Rutas Inéditas

¡Malditos seáis! Josetxo Ezponda (Segunda parte)

Josetxo Ezponda: Prueba a saborear un pétalo de rosa (Parte II)

 

 

Costó un poco convencer a Marino Goñi, responsable de Oihuka, de que el segundo disco lo querían doble. De hecho lo primero que dijo es que no, que era una locura, un suicidio artístico en toda regla. Pero Josetxo atisbó ciertas dudas y contraatacó, asegurando que habían trabajado mucho, que tenían cantidad de material y que el resultado iba a ser algo especial. Marino, amante del riesgo a su vez, finalmente dio el visto bueno.

Ese material del que hablaba era fruto de semanas y semanas en el local de ensayo, compartido con Aurora Beltrán y sus Tahúres Zurdos. En realidad un cine abandonado en la vecina localidad de Beriáin, cedido por el ayuntamiento con la condición de que tocaran gratis una vez al año, en fiestas. Con un escenario enorme y un sonido espectacular, cualquiera decía que no. Meses componiendo, ensayando, arreglando canciones una tras otra. Hasta que en noviembre de 1990 llegó el momento de entrar en el estudio de una vez por todas.

De productor, Jean Phocas, le había dicho Josetxo a Marino en su momento. Aceptado. Nacido en Hendaia, Phocas vivía en San Juan de Luz y cruzaba la frontera cada día para trabajar en Elkar. Su valía -y su mala leche- eran valores más que reconocidos en aquella escena, y contar con él supuso un plus de confianza. La primera tanda de sesiones se dividía entre tarde, cena y sobremesa y vuelta al estudio de noche hasta que el cuerpo aguantara. Todo fluía, la banda -pese a su sempiterna fragilidad física y emocional, estaba pletórica. Jesús se había acoplado perfectamente, armando una imbatible base rítmica junto a un Tasio que nunca había tocado mejor. Charly, por supuesto, vestía todo aquello de solos y arpegios que tan pronto acariciaban como arañaban mientras Josetxo dirigía el conjunto con chirriante, chispeante batuta.

Tras una primera parada en la grabación, la banda se toma un tiempo de asueto, satisfechos y confiados. Josetxo se baja a Madrid, a casa de Iñigo Pastor (Munster para los amigos). Va al cine, bebe y se deja tentar por la oferta de su amigo: “¿por qué no hacemos un disco? ¿un mini-lp o algo así?”. La respuesta era obvia, por supuesto. Brindan por el trato y Josetxo vuelve a Pamplona.

 

Pero como tantas veces ocurre, los periodos de ilusión y felicidad no son más que antesalas de la tormenta, y aquel no fue una excepción. Las expectativas no podían ser mejores pero algo se estaba torciendo más allá del control del grupo. En pocas palabras, las de Josetxo: “Marino Goñi decidió romper el cordón umbilical con la madre Elkar y dejó Oihuka para fundar Gor, su sello esta vez, sí, independiente”. En consecuencia, el proyectado doble álbum de Los Bichos quedaba pendiente de un hilo y solo la insistencia y el compromiso personal de Phocas lo salvaron de quedar en el limbo. Salvado ese primer e importante escollo, a mediados de marzo de 1991 Josetxo viaja a Burdeos, a los estudios Le Chalet, para grabar ese doce pulgadas a su nombre aunque apoyado por Asio y Jesús, más dos teclistas femeninas -una de ellas Susana, musa de Josetxo con la que aparecería en portada de este disco y el siguiente- y otro Josetxo (Anitua, cantante de Cancer Moon) aportando voces. En apenas tres días y con Jean Marc Sigrist a los controles se grabarían ocho temas; cuatro propios y otras tantas versiones que Josetxo tenía en el cajón, desechadas para Bitter Pink, a saber: «Sand» de Lee Hazlewood, «I Remember» de Suicide, «Sittin’ on Top of the World» de Howlin’ Wolf y -oh sorpresa- el «Solid Gold Hell» de los Scientists. El notable artefacto resultante, My Deaf Pink Love, hacía honor a las cuidadas ediciones de Munster Records incluyendo inserto un cómic de doce páginas obra, obviamente, del propio Ezponda.

Para completistas, por cierto, apuntar que «Sand» se editaría poco después también en formato de split single junto a «Revolution», versión de Spacemen 3 a cargo de La Secta.

Y fue volver de Burdeos y entrar prácticamente de inmediato en Elkar para terminar aquello que tenían a medias. Los últimos días de marzo, en plena Semana Santa, Los Bichos terminarían su obra magna, a la postre la última. Un do de pecho que dejó a la banda exhausta, derrengada, con cada uno pendiente de sus propios fantasmas: “cuando estábamos en la segunda tanda de grabación de Bitter Pink ya sabía que ésta era una historia que se acababa. Oihuka se había desmembrado y los miembros del grupo se fueron cada uno para su monte y algunos de esos montes estaban llenos de pinchos. En las últimas actuaciones sólo venían doce personas a vernos. Fue un intento desesperado por acabarlo y dar portazo. Nosotros dejamos de aguantarnos, cosa muy normal en los grupos, sobre todo siendo tan temperamentales como éramos. Lo peor fue no sacar lo mínimo para seguir dignamente. Fueron demasiados ‘no’ a todo. Es la historia de mi vida”.

Sabiendo pues que aquellos eran últimos cartuchos, Josetxo los disparó todos con una precisión espeluznante. Un disco en el que perderse durante épocas enteras y en el que encontrar todas y cada una de las referencias esperadas: swamp rock, punk, glam, noise, el wall of sound de Spector, Nick Cave en Berlín, efluvios de las alcantarillas neoyorkinas y andanadas de high energy ora proveniente de Melbourne, ora de Detroit.

Veintisiete temas, ni uno solo de relleno. Y porque no pudieron ser más, tal como explicaba el propio Josetxo en la hoja promocional del álbum: “Bitter Pink es un álbum doble lleno de canciones por todas partes. Pudo haber sido triple o cuádruple, y no me estoy tirando el pegote, hubo que hacer una buena criba antes de entrar al estudio en medio de un mogollón de follones de todos los tipos y especies, dentro y fuera de nuestras vidas”. Latigazos propios del calibre de «Fuelled by Desire», «I’m Inside Her», «The Elf Queen», «Mice from Hell» y un larguísimo, inabarcable etcétera que incluye las versiones de rigor. En este caso retitulando a Phil Spector en «To Know Me is to Love Me», el clásico por antonomasia de Gainsbourg y la Birkin «Je t’Aime Moi Non Plus» y esa delicada y desoladora miniatura de Alex Chilton en Big Star conocida como «Holocaust». Un disco hermoso, retorcido y trágico, un monumental testamento envuelto en caligrafía lisérgica y presentado con una fotografía en portada que remite directamente al Copy Cats (1988) de Johnny Thunders y Patti Palladin. Una obra que archivar junto a otros dobles álbumes de culto como Double Nickels on the Dime (1984) de Minutemen, Robespierre’s Velvet Basement de Jacobites (1985) o North Circular (1997) de Bevis Front, no tanto por hermanamiento estilístico sino conceptual.

No daría para mucho más la historia, no obstante. Como un viejo descapotable descascarillado, perdiendo piezas y combustible por carreteras secundarias y pedregales, el motor de Los Bichos acabaría deteniéndose poco después de Bitter Pink. Desbandada y casi cuatro años en los que apenas se sabe nada de Josetxo. Aparece y desaparece, actúa aquí y allá con su caja de ritmos en casa y otros lares sin muchas expectativas de un nuevo trabajo, y una reunión de Los Bichos ni se contempla: “Los Bichos se acabaron en enero de 1992 con una actuación en Terrassa, lo posterior sólo fueron coletazos», Josetxo dixit.

Pero en 1995 su nombre vuelve a aparecer en escena con un nuevo trabajo titulado A Glitter Cobweb (1995) que verá la luz de la mano de Triquinoise. Disco en solitario en toda regla, Josetxo viaja a los estudios Black Box en Francia, se rebautiza como El Bicho y cual juan palomo, se encarga de prácticamente todo el proceso: composición, instrumentos, diseño y producción, aunque esta última compartida con Iain Burgess: “es todo mucho más sencillo; al hacerlo yo solo he tenido que dejar las canciones en el esqueleto, un poco como yo; estaba premeditado así. Canciones muy cortitas con muy pocos arreglos, más sencillo, me equivocaría si pensase que quería que sonase a grupo. Es una aventura que se me ha metido en la cabeza y la he de llevar a cabo. No ha habido ninguna colaboración excepto un silbido de Asio. Es un descanso porque poner de acuerdo a cuatro locos en tu locura…puff… un poco síndrome Don Quijote”.

Fuera o no un descanso ocuparse de todo él mismo, A Glitter Cobweb queda como un disco reivindicable, -quince temas propios más una versión del «True, Fine Mama» de Little Richard- pero a la vez como su canto del cisne a nivel discográfico. Diez años transcurrirían hasta que volviéramos a descubrir el nombre de Los Bichos en medios especializados, diez años en los que vería cómo sus amigos iban cayendo por el camino. Asio, Jesús, Fermín murieron demasiado pronto, Charly estaba en su propio mundo y él se veía como un superviviente, posiblemente el único de una aventura que los había quemado sin darles tiempo a rectificar. Pese a las bajas su nombre volvió, decíamos, gracias a un ejercicio de recuperación histórica a cargo de Munster. En 2006, al mismo tiempo y con el mismo formato que La Banda Trapera Del Rio ‎– 1978/1982 Grabaciones Completas, el sello editaba un doble recopilatorio titulado Los Bichos 1991 – 1988, un libro cd con las letras de las canciones y una breve, deslavazada pero muy interesante trayectoria de la banda -una colección de vivencias, anécdotas y reflexiones más bien- de puño y letra del propio Josetxo. En una entrevista para Rockdelux pocos meses después de la edición de la antología, resumía así el lanzamiento: “es volver a dar lo mismo en un envoltorio diferente: una manera de sacar esas canciones del pozo negro y sin fondo en que estaban, aunque la verdad es que las cosas nunca son para tanto”.

Por aquel entonces, las pocas veces en que alguien le ponía un micrófono delante mostraban a un artista desencantado, resentido incluso; orgulloso de lo logrado pero rendido a la constante negativa de la industria y a la alarmante miopía de un público que no estaba en absoluto preparado, en este país y en aquel momento, para entender y apreciar aquella música.

Según la fuente que se consulte pasó sus últimos años progresivamente alienado de la realidad circundante, frustrando diversos intentos de reeditar su obra y material inédito y, si no arruinado, algo parecido. Por el contrario otros testimonios hablan de un Josetxo animado, retirado pero activo, disfrutando de la ingente cantidad de música que proporciona internet, gestando proyectos con otros guitarristas de Pamplona como Germán Carrascosa o Jon Ulecia, borradores que por desgracia nunca llegaron a buen puerto. Incluso hay quien afirma que un mes antes de fallecer estaba preparando su vuelta a escena: había cobrado unas deudas, se estaba arreglando los dientes (no era poco su complejo al respecto) y retomado la guitarra, convencido de que si había aguantado hasta llegar ahí, era porque aún tenía otra oportunidad.

No podremos saberlo nunca, en cualquier caso. El 16 de abril de 2013 su cuerpo fue encontrado sin vida en la casa que había heredado de su madre, en Burlada. Tal vez no fuera la crónica de una muerte anunciada, pero sí sospechada. Su ostracismo durante tantos años terminaba de la forma más silenciosa y prosaica del mundo, una verdadera paradoja para alguien que vivió para sentirse distinto, para escapar –a través del rock’n’roll- de la gris y mediocre rutina del día a día.

¿Lo consiguió?

Durante unos años, al menos, sin duda. El tránsito de los ochenta a los noventa no puede entenderse sin su figura, ni la de todos esos compañeros de viaje que han ido apareciendo en estas líneas, implícita o explícitamente. Y puede que su nombre y el de Los Bichos continúen siendo una nota a pie de página en el libro oficial del rock en este país, pero quienes desconfían –o directamente repudian- las versiones para todos los públicos, saben que Josetxo no merece una escueta nota a pie de página, sino más de uno y dos capítulos enteros.

 

Eloy Pérez

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