Discomático — 14 marzo, 2018 at 7:25

Nathaniel Rateliff & The Night Sweats – Tearing at the Seams (Caroline/Stax-Music As Usual)

El típico viejo roquero plasta, anclado en la discografía de Dire Straits, Eric Clapton y Led Zeppelin, jamás reconocería que muchos discos actuales te pueden arrebatar el corazón. Discos inmaculados de principio a fin, adictivos como una pizza napolitana, que vuelves a escuchar en bucle una y otra vez y se convierten en la banda sonora perfecta para las noches de verano. A bote pronto, aquí van unos cuantos de mi lista particular: los primeros de Allah-Las, The Mistery Lights y Temples; Shattered, de Reigning Sound; Carrie & Lowell de Sufjan Stevens; muchos de Daptone Records. Bien, pues el de Nathaniel Rateliff & The Night Sweats es uno de esos discos arrebatadores.

Para llegar a la gloria y poder acariciarla con la yema de los dedos, la carrera musical de Rateliff ha tenido que dar unos cuantos bandazos. Su vida también ha sido zigzagueante. Nació en Missouri en una familia profundamente religiosa que solo escuchaba canciones cristianas. A los 7 años sus padres le compraron una batería y se unió a ellos en la banda de la iglesia. A los 13 aprendió a tocar la guitarra. A los 14, cuando su padre falleció en un accidente de tráfico, descubrió su colección de discos profanos, entre ellos, Imagine de John Lennon. En 1997, con 18 años, su relación con Dios se había finiquitado: instalado en Denver, había escapado de la América profunda y pasó a ser agnóstico. Se casó. Compaginó pequeños proyectos musicales y estuvo diez años conduciendo camiones.

En su debut en solitario, In Memory of Loss (2011), era el camionero que se había metido a cantautor. Salía al escenario y se quedaba quieto como una estatua. ‘’Ahora es completamente diferente. Muevo mucho la cadera. Bailé en el primer show de Night Sweats e inmediatamente la gente enloqueció. ¡Debería haber hecho esto hace mucho tiempo!’’, explicó al NME. Aquí tenéis a un hombre hechizado por la magia del soul, un converso feliz. Montó una nueva banda, Los Sudores Nocturnos, y publicó un primer disco homónimo en 2016 que, a lomos de un single pegadizo y canalla —el estribillo de «S.O.B.» es ‘’hijo de puta, dame otro trago’’—, logró fans tan dispares como James Bay, Laura Marling y, ejem, Britney Spears.

Dicen que a Rateliff le cuesta horrores expresar sus sentimientos. Sus discos, en cambio, parecen concebidos como confesiones autobiográficas en los que vuelca sus emociones más profundas. Los dos primeros adelantos de Tearing at the Seams —la desgarradora balada «Hey Mama» y el himno pop-soul «You Worry Me»— no pueden ser más personales. Por un lado, reproduce una dura conversación con su madre donde planea la inevitable sombra de su padre muerto en carretera. ‘’Te ha tocado un mal momento, será mejor que me escuches’’, le dice ella, antes de encarar un final apabullante, con los vientos atronando y Rateliff dejándose la garganta. Por otro, la letra de «You Worry Me» recuerda a la táctica de percebe de Rajoy, la de ponerse de perfil ante los problemas. Y, claro, eso le preocupa. Encajaría como banda sonora de la segunda temporada de Big Little Lies sustituyendo así a «Cold Little Heart» de Michael Kiwanuka.

Con su anterior trabajo, a Nathanal Rateliff & The Night Sweats le habían encasquetado una serie de claras referencias: The Band, Chambers Brothers, Otis Redding, Sam & Dave y, en general, el catálogo del sello Stax que edita sus trabajos. Tan cierto como viejuno si quieres conquistar el mundo en 2018. En esta ocasión, el soul más sudoroso —«Intro» bebe del mismo manantial que «Land Of 1000 Dances»— y el R&B («Coolin’ Out») siguen estando ahí, pero Richard Swift, productor de The Shins y Foxygen, ha decidido coger la mopa y quitar el polvo. Las nuevas canciones están menos atadas a sus viejos referentes y suenan frescas y contemporáneas, rebosantes de vitalidad y espíritu libre. A «Babe I Know», una dulce canción gospel, le puedes recitar por encima ‘’You pull on your finger, then another finger, then your cigarette’’ del «Rock and Roll Suicide» de Bowie. Y encaja. «Baby I Lost My Way (But I’m Going Home)» podríamos colarlo en cualquier disco de Nick Waterhouse. En otros cortes asoman los espíritus del Van Morrison madurito y hasta el northern soul de Jackie Edwards. Y, oye, que también encajan. Lo bueno siempre encaja.

Nathan y su banda se despiden rugiendo como un león a punto de romper su jaula. Es el epílogo de «Tearing at the Seams», la canción que da nombre al disco. Un disco de verdad, puro, tierno y emotivo. Un disco a todas luces arrebatador.

 

JON PAGOLA

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