Rutas Inéditas — 17 octubre, 2017 at 9:00

Francesco Spampinato: Art Record Covers (Taschen)

 

Cuando el joven grafista Alex Steinweiss se unió a la discográfica Columbia como director artístico en 1939, tenía muy claro que era lo primero que quería modificar: las carátulas del sello tendían a los monocromos oscuros y serían mucho más llamativos si se envolvían en una funda ilustrada. En una entrevista que concedió en 1990, cuando ya estaba retirado, lo explicó claramente: “La forma en la que vendían los discos era ridícula. Las fundas de cartón marrón eran tan grises, tan poco atractivas, que convencí a los ejecutivos para que me dejaran diseñar algunas portadas”.

El Presidente del sello Ted Wallerstein acogió su propuesta y le dejó hacer. Steinweiss empezó en 1940 diseñando la cubierta de una caja con cuatro discos de 78 revoluciones por minuto titulada Smash Hits, una compilación de Richard Rodgers y Lorenz Hart, los reyes de la comedia musical. En pocas semanas las ventas se habían incrementado en un 800%. A partir de ahí realizó unas 2.500 carátulas hasta que se retiró en 1973, sentando las bases del diseño actual en las portadas de discos.

Él fue el primero en poner vida y color a los discos fonográficos a pesar de las limitadas posibilidades de expresión de la época. Después de Steinweiss, llegaron otros diseñadores que acabaron destacando, como Jim Flora, Robert Jones, David Stone Martin, Burt Goldblatt, S. Neil Fujita, Robert Flynn, Paul Huf, Reid Miles o fotógrafos como William Claxton, Lee Friedlander, Francis Wolff o Ken Deardoff.

El diseño de portadas se aplicó también al single, que apareció en 1954 casi al mismo tiempo que el rock and roll. En ese momento, los diseñadores se habían vuelto ya imprescindibles, aunque el concepto solo había sido empleado en el mundo del jazz. Tras unos primeros años titubeantes, a principios de los 60 el rock empezó a considerar el LP como una superficie más adecuada para plasmar el concepto estético de los músicos y un campo virgen de experimentación artística en el que poco a poco se iría dotando de identidad propia a cada género y artista a través del diseño gráfico.

Muchos componentes de grupos británicos que emergieron en los años 60, como The Beatles, The Rolling Stones o Pink Floyd, tenían lazos con las Facultades de Bellas Artes (Peter Blake, Richard Hamilton, Storm Thorgerson), así que empezaron a encargarles a sus amigos y contemporáneos que diseñasen sus portadas. Era lógico que a estos jóvenes artistas les interesase más trabajar en un campo relativamente nuevo y abierto a todo tipo de posibilidades que, por ejemplo, en el ya trillado mundo de la publicidad. Simultáneamente, los directores artísticos de las discográficas se estaban volviendo más receptivos a las posibilidades de las portadas como medio de transmisión y promoción de sus artistas. Sin duda alguna, el debut de The Velvet Underground con Nico y el disco Sgt. Pepper de The Beatles cambiaron para el rock la forma de entender este arte.

Aquel cambio en la conciencia visual que acompañaba a la música lo definió perfectamente el crítico de arte George Melly a finales de los años 60: “la portada de un disco es actualmente el hogar natural de un estilo pop visual”. Fue esta la época gloriosa del diseño de cubiertas, cuando tanto las discográficas como los músicos buscaban impactar con envoltorios elaborados. Los portadas dobles se convirtieron en la norma incluso para los artistas noveles, con desplegables, troquelados, formatos únicos, pósters, libretos y todo tipo de reclamos buscando deslumbrar. Todo ese proceso, llegando hasta la actualidad, es lo que documenta el libro Art Record Covers, recién editado.

Esta antología única realizada por Francesco Spampinato, que reúne 500 portadas de discos (seleccionadas entre más de 3.000) concebidas como obras artísticas en sí mismas desde 1955 hasta hoy viene recogida en un volumen de cuatro kilos tamaño vinilo a todo color, y en el que descubrimos el ritmo de una historia creativa singular. Su espectacular despliegue revela cómo el modernismo, la cultura pop, el arte conceptual, el postmodernismo y otras expresiones contemporáneas han dado forma a este particular campo de producción visual y ha ayudado a la distribución popular de la música a través de imágenes míticas. Su mayor logro es haber conseguido que ese imaginario acabe evocando de manera sugerente e inmediata una experiencia auditiva única.

La editorial Taschen ya había editado anteriormente otro libro similar llamado Rock Covers, aunque en aquella ocasión la selección se hacía a partir de las cubiertas más icónicas del rock tomando como punto de partida a los músicos cuya producción revestían. En este caso, y también con un despliegue tan o más vistoso y en edición trilingüe inglés, francés, alemán, el protagonismo pasa a los artistas gráficos (ilustradores, fotógrafos, diseñadores, pintores…), proporcionando sobre cada portada el nombre de su autor, el formato, otras obras representativas suyas y una breve ficha sobre su trayectoria, así como el año de edición del álbum y la compañía discográfica que lo publicó.

En sus páginas nos encontraremos, pues, parte de la obra de Bansky, Matthew Barney, Basquiat, William S. Burroughs, Dalí, HR Giger, Keith Haring, Damien Hirst, Roy Linchenstein, Magritte, Robert Mapplethorpe, Mattisse, Miró, Picasso, Julian Schanbel o Andy Warhol, permitiéndose el lujo de evitar lo obvio y saltarse el trabajo de Hipgnosis o Peter Saville. No solo eso, sino que entre los 270 artistas gráficos ordenados alfabéticamente aparecen también músicos-diseñadores como Laurie Anderson, Devendra Banhart, David Byrne, Daniel Johnston, Yoko Ono o Alan Vega.

El volumen se completa con seis entrevistas con músicos y diseñadores, entre ellos Kim Gordon (Sonic Youth) y Raymond Pettibone. Por suerte, la selección no se limita al mundo anglosajón, sino que aparecen carátulas de otros países como España, Brasil, Italia o Japón. Este libro -todo un placer para la vista al margen de los caminos trillados y perfectamente documentado- deja claro finalmente que el arte no tiene que ser vivido en el interior de un museo o de una galería de arte, sino que la portada de un disco lleva décadas disponiendo un lienzo en blanco a disposición de artistas únicos que contribuyen a demostrar justo todo lo contrario.

 

Texto: Xavier Valiño

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