Rutas Inéditas — 22 noviembre, 2018 at 9:00

¡Malditos seáis! Phil Schoenfelt

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Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.Esta entrega, Phil Schoenfelt.

PHIL SHOENFELT – La lluvia tras los cristales

 

Resultado de imagen de Phil ShoenfeltImaginemos un improbable cruce entre la herencia del post punk, el gótico americano en su vertiente más sureña y la angustia existencial europea de Nico o Scott Walker entre otros, antes de meternos en harina. Añadámosle unas cuantas murder ballads, un contrastado talento literario y un exilio voluntario en la República Checa y tendremos una imagen general de Phil Shoenfelt, uno de los músicos más interesantes de las últimas décadas. General pero aún borrosa, así que a ese dibujo esbozado procedamos a delinearle y rotular sus muchos perfiles.

Nacido en 1952 en Bradford, al norte de Inglaterra, y mudado tiempo después a Worcester en las Midlands, Phil recuerda muy bien su infancia y aún mejor el momento en que tomó su primera lección de guitarra, el 22 de noviembre de 1963 (el día que asesinaron a Kennedy). Con la oreja puesta en Los Beatles, Dave Clark Five, The Pretty Things y demás parentela, el joven Shoenfelt aprende a tocar y componer de forma autodidacta y, por el momento, rudimentaria al tiempo que desarrolla una afición por la literatura menos académica. Así, influenciado por las lecturas beat y por autores como Kerouac, Orwell o Jean Genet se lanza a la aventura en un viaje europeo junto a un amigo. Con setenta libras en el bolsillo y la vida por delante, pasan de tocar en la calle y lavar platos a terminar en Marruecos y de allí, vuelta a casa. Tras un segundo viaje al norte de África, regresa para toparse de bruces con una cosa llamada punk. Viaja a dedo de Newcastle a Londres y durante un año no se pierde un bolo y trata de montar su propia banda mientras trabaja en una librería del Soho.

Pero las cosas no avanzan y decide mudarse a Nueva York a principios de los ochenta. Allí entra en contacto con una efervescente escena en la que se siente como pez en el agua, aficiones peligrosas incluidas: “en ese momento parecía que casi todos en la escena musical y artística del downtown estaban usando heroína. De hecho, se había puesto muy de moda. La gente también lo romantizaría. Todo se filtró a través de Cocteau, Burroughs, Baudelaire, De Quincy y, por supuesto, todo el asunto rebelde de Keith Richards y Johnny Thunders.”

 

En la Gran Manzana tomará parte en varios combos –the DC10s, Disturbed Furniture, The Nothing- hasta formar en 1981 su primera banda oficial junto a Barry Myers y Marcia Schofield. Khmer Rouge se harán un cierto nombre tocando en el CBGB y el Ritz, actuando en la primera edición del White Columns Noise Festival auspiciado por Thurston Moore y recorriendo la costa este teloneando a figuras como Tom Verlaine, Alan Vega, The Gun Club o The Clash, pero aparte de un siete pulgadas («New Assassins / Labyrinth») en 1981 y un tardío EP (City Primeval, 1985) no dejarían más rastro discográfico. Paralela a la trayectoria de Khmer Rouge arreció asimismo su adicción: “Fue entonces cuando comencé a usar heroína todos los días, como una muleta, como un medio para adormecer el dolor. (…) a partir de ese momento pasaron otros siete años de uso diario antes de que finalmente dejara el hábito. No puedo decir que lamento la experiencia, porque es una parte muy importante de mí. Si sobrevives a la adicción y todo lo que eso conlleva, obtienes una educación que no obtendrás en ningún otro lugar, excepto quizás en una situación de guerra”.

Resultado de imagen de Phil ShoenfeltConsciente de que si seguía desayunando speedballs saldría de Estados Unidos en una caja de pino, en 1984 regresa a Inglaterra junto a Marcia –por entonces ya su esposa- y Barry; allí siguen intentándolo pero la aguja sigue presente y Khmer Rouge llega a su fin en 1986. Sin banda, sin pasta y sin mujer (Marcia le dejó para entrar como teclista en The Fall), Phil toca fondo malviviendo en una insalubre okupa de Camden Town, sórdidas vivencias que reflejaría años más tarde en su primera novela Junkie Love. Tras lograr por fin dejar atrás el caballo, en 1988 consigue que Mark E. Smith le produzca (junto a Tony Cohen) y le publique en su sello Cog Sinister un doce pulgadas con «Charlotte’s Room» y «The Long Goodbye», dos canciones que supondrían el pistoletazo de salida para un renacimiento artístico que le llevaría a convertirse en uno de los cantautores eléctricos más personales de los noventa. Un primer y excelente álbum a su nombre –Backwoods Crucifixion (1990)- vende apenas un par de miles de copias, insuficiente para costearse la vida en Londres. Ejerciendo de taxista, planteándose dedicarse a la docencia, el sello Humburg Records contacta con él y le ofrece grabar un nuevo disco. God is The Other Face of the Devil (1993) forma un indisoluble díptico con su debut, dos discos cargados de culpa y redención en los que sobrevuelan –aupados por oscuras guitarras y violines- los fantasmas de Nick Cave y Andrew Eldritch, Lou Reed y Johnny Cash; dos auténticos exorcismos personales (“tal vez debería haberlos producido William Friedkin” llegó a bromear al respecto) grabados con músicos eventuales y con buena parte del material compuesto tiempo atrás, en los aciagos tiempos en el squat de Camden.

Este segundo álbum tuvo una cierta repercusión en dos países –Grecia y la República Checa- así que en 1994 Phil llevó a cabo una pequeña gira por Chequia acompañado por músicos locales. Un tour tan exitoso en lo musical como en lo personal al conocer allí a Jolana, una camarera de la que se enamoraría perdidamente y que no tardaría en convertirse en su segunda esposa. Ambas circunstancias le llevarían a instalarse definitivamente en Praga e iniciar allí una segunda etapa en su carrera -que se convertiría en definitiva- reclutando músicos de la zona y dando forma a su propio grupo bajo el nombre de Southern Cross. Es esa segunda mitad de los noventa una época fructífera de la que quedarán diversos testimonios a cual más reivindicable, mezclando su ya habitual imaginería religiosa y atormentada con el country, el pop y un incipiente gusto por la música popular centroeuropea. Resultado de imagen de Phil ShoenfeltEl primero de esos testimonios será un directo con una embrionaria formación de Southern Cross editado bajo el nombre de Phil Shoenfelt with Tichá Dohoda y titulado Live In Prague! (1995), al que seguiría una visita a Grecia al año siguiente y la llegada, en 1997, de dos discos en estudio: Blue Highway, espléndido debut en estudio con Southern Cross y el disco homónimo de Fatal Shore, proyecto junto al cantante Bruno Adams y el batería Chris Hughes (ambos ex miembros del combo australiano Once Upon a Time) con el que iría intercalando lanzamientos hasta la muerte del primero en 2009. Ese mismo año se enrolaría en el barco pirata de Nikki Sudden para acompañarle en directo y terminar encerrándose juntos en los Interzone Studios de Berlin al año siguiente, de cuyas sesiones surgiría un trabajo gloriosamente eléctrico –Golden Vanity– que permaneció inédito hasta ser publicado por Easy Action una década más tarde.

Y si todo lo facturado en tan corto espacio de tiempo llevaba a algún sitio, ese lugar era sin duda su siguiente trabajo. Dead Flowers For Alice (1999) no sólo era lo mejor que había compuesto y grabado hasta el momento, sino que se convertiría en puntal de su discografía y, de paso, en uno de los mejores discos ocultos de fin de siglo. Desde los diez minutos iniciales de esa maravilla “burroughsiana” titulada «Ballad Of Elijah Cain», pasando por «Veronika’s Veil», «Darkest Hour», «Letter From Berlin (Part 2)» o el propio tema que titula el álbum, el lienzo propuesto por Phil con estas nueve canciones es de una belleza y una melancolía abrumadoras. Pero lejos de dormirse en los laureles (artísticos, obviamente), la entrada del nuevo milenio le ve desgranando nuevas y precisas piezas de una rara y delicada orfebrería musical. Ecstatic (2002), tercera entrega junto a Southern Cross se ve seguido casi de inmediato por un segundo capítulo de Fatal Shore, Free Fall (2003), en el que él y Adams vuelven a explayarse en un cóctel musical fascinante:  “¿hacíamos blues psicodélico-industrial, éramos cantautores indies, country-noir mutante? ¿o tal vez lizard-lounge-lo-fi-trance? Había elementos de todos estos estilos en nuestra música, pero no encajábamos exactamente en ninguna categoría” declaraba recientemente Phil en una entrevista. Música repleta de inspiración y libre de ataduras, para desespero de cualquiera que pretendiera comercializarla. Nunca fue ese el objetivo principal en sus canciones, por supuesto, y no lo sería en sus siguientes esfuerzos. Antes no obstante el recién creado sello berlinés Phantasmagoria Records ofrecería una magnífica retrospectiva de nuestro hombre con Deep Horizon – Selected Songs of Phil Shoenfelt (2004), inmejorable puerta de entrada a su obra hasta aquel momento y bisagra para una nueva fase en la que caerían –aparte de docenas de colaboraciones cuyo rastreo precisa de licenciatura en espeleología- por orden: New York – London 1981-86 (2004) antología de Khmer Rouge a cargo de Voiceprint/Hip Priest, un nuevo trabajo de Fatal Shore titulado Real World (2007), su participación con «Death Is Hanging Over Me» en Suddenly Yours (2007), el disco tributo a Nikki Sudden editado por Sunthunder y el directo Live At The House Of Sin (2008) junto a Pavel Cingl, violinista de Southern Cross.

La muerte de Bruno Adams en 2009 llegó acompañada de una serie de títulos en formato digital, empezando por un single de Fatal Shore – «Bird On A Wire»- y siguiendo con Rare Tracks (seis demos y relecturas entre las que destaca la versión de estudio de «Devil’s Hole» grabada en 1990 con la colaboración de Nick Saloman para su revista Ptolemaic Terrascope) y Dead Flowers For Alice – Unplugged, versión acústica del mismo disco.

 

Con Fatal Shore finiquitado (sin Adams no tenía sentido seguir, según Phil) un nuevo disco junto a Southern Cross –Paranoia.com (2010)- y otro de demos y descartes de los Shore – Setting The Sails For El Dorado (2011)- precedieron al debut de su nuevo proyecto junto a Hughes y Dave Allen. Dim Locator se estrenaron en 2011 con Inmortalised, un EP online con tres versiones de Rowland S. Howard, a quien Phil conocía de los días yonkarras de Camden y en cuyo póstumo documental –Autoluminiscent- participó interpretando «Dead Radio»; proyecto paralelo el de Dim Locator que ha mantenido hasta hoy con un diez pulgadas en 2013 (Wormhole) y un cd en directo grabado en Leipzig titulado Six Miles Deep (2016). Un año antes había visto la luz The Bell Ringer, otro estupendo live esta vez junto a Southern Cross en el que despliega lo mejor de su repertorio incluyendo un par de guiños a Iggy y los Stooges con «Open Up and Bleed» (ya inserta en Paranoia.com) y «The Passenger». Grabado en The Shot-Out Eye, el club de Praga en el que se topó por primera vez con Jolana, el disco muestra a Phil y su banda en una maravillosa plenitud y madurez, cerrando un nuevo círculo en una carrera que lejos de estancarse sigue activa e inquieta. Recién salido del horno tenemos Out Of The Sky – Real World Demos, artefacto que recupera las maquetas del tercer disco de Fatal Shore, para deleite de aquellos que han seguido una trayectoria tan prolífica como imprescindible.

Autor asimismo –aparte de la ya mencionada Junkie Love– de diversos poemarios y las dos primeras entregas noveladas –Stripped I y II– de sus años americanos, en lo que pretende agruparse bajo el nombre de New York Trilogy, Phil Shoenfelt sigue ahuyentando sus demonios y plasmando sus obsesiones a través del verso, de la prosa y de la electricidad.

Un mundo, el suyo, particular y fascinante, nacido en los años del punk y alimentado con múltiples referencias culturales y religiosas hasta conformar un legado presto a ser descubierto por todo aquel musicólogo capaz de encontrar un recóndito e inesperado hueco en sus estanterías, justo en el espacio que queda entre Jacques Brel, Townes Van Zandt y Crime and The City Solution.

 

Eloy Pérez

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