Rutas Inéditas — 25 enero, 2018 at 13:34

¡Malditos seáis! Chris Bailey

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.

Entendiendo el malditismo (desde que Paul Verlaine –vía Baudelaire- popularizara el término a partir de su ensayo Les Poètes Maudits de 1884) en su concepto más amplio, no se pretende en esta selección de artistas que inauguramos hoy soslayar la vertiente más trágica y autodestructiva de algunos de ellos, pero también incorporar a otros tantos de vida menos disipada los cuales, lisa y llanamente e independientemente de su genio y talento, han sido y son incomprendidos en su arte.

Artistas de culto, en definitiva, de vida goliarda y carrera no menos bohemia que, conste en acta, ya fueron tratados en el pasado en blanco y negro de esta revista. Y con mejor prosa y criterio que los míos, me permito añadir sin falsa modestia.

Pero aun así es tan poca la literatura versada sobre ellos, que cualquier nuevo esfuerzo al respecto considero que merece la pena. Descubrirlos ni que sea a un nuevo lector de la era digital ya lo consideraría un logro personal. Recordarlos junto a los más veteranos, un placer.

 

CHRIS BAILEY: Esto no es Casablanca

¿Puede calificarse de maldito al artista que junto a Ed Kuepper firmó algunos de los clásicos más atemporales del punk y el rock australiano al frente de The Saints? ¿Que actuó frente a más de cien mil personas en el vigesimoquinto aniversario de Mushroom Music, colaboró en el Nocturama de Nick Cave y llegó a aparecer con los Bad Seeds en el Late Show de David Letterman?

La respuesta es obviamente sí. Por más que existan momentos puntuales como los descritos, o por más que The Saints se vean reivindicados de uvas a peras ora en revistas especializadas, ora en fanzines digitales en base sobre todo a sus tres primeros discos, lo cierto es que la trayectoria de los de Brisbane tras la escapada de Kuepper ha transitado –en términos de comercialidad y popularidad- más por vericuetos y pedregales que por carreteras anchas y bien asfaltadas.

El punk avant la lettre de su debut (I’m) Stranded –el single homónimo fue editado en septiembre de 1976, recordemos- pronto dejó paso con Eternally Yours (1978) y Prehistoric Sounds (1979) a un sonido que incorporaba rhythm & blues, jazz y un sentido del pop, el de Bailey, que chocaba y no poco con el talante más arty y experimental de Kuepper. Así una vez partidas peras, el segundo montó los Laughing Clowns y dejó a Bailey llevar, en adelante, el nombre de The Saints por bandera.

Y es que la carrera de este australiano de adopción (Christopher James Mannix Bailey nació en 1957 en Kenia de padres norirlandeses, quienes se mudaron a las Antípodas siete años más tarde, cerramos Wikipedia) es indisoluble de la de su banda, habida cuenta de que los once discos publicados a nombre de los santos desde aquel lejano The Monkey Puzzle (1981) son, en resumidas cuentas, discos de Chris Bailey y una banda coyuntural que, salvo contadas excepciones, apenas ha repetido formación más de dos veces seguidas.

Pero de lo que se trata aquí (de lo que me apetece escribir, en otras palabras) es de la discografía de Chris Bailey como tal. ¿Su carrera en solitario? En su caso sería un concepto incorrecto por lo comentado en el párrafo anterior. Dejémoslo en que vamos a repasar tan sólo aquellos títulos editados bajo su nombre y dejaremos a los Saints para otra ocasión aunque ambos caminos se entrecrucen, en algún momento, de forma inevitable.

Corría el año 1982 y nuestro hombre publicaba, al frente de unos remozados The Saints, el disco I Thought This Was Love, But This Ain’t Casablanca (título australiano para un disco que se vendería internacionalmente como Out in the Jungle … Where Things Ain’t So Pleasant) para, de forma casi inmediata, debutar con el primer trabajo a su nombre, titulado Casablanca (1983). Tal vez su disco más oculto (y eso es decir mucho en su caso), Casablanca es básicamente un álbum de esbozos, de tonalidades acústico-eléctricas que nos revelan al artista ya no tanto como frontman sino como puro singer-songwriter. Canciones en el armazón, borradores de ideas en baladas y medios tiempos anclados en el blues y con un sutil, perenne hálito romántico que se convertirá, en adelante, en una de sus marcas de fábrica. Una filosofía que el propio Bailey resumía, muchos años después, en una entrevista en la web Mess+Noise: “como cantautor, siempre he tenido el convencimiento de que una melodía debería ser capaz de sobrevivir en cualquier género o medio”.

Así, encontramos en el disco primerizas versiones de temas que acabaron en Out in the Jungle caso de “Curtains”, “Rescue”, y “Follow the Leader”, y un par más que lo harían en el siguiente trabajo de los Saints, A Little Madness to Be Free (1984): “Wait Till Tomorrow”, que pasaría a ser “Ghost Ships” y de rebote uno de sus temas más emblemáticos, y “Why Does it Make Me Feel This Way”, primer título para lo que sería “Photograph”. Sobre este último tema, por cierto, recordar a los fans más arqueólogos que fue versionado nada menos que por Mick Harvey en su álbum Two of Diamonds (2007). Lo que dicen de que Dios los cría y todo eso.

Editado por el hoy mítico sello francés New Rose, responsable junto a Mushroom de la mayor parte de sus lanzamientos, Casablanca no es un disco fácil de encontrar ripeado (en formato físico ya no digamos), y a día de hoy sigue siendo una de las últimas referencias que me faltan por conseguir en su discografía. Pero sigamos…

Apenas un año después Bailey se descuelga con un segundo trabajo a su nombre. Aprovechando un lapso de descanso en su actividad al frente de The Saints, What We Did on Our Holidays (1984) consta explícitamente de lo que reza su título, esto es, grabaciones hechas aquí y allá, a salto de mata, durante un periodo más o menos sabático. El resultado, como no podría ser de otro modo, es un álbum de bajo presupuesto grabado prácticamente en vivo que se mueve entre lo acústico en temas propios y varias versiones de soul y blues (“Amsterdam”, “In The Midnight Hour”, “I Heard It Through The Grapevine”). El clásico disco vagabundo que casi cualquier cantautor edita una vez en su vida. De ahí pasaría a centrarse en la banda madre, con los que editaría dos nuevos discos –All Fools Day (1986) y Prodigal Son (1988)- para regresar con su tercer trabajo solo al cabo de siete años. Demons (1991) es un álbum más profesional en todos los sentidos. Suena más limpio, mejor producido, y muestra a un Chris luminoso y barroco, desgranando un pop de cinco estrellas arropado por acústicas y teclados mientras canta sobre Edgar Allan Poe, Maria Antonieta o el Marqués de Queensberry. La instantánea en la contraportada del vinilo, con nuestro héroe en un ambiente dieciochesco de estudio fotográfico disipa cualquier duda que pudiera quedarle al eventual oyente.

Habrá quien a día de hoy lo vea un álbum demasiado recargado, demasiado dependiente de un sonido, el de los primeros noventa, desfasado y artificial. No es mi caso. Como ocurre con la decoración, el recargar una estancia (o una canción, para el caso) no debe ser malo per se, si el interiorista tiene buen gusto. Y de buen gusto, Bailey, va sobrado.

Demons será la primera pata de una trilogía que continuará al año siguiente con Savage Entertainment en un cierto retorno a la sencillez, voz y guitarra y unos cuantos arreglos aquí y allí, realzando momentos puntuales. Del mejor tema del disco, “Do They Come From You”, saldría a su vez un estupendo EP de cinco temas que incluía versiones del “Mistery Train” de Junior Parker y de “Bright Lights Big City”, de Jimmy Reed (por si había alguna duda, de nuevo, sobre su afición al blues) así como otra cover del clásico “Me and my Uncle” de John Philips.

Fueron sin duda los primeros noventa una de las mejores épocas de Bailey a nivel compositivo, y prueba de ello es el disco que completaría la terna que podríamos llamar “clásica” en su discografía. 54 Days At Sea (1994) vuelve a presentar las mismas credenciales de siempre pero con el sorprendente añadido de instrumentación andina, cortesía de Mundo Folk, un combo boliviano que había descubierto en un festival callejero en Malmo, Suecia.

La combinación del rock de autor con el sonido de zampoñas, quenas y charangos aunque a priori pudiera parecer sospechosa, funciona desde el minuto uno, desde esa maravillosa “Fountain of Life”, dejando para el recuerdo uno de los discos más infravalorados de final de siglo dentro de una carrera que –lamentablemente- ya lo es bastante de por sí.

A partir de ese momento y tras un recopilatorio –Encore (1995)- su producción se detiene, no así la The Saints, a los que reforma una vez más y con los que sigue editando material hasta mediados de la primera década del nuevo milenio.

En su haber discográfico poco más que señalar. Bone Box (2005), una revisitación de varios de sus temas más conocidos grabados en Amsterdam junto a su banda The General Dog para las Blue Acoustic Series del sello Liberation, y Stranger (2011), un disco firmado a medias con el músico francés H. Burns (de nombre real Renaud Brustlein) quedan como últimas referencias de un catálogo, el suyo, no tan extenso como el de otros artistas más o menos ocultos pero de conocimiento inexcusable para cualquier amante de las gemas escondidas en las grietas del mundillo.

Decíamos al principio que Bailey podía ser considerado sin duda un artista maldito y/o de culto, y ello sin atesorar algunos de los tics y comportamientos más extremos del malditismo de manual. Empezando porque sigue vivo (y esperemos que por muchos años) y porque –aun siendo un bebedor más que notable- nunca ha jugado en la liga de la autodestrucción exhibicionista.

Pero a poco que nos interesemos por su carrera veremos que no le faltan credenciales para ingresar en el club de los mal llamados perdedores.

Su carácter errático y nómada, una discografía ecléctica y deslavazada, un concepto romántico y bohemio del rock y su maestría para defender cualquier repertorio con tan sólo una acústica y una botella de buen vino son aspectos comunes a una serie de artistas que, por esta y otras razones, devienen irresistiblemente atractivos para cierto sector del público, entre el que por supuesto no hace falta decir que me incluyo, y en primera fila.

Sumémosle un buen puñado de canciones más que notables dentro de otro puñado de discos injustamente desconocidos para el fan del rock menos inquieto, y tenemos el combo casi al completo.

Faltaría añadir tal vez otra característica común a la mayoría de trovadores como él, que sería una predisposición absoluta a grabar con cualquiera que se preste a ello, no importa casi nunca cómo, dónde ni cuándo. Unas copas, un pequeño estudio y a ver qué sale. Al respecto comentaba él mismo, en una entrevista realizada en 1994, que “una de las ventajas de trabajar como un artista en solitario es que, mientras en mi vida privada trato de ser monógamo, en lo que se refiere a la música soy una auténtica ramera y me encanta acostarme con todo el mundo”.

Y mientras sus pocos pero fieles fans esperamos que, ya sea en solitario o al frente de The Saints, vuelva a pasarse por aquí en una de esas giras poco o nada promocionadas, nos llegaba hace ahora casi tres años una noticia que no podía por menos que alegrarnos: Bruce Springsteen incluía en su disco High Hopes (2014) una versión de “Just like Fire Would”, pequeño clásico incluido en All Fools Day. Una grata sorpresa que, si bien es más que probable que no le vaya a granjear una legión de nuevos seguidores, a buen seguro repercutirá de forma sensible en sus arcas.

Y Chris Bailey lo merece como pocos.

 

Eloy Pérez

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