Rutas Inéditas — 1 marzo, 2018 at 8:22

¡Malditos seáis! Johan Asherton

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.

 

JOHAN ASHERTON – El viaje sentimental

 

“Me gusta la idea de pertenecer a una especie de tradición: la de los trovadores”. Declaración de intenciones la de Monsieur Asherton, para empezar y ponernos en situación. Parisino nacido en 1958 en el seno de una familia de músicos de formación clásica, pero influenciado a pronta edad por Hendrix y el glam, el blues, el pop y el folk en lo musical y, muy especialmente, por los simbolistas del XIX en lo literario, Johan es sin duda un moderno trovador, que ha construido -en una carrera que abarca ya más de tres décadas- un viaje musical entre lo acústico y lo eléctrico en el que se aprecian ecos de Bill Fay, Leonard Cohen, Bob Dylan, Nick Drake o Townes Van Zandt, todo ello mezclado con el etéreo dandismo de Nikki Sudden y la capacidad melódica de su adorado Marc Bolan.

No fue casualidad que su debut discográfico, el single «Harlequin» publicado en 1982, llevara en la cara B una versión del «Hot Love» de T. Rex. El pequeño genio, como veremos, es un nombre recurrente en su trayectoria.

Donde empieza realmente la carrera musical de nuestro hombre, empero, es en 1983 cuando –tomando a sus paisanos Dogs como referencia- forma The Froggies junto a Philippe Heumann y Philippe Bedfert, banda de garaje que bascula entre el punk y el power pop que dejará dos notables discos para la historia del rock galo: Hour Of The Froggies (1984), con la mayoría de temas escritos por Asherton más algunas versiones de The Kinks y The Seeds, y Get Frogg’d!! (1985), con la banda completamente remozada, y con el cual empiezan a surgir los conciertos que no encontraron tras su debut. Abren para Dogs y Violent Femmes en varias salas de Paris, logran encabezar cartel en algunos shows e incluso llegan a tocar en el festival Printemps de Bourges pero la repercusión es escasa, las contrataciones empiezan a decaer y en verano de 1986, desanimados por un lado, sin management profesional por otro y con Johan cada vez más deseoso de iniciar una carrera en solitario que ya había intentado, fallidamente, en el impasse entre ambos discos, The Froggies ponen fin a su corta aventura. Difíciles –por no decir imposibles- de encontrar ambas referencias durante años, en 2013 el sello 442ème Rue ‎los editó ambos en un solo CD bajo el título Leather And Lace: An Anthology Of ‎The Froggies.

Pero antes de debutar solo, hubo tiempo para un nuevo proyecto, Liquid Gang, esta vez en clave más bluesera, con el que giraron brevemente y que dejó para el recuerdo Showdown! (1988), un mini elepé de seis temas publicado póstumamente.

Hasta que en 1988 regresa a lo que él llama sus “raíces acústicas” y da a luz un primer álbum a su nombre en el que sublima todas las influencias que hemos comentado. God’s Clown (1988) es una joya del rock de autor de finales de los ochenta, con títulos que serán ya clásicos en su carrera como «From Blendheim Crescent To Cheyne Walk», «Touch The Leper», «Sally Was No Angel» o el espectral tema que titula el disco. Un elepé largamente ansiado por los coleccionistas de vinilo que no lo adquirieron en su momento, que con los años veían las escasas copias a la venta cotizadas a precios de escándalo hasta que en 2017 fue reeditado en CD con nueve temas extra, para jolgorio y solaz de los fans que, o bien habían conseguido un ripeo del elepé, o bien –como es mi caso- tenían una cinta de casete grabada a punto de desintegrarse tras mil y una escuchas.

Su nombre empezó a sonar en determinados ambientes, y no tardó en enfrentarse al síndrome del segundo disco. Un síndrome que se merendó como quien lava, grabando una continuación, revisada y mejorada, de lo expuesto en su debut. Precious (1989) muestra a un artista sorprendentemente maduro, con las musas ya no de visita sino definitivamente instaladas en casa, ofreciendo diez maravillosas canciones propias (más un bonus track a medias con Nikki Sudden revisitando el «No Expectations» stoniano), en uno de los track lists más diversos de su discografía. El pop a lo Waterboys de «Glamour Bay», la guitarra jacobita de «Dandy in Dundee», el dylanismo de «Star To Follow», el aire fronterizo de «Highways of The Sun» pasando por la mezcla de tango y chanson en «1925» o el single perfecto que es «Girl On a Barricade» hacen de Precious una obra maestra. Y como tal fue reconocida por Les Inrockuptibles en agosto de 2017, incluyéndolo en su lista “Les 100 meilleurs albums français (et leurs voisins belges)”.

Poco después el sello Marilyn edita El Viaje Sentimental (1991), el cual compendia tres temas primerizos grabados en 1982/83, varias canciones de los Froggies en estudio y directo y unas demos de The Liquid Gang, para cerrar con una versión del «The Visit» bolaniano. Un incunable a día de hoy que me permitió en su día, junto a un pequeño artículo en las páginas del Ruta, introducirme en su mundo.

Gira por Europa y salta el charco, actuando en el SXSW de Austin, Texas, en 1992, pero la primera mitad de los noventa será en general un periodo difícil y negativo para él, una etapa oscura en lo mental y lo anímico del que, no obstante, surgirán tres magníficos discos: The Night Forlorn (1993), The Moon, Soon (1995) y Under The Weather (1996), que serían editados conjuntamente y con bonus tracks en 2003 bajo el título A Place To Hide For Everyone, en una maniobra de recuperación con todo el sentido, pues el propio Asherton reconoce que esos tres discos –aún publicados bajo compañías distintas- forman una especie de trilogía en su cabeza, reflejo de una época de nubarrones que sólo empezaron a escampar del todo tras la publicación del último de ellos.

De vuelta con el espíritu renovado, lanza en Sucksex, el sello de su paisano Freddy Lynxx, un vinilo de artesanal manufactura -tirada limitada de 300 copias- titulado Bluesology (1998), equívoco título con unas canciones, en sus propias palabras “influenciadas por los maestros: Davy Graham, Bert Jansch, Wizz Jones…”.

Cada vez más animado, el cambio de siglo le ve presentando dos discos casi simultáneamente. El recopilatorio (con suculentas rarezas) Johan… ou les Cendres Amères y su nuevo y flamante disco en estudio, Trystero’s Empire. Un álbum, este último, que reconocía inspirado por la pintura de John Waterhouse y la poesía de Elizabeth Siddall. “Como un paseo por un jardín inglés”, llegó a definirlo, y tal es ciertamente la sensación que se apodera del oyente desde la misma portada: la de un cantautor francés de más que notable dicción inglesa, recogiendo las semillas plantadas por John Martyn y Fairport Convention y mostrándolas al público del nuevo milenio. Sobre la elección del inglés como lengua vehicular para su música, por cierto, Johan explicaba en una entrevista ese mismo año 2000: “escuché música anglosajona desde el principio y comencé a escribir canciones en inglés. Encaja perfectamente y sería deshonesto hacer lo contrario. Es una elección deliberada, me siento cómodo y puedo tocar para público en el extranjero. ¿Por qué limitarse a una audiencia de habla francesa?”. Una decisión tomada aun sabiendo los problemas que ello conlleva: “en Francia, desde el momento en que no cantas en francés, no entras en la radio, es así, y aparecerás incluso menos en programas de televisión”.

En 2002 aparecen dos nuevos títulos: Diary of a Perfumed Clown, colección de demos y outtakes de las sesiones de God’s Clown más algunos singles antiguos y tres temas en directo, y Phantastes, una antología de textos y poemas del escritor escocés George Mc Donald, musicados e interpretados por él mismo, con el que refrendaba su ya conocido gusto por la literatura decimonónica.

Su voz, cada vez más profunda y personal, sería la gran protagonista de su siguiente trabajo, uno de los mejores que jamás ha grabado. Amber Songs (2005) es un inmenso tratado acústico sobre el amor, la vida y la pérdida, un álbum de una profundidad emocional tan sincera como escalofriante (escúchese, a modo de ejemplo, los más de cinco minutos de ese prodigio que es «Early One Rainy Morning»), tras el cual mostraría de nuevo su afición por T.Rex con Cosmic Dancer: A Tribute To Marc Bolan (2007) un atípico disco de versiones (en cuanto a la elección de temas, la mitad poco o nada obvios) que podría poner banda sonora a la biografía que él mismo escribió en 1995, Marc Bolan & T. Rex : Histoire d’un Garçon du XXe Siècle.

Tras participar con el tema «The Last Bandit» en Suddenly Yours, el disco de homenaje a Nikki Sudden –fallecido en 2006- editado por Sunthunder, se toma un cierto descanso en estudio y su pista se pierde en actuaciones esporádicas (de una de ellas, en 2009, quedará constancia en el cd autoeditado Live At Cinema Jean Vigo), noticias que llegan con cuentagotas y proyectos personales que cristalizan en High Lonesomes (2010), su peculiar acercamiento al country rock desde una óptica folk en once versiones de otros tantos ilustres del género (Gene Clark, Gram Parsons, Tim Hardin, David Blue…)  al que seguirá The House Of Many Doors (2012), un nuevo episodio que transita por las sendas a estas alturas ya conocidas.

Unas sendas que parecían ya inamovibles en cuanto el artista se sentía cómodo y seguro en ellas, pero que se desviaron felizmente con Diamonds (2015), su última entrega en solitario hasta el momento en la que, sin abandonar su sempiterno periodo de referencia –esto es, finales de los sesenta y primera mitad de los setenta- se reencuentra con esas mismas influencias en formato eléctrico. Así, con un grupo cubriéndole las espaldas por primera vez en muchos años, nuestro hombre recupera a Ian Hunter, los Stones y al Lou Reed más rockero y se marca, a sus años, el que es su disco más guitarrero desde los tiempos de los Froggies. Una auténtica gozada para todos aquellos que en 1984 éramos demasiado jóvenes como para conocer y disfrutar a su primera banda.

Inquieto por naturaleza, incapaz de estar mano sobre mano, no había terminado apenas de presentar Diamonds cuando se sacó de la chistera un nuevo proyecto. Con la ayuda de Stéphane Dambry y Eléonore Chomant, quienes ya lo habían escoltado en su disco de 2010  forma The High Lonesomes, bajo cuyo nombre edita Froth (2017), un EP de seis temas que presentan por Francia, Países Bajos e Inglaterra en formato de trío acústico, repartiéndose las tareas vocales, a la vez que no deja pasar la oportunidad de seguir actuando en solitario allá donde es requerido.

Más apreciado y reconocido entre colegas de lo que su fama entre el público pudiera hacer suponer (ha compartido escenario, a lo largo de los años, con artistas de la talla de Rory Gallagher, The Waterboys, Peter Case, Jonathan Richman, Townes Van Zandt o Daniel Lanois), es el suyo un estatus de culto que el propio artista asume con sus pros y sus contras: “también me sentiría bien si tuviera un público más amplio y vendiera más discos. Pero creo que tengo suerte porque en veinte años he visto a cientos de bandas vender un millón de discos del primer o segundo álbum y desaparecer muy rápidamente. Lo que me interesa es hacer de mi vida una vida de música. Y continúo haciéndolo”.

Un perfecto resumen de su propio puño y letra, en cuanto la vida de Asherton, como la de tantos otros artistas malditos peleando siempre por hacer oír una voz única y personal entre la habitual algarabía de sonidos estereotipados que copan los primeros puestos, ha sido, es y esperemos que siga siendo, durante muchos años, una vida de música.

 

Eloy Pérez

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: