Rutas Inéditas — 20 septiembre, 2018 at 10:57

¡Malditos seáis! The Jazz Butcher

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.

THE JAZZ BUTCHER : Elegante se nace

 

The Jazz Butcher siempre fue más un personaje, un alias, que un grupo stricto sensu. Por supuesto hubo una serie de músicos tras el nombre, algunos más importantes, otros más efímeros, pero al frente y como alter ego de ese carnicero del jazz siempre estuvo y sigue estando Pat Fish, clásico dandy británico de maneras, modales y peinado refinados y elegante sentido del humor, el cual contribuyó al pop británico escribiendo algunas de las más brillantes e infravaloradas páginas de su Historia.

Y lo hizo, esencialmente, trascendiendo el post punk y la new wave y transitando por los ochenta y los noventa con un estilo en el que no cuesta encontrar ecos de los primeros Modern Lovers y la Velvet, de Syd Barrett y de su coetáneo Robyn Hitchcock así como de la clásica tradición británica del vodevil sin desdeñar puntuales arrebatos de jazz, punk, country, blues y otras hierbas. Todo ello desde una perspectiva indie (un término entonces todavía por acuñar) y un irónico corpus lírico que le daba la vuelta a lo cotidiano desde una estimulante óptica entre lo surrealista y lo absurdo. En palabras de Alan McGee, capo de Creation: “The Jazz Butcher es uno de los compositores pop más incisivos que ha producido Gran Bretaña desde los días de gloria de Ray Davies y Pete Townsend, criminalmente ignorado por unos medios obsesionados con ‘the next big thing’ en vez de con lo que es realmente bueno”.

Pero vayamos por partes y en primer lugar, lógicamente, a los orígenes: Oxford, finales de los setenta. La efervescencia del punk ha dejado su impronta en el ambiente universitario de la ciudad, donde proliferan no pocas bandas y artistas más o menos aplicados que simultanean sus estudios con unos primeros pinitos en el mundo de la música. Y es ahí donde encontramos a Pat Fish estudiando Filosofía y montando sus primeras aventuras –efímeros combos como The Institution o Nightshift- junto a su amigo Max Eider (de nombre real Peter Millson) y Rolo McGinty, al cual encontraremos no mucho más tarde en los magníficos The Woodentops.

Tras producir el single Don’t Go Away/ Telepathy ‎(1980) a una banda llamada Sonic Tonix, Pat entra en el grupo como cantante y se trae con él a Max Eider, sustituyendo a los dos guitarras originales y acortando el nombre a The Tonix. No iría su trayectoria mucho más allá de un nuevo siete pulgadas –Strangers / Talk To Me– en 1981 y una frustrada intención de trascender el ambiente local. Graduado y sin muchas expectativas, con 23 años recién cumplidos, Pat vuelve a la casa familiar de Northampton y, aburrido y desocupado, se dedica a juguetear con una grabadora de casete: “Solía tocar el saxo, así que me dediqué a aprender a tocar la guitarra, y empecé a grabar todas aquellas cintas (…) Quería enviárselas a mis colegas pero no quería poner Pat Fish en el casete”. Fue entonces cuando recordó una noche tiempo atrás en la que, escogiendo nombres para grupos, alguien propuso The Jazz Butcher entre bromas. Pensó que sería una buena idea bautizarse como tal y mandó las cintas a un par de amigos y, por probar (aunque sin muchas esperanzas) también a un par de sellos.

Para su sorpresa uno de ellos, Dave Barker de Glass Records, se mostró interesado y le propuso hacer un álbum. De ese modo viaja a Londres y empieza a dar forma a su debut, básicamente un disco en solitario en el que toca casi todos los instrumentos, con la ayuda esporádica de Max a las seis cuerdas y de Lionel Brando tras los tambores. El resultado, editado en marzo de 1983 tras diversos retrasos y titulado In Bath of Bacon (1983) es un álbum todavía reminiscente de ese espíritu artesanal cultivado en su habitación, una carta de presentación tan extraña como atrayente en su espíritu naif y amateur.

Ese verano edita el single «Southern Mark Smith» como adelanto del próximo álbum, hasta que a principios de 1984 consigue conformar una de las formaciones más conocidas de The Jazz Butcher, la que contaría con Max Eider a la guitarra, Owen Jones como batería y un David J recién salido de Bauhaus a las cuatro cuerdas, los tres acompañando al gran jefe Pat como cantante y guitarrista. Con este line up y tras un nuevo single versionando el «Roadrunner» de Jonathan Richman, editarían en los tres años siguientes –además de varios singles y eps, un directo y dos recopilatorios- otros tantos elepés fundamentales en su trayectoria: A Scandal In Bohemia (1984), Sex and Travel (1985) y Distressed Gentlefolk (1986), este último ya bajo el apelativo The Jazz Butcher Conspiracy y sin David J, huido para dar forma a Love and Rockets. Tres obras de arte repletas de un pop y un rock personalísimos que cierran para Glass Record un póquer prácticamente imbatible, atiborrado de joyas semiocultas como «Zombie Love», «Rain», «Soul Happy Hour», «Partytime», «Southern Mark Smith», «Hungarian Love Song», «Big Saturday» y un largo etcétera injustamente relegado a la segunda división cuando son piezas de primer orden.

Pero por aquel entonces la afición a la bebida de Max, Owen y Pat había alcanzado proporciones peligrosas, y en medio de una gira europea para promocionar Distressed Gentlefolk, la banda explota en pedazos. Al año siguiente Glass clausuraría su etapa con la banda editando el recopilatorio de singles y caras b Big Questions (The Gift of Music volume 2) y el EP May I en el que versionan a Dylan, Lou Reed y Kevin Ayers.

El siguiente paso de Pat le llevaría a firmar con Creation, por aquel entonces referencia de primer orden en el mundo del indie británico, y reclutar a una nueva banda con Kizzy O’Callaghan, Alex Green y la base rítmica de The Weather Prophets, Greenwood Goulding y Dave Morgan. De nuevo configurado como banda, The Jazz Butcher entregaría su álbum más elegante (y el más vendido) hasta la fecha con Fishcotheque (1988), una entrega relajada que tendrá su contrapunto con Big Planet, Scarey Planet (1989), de sonido más robusto gracias en parte a la sustitución de Goulding y Morgan por Laurence O’Keefe y Paul Mulreany.

Un extenso tour por Reino Unido y Europa, al tiempo que graban material para su tercer trabajo con Creation, se ve interrumpido debido a que O’Kallaghan cae enfermo y debe ser ingresado. Animados por el propio guitarrista a encontrarle un sustituto para la gira de dos meses por Estados Unidos y Canadá que tenían por delante, lo encuentran en la figura de Richard Formby, antiguo camarada de Pat. Cuando a principios de 1990 entran a grabar lo que acabaría siendo Cult of The Basement, Formby fue invitado a participar compartiendo guitarras con un O’Callaghan que, todavía convaleciente, no lograría superar su enfermedad, falleciendo al cabo de poco.

Cult of The Basement (1990) es un nuevo triunfo, refrendando un momento dulce en su trayectoria que alterna optimismo («Mr. Odd», «She’s on Drugs») y melancolía («Girl Go», «Panic in Room 109») en lo que parecía ser ya una fórmula magistral para encandilar a las emisoras independientes. Todo parecía ir viento en popa pero de nuevo la banda se desintegraría poco a poco, aunque en esta ocasión, de manera menos traumática.

Fromby fue el primero en saltar para unirse a Spectrum, seguido de O’Keefe y finalmente Mulreany yéndose a The Bue Aeroplanes, con quienes Pat colaboraría en la grabación de su álbum Beatsongs (1991).

De nuevo con nombre pero sin músicos, Pat pasa ese año tonteando con la electrónica y viendo editarse Edward’s Closet, antología de lo publicado hasta entonces con Creation. Sin tiempo para estructurar una nueva banda, entra al estudio con una nómina de nuevos y viejos colaboradores que desemboca en Condition Blue (1991), un disco correcto pero por debajo de sus estándares, que adolece de la frescura e inmediatez tan caras a él. Una etapa esa un tanto sombría de la que se iría recuperando con una nueva gira americana y, sobre todo, con su siguiente trabajo Waiting for the Love Bus (1993) en el que resucita a la Conspiracy para entregar otro precioso tratado de pop de guitarras con cimas la altura de «Sweetwater», «Ghosts» o «Rosemary Davis’ World Of Sound».

Tras colaborar de nuevo con The Blue Aeroplanes en Rough Music (1994) se despedirá de Creation con Illuminate (1995), bonito compendio de todas sus virtudes con el regalo de David J en tareas de productor. Y ahí parecía terminar su trayectoria, con Pat involucrado de nuevo en devaneos electrónicos durante varios meses y con The Jazz Butcher en la cuneta hasta que un tiempo después la llamada de Max Eider a su puerta reactivó el combo, aunque limitándose a bolos esporádicos en eventos tan improbables como invitados por fans en Mallorca o tocando en una boda en Seattle. Hasta que una gira de pocas fechas por Estados Unidos en 1999 con ellos dos más Owen, Kevin Haskins y David J reactiva de forma definitiva el interés en su figura, a raíz de lo cual el sello Vinyl Japan les ofrece un contrato para un nuevo disco. Rotten Soul (2000) no decepcionaría a los fans, envolviendo en un sonido low fi un puñado de temas tan eclécticos e inspirados como siempre que, no obstante, no tendrían continuidad. Pocas, muy pocas noticias de Pat y sus muchachos en más de una década hasta que en 2012 y para celebrar el trigésimo aniversario de la banda inician una campaña de crowdfunding para financiar, grabar y publicar ese mismo año Last of the Gentleman Adventurers, una auténtica lección de clase y madurez originalmente limitada a mil copias autoeditadas que, no es de extrañar (pero sí de agradecer), volaron en tiempo récord. Cuatro años más tarde y coincidiendo con una nueva tanda de fechas en directo, el sello Fire Records lo reeditaría con una tirada más acorde a la demanda generada.

Un merecido premio a la trayectoria de un músico muy especial, responsable de una discografía tan brillante como extensa, casi inabarcable, repleta de eps, directos y recopilatorios paralelos a sus elepés de estudio, muchos de ellos carne de coleccionista a día de hoy.

¿Cómo introducirse en su mundo? No es fácil la respuesta; tal vez lo más cómodo y directo sea hacerse con las dos magníficas box sets editadas por Fire – The Wasted Years (2017) y The Violent Years (2018)- que recopilan sus cuatro primeros discos para Glass y los cuatro siguientes para Creation respectivamente, dos auténticas golosinas a precio más que razonable a poco que uno busque un poco por esas tiendas reales o virtuales. Pinchar cualquiera de esos ocho discos (o tratar de hacerse con los siguientes, ni mucho menos misión imposible) y dejarse llevar a una época que alumbró genios con tanto talento como nuestro protagonista de hoy es un placer reservado a unos pocos y escogidos gourmets.

 

Eloy Pérez

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