) con partes de solo piano y blues casi improvisados. Hay desechos pero también contiene sus mayores curiosidades, como sorprenderles facturando exquisito country-rock cósmico («Crumbling land») o en pasajes simples pero cargados de electricidad («Country song»). El recelo fue razonable pues al final Antonioni comparte la BSO con bandas hippies americanas.

A estas alturas P.F. son ya 4 acaudalados. Ambiciosos pero sensibles, tuvieron que resolver ese conflicto interno y ese vacío que deja el éxito cuando llega y sedimenta. Me pregunto si a Fito Cabrales le ocurrirá lo mismo. Lo cierto es que, en lo personal, son un cúmulo de actividad, pero en lo musical deben enmendar la pana y superarse. Y lo consiguen sin aditivos en Meddle 1971, a pesar de estar repartido de la misma manera. La suite («Echoes») está muy por encima de «Atom Heart Mother», cargada de melodías soberanas, tenue electrónica, ascensiones y caídas de nuevo cósmicas, ecos imperturbables y las soberbias voces conjuntadas de Gilmour y Wright; también Gilmour entona con excelencia «A pillow of winds», balada acústica superior. El tercer momento de Meddle es la trepidante «One of these days», con dos bajos y un eco Binson dotándola de un ambiente que trae a la memoria imágenes de persecución, concretamente a un DJ con el que Nick Mason tuvo un encontronazo y a quien desea cortar en pedazos. Y cito la letra como botón de su siempre tormentosa relación con la prensa. Mientras en España solo el Star se atrevía a cuestionarles, en Europa los periodistas y locutores más audaces no les perdonaron sus 2 anteriores discos oficiales.

Es hora de aceptar otra película del underground intelecto-lisérgico francés como cura de humildad, con 15 días de retiro gabatxo, mientras al unísono preparan su gran salto. Contentos con More vuelven a confiar en la segunda obra de Barbet Schroeder, “El Valle”, editado como Obscured by clouds 1972, un disco insulso pero no tan fallido como aparenta. El problema esta vez es que la película no les complace. Falla en todo lo que More acierta y su ausencia de fuerza y argumento se filtra en el propio disco, que ni de lejos suena íntegro en la película. La peculiar cadencia de P.F., ese estilo propio que nadie podía negarles, figura en la gran «Burning bridges», no así en su versión instrumental, «Mudmen». El peculiar popismo de More solo está bien representado en la bella «Wot’s….uh the deal». Y aparte de esas magnéticas voces originales de una tribu Mapuga que lo cierran, son los dos temas que abren cara, hermanos menores del simultáneo The Dark side of the moon, los que dan prestigio al disco.

DE POTENTADOS A MAGNATES. LA INSEGURIDAD DEL TRIUNFADOR.

Puede considerarse que la cima de popularidad de P.F. tuvo 2 claros puntos de inflexión hacia arriba. Si ya los anteriores fueron discos obligados entre el público de a pié, The dark side of the moon 1973 sonó en todas y cada una de las cafeterías de un barrio starlux elegido al azar. Y por si quedaba algún desinformado, de ese se ocupó The Wall seis años después. Pero a veces la música creada desde el trono puede dar buenos resultados y, aunque me cuesta, debo confesarme: el disco del prisma óptico (y, en menor medida, los dos que le sucedieron) son musicalmente superiores a los que hasta aquí hemos repasado. P.F. se superaron y dieron forma a su gran disco post-Barrett. The Dark Side of The Moon es una obra psicodélica en su acepción más universal, puedes tacharla de psicodelia de salón pero su serena belleza no deja ni un segundo de relleno, aunque todos tengamos nuestras favoritas: «Time» se crece en sus grandes juegos de eco y los impresionantes backing vocals con Doris Troy a la cabeza; «The great gig in the sky» tiene un crescendo histórico al unísono con la voz solista de la cantante de sesión Clare Torry; «Us and them» es una brutal delicadeza con ecos que causan adicción y cuyo estribillo parece emular a unos Moody Blues catárticos. Richard Wright es el encargado de la parte musical en estos dos últimos temas. Waters ha mejorado mucho como letrista y centra sus temáticas en miedos, inseguridades y otros derivados de la estéril y fría vida moderna; Gilmour rockea más de lo normal y a Mason no le dejan hacer más experimentos que la pequeña introducción. Y aunque está currado a conciencia durante 8 meses, ni suena jactancioso ni se puede considerar un álbum sinfónico. Por entonces mucho público español viajaba hasta Toulouse para comprobar en general que esta obra tan bien armada no podía ser trasladada al directo por mucho montaje escénico que llevaran. Lo prueba Cruel but fair, un triple live de la época recién editado.

De ahí que Live at Pompeii, la película de Adrian Maben con su famosa grabación en la ruinas de la ciudad del Vesubio, no sea más que una exhaustiva lavada de cara de sus directos. Como realización técnica es un prodigio que merece ser visto, extrae lo mejor de la banda y hace cobrar sentido hasta al Ummagumma. Sus actitudes y sus declaraciones muy ciegos de hierba, papeando ostras o discutiendo con aparente paciencia, les hacen salir muy bien parados. Aunque editado en 1972 es mas conocida su versión ampliada de 1974 con grabaciones de las sesiones de The Dark Side of The Moon

Tan desmedido reconocimiento y tantos sueños de la infancia cumplidos volvieron a crear ostracismo y bajón creativo. Por eso de Wish you were here 1975 es mejor no conocer los detalles, la enorme tortura que significó la grabación para Roger Waters, la ausencia total de camaradería entre ellos y el reconocido atasco para componer que reinaba en Abbey Road. A las pruebas me remito: en realidad son 4 temas alargados ante la imposibilidad de aportar algún otro, por lo que regresa el vicio de las canciones de mas de 20 minutos y «Shine on your crazy diamonds” lo es, aunque fragmentada en dos trozos, de los cuales el segundo (la cuarta parte del disco) es una exposición de todos los malos hábitos instrumentales de ese año letal que fue 1975.

Por fortuna amarraron muy bien el resto, que aún se escucha con agrado. Menos electrónico pero más sinfónico y también más rock que The dark side, consolida a Waters como letrista y contiene la única canción de amor del susodicho («Wish you were here»), denuncias a la industria musical solapadas en «Welcome to the machine» (la mejor aportación vocal de Waters) y en Have a cigar (cantada por el invitado accidental Roy Harper) y el panegírico certero sobre la ausencia de Syd Barret («Shine on your crazy diamonds») que en su primera parte es un modelo de construcción en la manera en que van incorporándose los instrumentos y la voz hasta la llegada del saxo de Dick Parry. Fue en las mezclas de precisamente este tema cuando Barrett apareció lampiño y orondo en el estudio. Solo habían pasado 6 años pero nadie le reconoció. Tampoco volverían a verle vivo. Ciclo cerrado y que un floydita de pedigree continué la cronología, que a mi sin el pelo largo me dan grima.

 

Pink Floyd como ONG

La carrera de Pink Floyd se entrecruza en ocasiones con la de artistas de serie B. Estos fueron los afortunados:

  • La voz solista de Roy Harper (protegido también de Led Zeppelin) en el tema «Have a cigar» no se debió del todo a la empatía con el singular cantautor. Roy grababa en otro estudio su álbum HQ (en el que colaboran Gilmour y John Paul Jones) y fue requerido porque Rogelio Aguas se veía incapaz de abordarla tras la tensión nerviosa derrochada para grabar «Shine on your crazy diamonds». Gilmour se negó a cantarla y Waters se arrepintió mucho de habérsela cedido a Harper.
  • La ozónica formación de pub rock Quiver, más tarde los esenciales Sutherland Brothers & Quiver, mezcló sus miembros con P.F.. El contacto fue Gilmour que, en su etapa de malnutrición por Francia hacia 1966, montó con más ingleses la banda Flowers en la que militaban dos futuros Quiver, Tim Renwick y John Wilson. Ambos tocaron de mercenarios con los P.F. ochenteros. Pero el miembro más popular de SB & Quiver fue sin duda el futuro Attraction costelliano Bruce Thomas.
  • Además de la producción de Gilmour a los folkies Unicorn, es Nick Mason el que más discos produce a plebeyos. No hay muchos datos que prueben que su producción fuera más que ejecutiva. Pero el listado es atractivo: piezas clave del universo Canterbury como Rock Bottom de Robert Wyatt y Shamall de Gong. También Steve Hillage y la interesante macrobanda teatral hippie Principal Edwards Magic Theatre. ¡¡Y a los Damned en Music for pleasure!!

 

Texto: Fernando Gegúndez

THE WALL: UNA DICTADURA ACEPTADA

Todo empezó… con un escupitajo. Y para más inri, en plena explosión del punk. En 1977 Pink Floyd sacaba su álbum más áspero hasta la fecha, “Animals” (ya sin aportaciones de Wright ni Mason y con Waters como director de orquesta), inspirado libremente en “La granja animal” de George Orwell y su catálogo desquiciado de animales varios. Sus deprimentes fotos interiores y unas letras descarnadas no hacen precisamente que este álbum encaje en los cánones del rock progresivo de la época (aunque bandas como King Crimson o Van Der Graaf Generator tampoco eran muy amables en cuanto a estética sonora se refiere).

La subsiguiente gira recaló en recintos desmesurados (en eso sí estaban a la cabeza de los dinosaurios de los setenta), y fue en el último concierto, celebrado en el estadio de Montreal (6.07.77), donde Roger Waters tuvo la inspiración para lo que muchos consideran la obra magna del grupo, The Wall: un fan bastante baboso no paraba de molestar al grupo con sus gritos, hasta que Waters, imbuido del más candente espíritu punk de entonces, le soltó un escupitajo en plena jeta. Ya en los camerinos, Waters estaba estupefacto ante su propia reacción: ¿Qué mierdas había hecho? ¿El rock había degenerado en eso, en tocar en estadios y salir corriendo con montones de pasta para comprarse casas, coches y coca?

Tras la gira, Gilmour y Wright parieron sus primeros discos en solitario (“David Gilmour” y “Wet Dream”: decentes, discretos, poco ampulosos). Mason, aparte de coleccionar coches, produjo a The Damned. Waters no se sacaba de la cabeza el triste episodio de Montreal y empezó a gestar una obra conceptual, pensando en el muro que cada cual se construye para aislarse de lo que le afecta. A finales de 1978, Waters trajo a Bob Ezrin como productor-colaborador y empezó a dictar las normas del juego para el siguiente álbum del grupo. Gilmour y Wight se habían quedado sin ideas, y además el grupo había perdido un millón de libras en inversiones que resultaron ser fraudulentas, aparte de tener una deuda escandalosa con el fisco de entre cinco y doce millones, por lo que tenían que exiliarse un año y agarrarse sí o sí a lo que Waters pudiera ofrecer. Y la oferta era elegir entre lo que sería The Wall y lo que acabaría siendo su primer álbum en solitario publicado en 1984, “The Pros and Cons of Hitch-Hiking”. Vieron más futuro a The Wall, un proyecto triple consistente en un álbum doble (grabado en Niza y mezclado en L.A.), un espectáculo monumental y una película. La ambición que no falte.

Waters exorcizó todos sus fantasmas (y algunos también de su ex colega Syd Barrett): El terror de la guerra, la pérdida del padre, la penosa etapa escolar, la asfixia materna, las dolientes relaciones de pareja o el sentimiento de irrealidad de las grandes estrellas de rock. El manoseado eslogan de sexo-drogas-rock&roll llevado hasta el melodrama. Pero aun así, Waters acabó necesitando hacer psicoterapia en 1981.

Musicalmente se apartaron de las largas suites de antaño, recuperando el formato de canciones cortas de “Dark Side…”. Aquí poco hay de prog rock, y sí rock duro (“«n the Flesh?», «Young Lust») baladas («Mother» o «Comfortably Numb», una de las pocas aportaciones de Gilmour), música disco («Another Brick….»), guiños a los Beach Boys («The Show Must Go On») y hasta ópera («The Trial»). Pero la guerra estalló cuando Wright quiso ejercer de co-productor aportando cero creatividad. Incluso se negó a volver antes de vacaciones para tocar teclados. Waters amenazó con cancelar el proyecto si a Wright no se le daba puerta. Y así fue, aunque se le permitió ir de gira como músico asalariado. Lo gracioso es que fue el único del grupo en ganar pasta (los números fallaron en 600.000 dólares), aunque acabó necesitando ayuda psicológica. Por cierto, Ezrin tuvo que pagar entrada para asistir a uno de los conciertos, ya que Waters pilló un cabreo al enterarse de que había filtrado detalles a la prensa de todo el proyecto. La megalomanía de Waters corría pareja a la de un Stanley Kubrick, por citar un símil cinematográfico. Película y controvertida fue también después The Wall, de Alan Parker. Unos la tildan de videoclip barato de 90 minutos, otros vemos una arriesgada y estimulante traslación al cine (carece de diálogos), con soberbias animaciones de Gerald Scarfe, que ya colaboró en la gira.

Y en 1983, la coda: The Final Cut. Gilmour y Mason son meros invitados y Waters sigue insistiendo en hurgar en sus heridas emocionales con el tema de la guerra. La gira subsiguiente se cancela inesperadamente y un par de años después se ven en los tribunales para pleitear por el nombre del grupo. Gilmour se lleva el gato al agua y como Pink Floyd grabará “A Momentary Lapse of Reason” (1987) y “Division Bell” (1994). La leyenda cuenta que Waters encargó una buena cantidad de rollos de papel higiénico con el careto de Gilmour.

Durante años dejaron de hablarse, incluso para preparar el recopilatorio “Echoes” y el estupendo “Is There Anybody Out There? – The Wall Live 1980-81”. Pero lo improbable no es necesariamente imposible, y la prueba fue ese emotivo concierto del cuarteto al completo el 2 de julio del 2005 con motivo del Live 8. Con la muerte de Wright en el 2008 (Barrett había fallecido dos años antes), podemos notificar la defunción definitiva del grupo y, aunque para muchos terminó con The Wal”, ya no habrá una reunión en toda regla. Pero el show debe continuar, así que aparte de la presente gira de Waters (Gilmour ha publicado un disco ambient con The Orb), se especula con una recopilación de rarezas y un concierto original de la gira de The Wall en DVD.

LOS LADRILLOS DE WATERS

La carrera de Waters en solitario empezó con “Music From The Body” (1970), firmado con Ron Geesin (que orquestó “Atom Heart Mother”). Se trata de una banda sonora de un documental fisiológico a base de violines risibles, baladitas pueriles, pedos y eructos. Un engendro candidato a encabezar la lista de los peores discos de la historia. Como poco a poco fue tomando el timón de la nave pinkfloydiana, Waters no necesitó reincidir como solista hasta 1984 con “The Pros & Cons of Hitchking”, un apéndice muy descafeinado de “The Wall” y “The Final Cut”. Siguiendo con su línea depresiva, compuso la mitad de la banda sonora de la estimable película de animación “When the Wind Blows” (1986), sobre un holocausto nuclear, y al año siguiente abordó un sonido claramente comercial (y poco afortunado) con “Radio K.A.O.S”.

Con motivo de la caída del muro de Berlín, ofreció un espectáculo en 1990 sobre “The Wall”, con un ecléctico elenco de invitados (Van Morrison, Scorpions, Paul Carrack o Sinnéad O’Connor, aunque inicialmente quiso a Peter Gabriel, Rod Stewart y Springsteen). Por fin, en 1992 Waters ofrece un disco meritorio, “Amused to Death”, respaldado por Jeff Beck. A partir de ahí, poco más: una soporífera ópera que no ha interesado ni a sus acérrimos (“Ça Ira”, 2005), y giras con abundante material Floyd.

Ahora, celebrando el 30º aniversario de “The Wall”, Waters recupera el espectáculo original. Ha comentado que la idea del muro sigue políticamente vigente, con temas como la separación entre Oriente y Occidente, y la crisis económica mundial. Cierto es que si echa mano de su obra cumbre es debido a su paupérrima creatividad en las últimas tres décadas, pero si hay que elegir entre Waters jubilado y jugando al golf o esta gira, ¿con qué te quedas?

Texto: Jordi Planas

Artículo publicado en el número 278 de enero del 2011

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