Rutas Inéditas — 7 abril, 2016 at 11:48

Merle Haggard, Políticamente incorrecto, emocionalmente curtido

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Desde finales de los sesenta hasta su muerte el pasado 6 de abril, el tipo de Bakersfield que expresó el descontento con que la América profunda vivió la revolución hippy ha recorrido un largo camino, plagado de inolvidables canciones sobre la dificultad de enderezar nuestros pasos una vez hemos tocado fondo.

Fue Russ Tolman quien, en una prolongada visita a mi ciudad para presentar su elepé Road Movie (1992), me inoculó el mordaz veneno de «Lonesome Fugitive», la canción con que Merle Haggard lograba su primer número uno en las listas country en 1966, y que el miembro de los californianos True West interpretaba con arenosa, grave voz en el citado álbum. Allí estaban Chris Cacavas, Sid Griffin y Steve Wynn —en el disco me refiero, todavía estupendo por cierto—, lo digo por si desconoces a Tolman, todavía en activo aunque en bajo perfil. Pero a lo que íbamos, la dichosa canción, atrapada ya para siempre en mi mollera. ‘’Al final de toda carretera hay siempre otra ciudad / Voy a la fuga, la autovía es mi hogar’’, arrancaba venturosa la tonada, en cadencioso trote rítmico puntuado por gallináceos pespuntes de guitarra.

Pronto llegaba el quejoso, asumido estribillo: ‘’Me gustaría instalarme pero no me dejan / Un fugitivo debe ser un vagabundo / Al final de toda carretera hay siempre otra ciudad / Voy a la fuga, la autovía es mi hogar / Me siento solo pero no puedo permitirme el lujo / De que me acompañe alguien a quien ame / Ella aminoraría mi paso y acabarían atrapándome / Pues quien más raudo viaja, va siempre solo’’. Las persecuciones de viejos westerns confundiéndose en una sesión doble de reestreno, Bogart y Lupino en El Último Refugio de Raoul Walsh, imágenes que se agolpaban en la mente a cada nueva escucha. Qué receptivos somos cuando la juventud siente sed de experiencias que la vida irá luego repartiendo malamente hasta hacerlas irrelevantes por sufridas en carne propia.

Conocía yo entonces a Merle Haggard únicamente por la infamia con que se le citaba en los anales de los primeros años setenta, a causa de aquella reaccionaria soflama, «Okie from Muskogee», en la que el tosco californiano se ponía a gusto con jipis, manifestantes y demás ralea antisistema apiñada alrededor de la lucha por los derechos civiles de los negros y la protesta contra la guerra de Vietnam. ‘’No fumamos marihuana en Muskogee / No hacemos nuestros viajes en LSD / No quemamos nuestras tarjetas de reclutamiento en la Calle Mayor / Nos gusta vivir correctamente, y ser libres / Estoy orgulloso de ser un Okie de Muskogee / Un lugar donde incluso los puretas pueden pasarlo en grande / Y los relámpagos siguen siendo la máxima diversión’’, cantaba ufano Merle. Y, aunque eso de ‘’nos gusta vivir correctamente, y ser libres’’ apeste a zafia tertulia de Intereconomía, la cosa tenía su coña si también sospechabas de melenudos pedigüeños y enemigos del jabón.

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Publicada en 1969, la canción se ganó el aplauso de aquella mayoría silenciosa que, por edad, ideología o extracción social, no comprendía las convulsiones que vivía la juventud norteamericana. Años después, Haggard puntualizaría que la había compuesto como irónico retrato de un palurdo de Oklahoma —sus padres había llegado a Bakersfield desde allí durante la masiva migración causada por la Gran Depresión, la misma que Steinbeck y Ford retratan en Las Uvas de la Ira—, también que la había compuesto al salir de la trena, molesto porque aquellos jóvenes protestones de clase media sabían tanto de la guerra como él, es decir, nada. ‘’Sabía cómo se hubiese sentido mi padre, que era de Oklahoma. Imaginaba lo que aquellos chicos que luchaban en Vietnam sentían al respecto’’. La canción impulsó una serie de sonsonetes patrióticos, grabados por el energúmeno Charlie Daniels y otros prohombres de la biblia y la pistola, que pretendían dar voz a un pueblo llano malinformado y ultranacionalista.

Pero volvamos a «Lonesome Fugitive», que él mismo reconoce como la favorita de su público. Me apresuré a localizar una reedición del tercer elepé de Hag junto a su grupo, The Strangers, y ahí estaba tan acuciante y procelosa invitación a la huida del forajido en polvorosa. Albergaba también dicho álbum —en cuya portada Merle cuelga de un vagón de mercancías con mirada defensiva por si aparece el bruto ferroviario caza polizones de turno— la estremecedora «House of Memories», impresiones patibularias como «Life in Prison» y «Skid Row», y su versión de la asumida «My Rough and Rowdy Ways», del pionero Jimmie Rodgers, a quien dedicará el elepé Same Train, Different Time (1969). Haggard podía ser un apasionado de Bob Wills —indirecto protagonista de otro álbum, A Tribute to the Best Damn Fiddle Player in the World (1970)—, acogerse a aquel eclecticismo que daba salida a diversas tonalidades country, blues, folk e incluso jazz, pero tenía voz propia y miraba al frente, sin nostalgias ni resabios. La suya era la dolida sabiduría del perro apaleado que no tiene que excusarse por sus malos modales. Hay quien dice que fue el mayor cantautor country surgido en los sesenta.

Reciente demostración de su personalísima, estoica asimilación de las raíces, Roots Volume 1, que grabó en 2001 durante su breve estancia en el sello Anti, oferta sus experimentadas lecturas de «Always Late with Your Kisses» y otras cuatro de Lefty Frizzell, «Honky Tonkin’» del bisabuelo Hank, «I’ll Sing My Heart Away» de Hank Thompson, «Take These Chains From My Heart» de Fred Rose y tres de sus propias composiciones. Manifestaba la antológica sesión que su serena maestría no había sido erosionada por el paso de los años, o por lo menos no hasta difuminarla y rendirla. Pero quizá debamos ya regresar al principio de esta historia.

Cuando eres un crío de nueve años, viviendo en una comunidad obrera de la California de los años cuarenta dedicada a la extracción de petróleo, y tu padre fallece de un tumor cerebral, el mundo de ahí fuera se transforma en una jungla llena de peligros y posibilidades. Normal que te eches a la calle, ausentándote de la escuela y ejercitándote en el cometido de delitos menores. Es lo que le ocurrió a Merle Ronald Haggard, nacido en 1937 en Oilsdale, suburbio de Bakersfield, California. Tiene trece años cuando en 1950 es recluido en un reformatorio, institución que endurecerá al ya curtido muchacho crecido en un barrio de inmigrantes llegados de estados adyacentes, a sueldo en los campos petrolíferos de Kern River. Un entorno turbio como el oro negro que día y noche escupen las torres extractoras, marcando rítmicamente el devenir de almas ennegrecidas, vidas sin salida a la vista.

Un año después de su reclusión, escapa con un colega a Texas, regresando a los pocos meses y siendo nuevamente arrestado por hurtos y vagancia. Logra escapar por segunda vez y se instala en Modesto, California, donde tiene diversos empleos a un lado y otro de la ley. Acabará lógicamente en el calabozo y esta vez el juez le manda a una institución penitenciaria de máxima seguridad. Quince meses después le sueltan, pero volverá a ingresar tras darle una paliza a un muchacho durante un robo abortado. Un perla, vamos.

La música, como en otros tantos casos, fogonea en un oscuro horizonte anunciando una posible redención, que no reinserción. Durante una actuación del Zurdo Frizzell a la que asiste con un amigo, el músico le oye cantar y le invita a subir a escena. El éxito es tal que el joven Merle inicia andanza profesional como músico, labrándose cierta reputación a nivel local… hasta que, ya casado, las angustias monetarias, ay, le empujan a atracar una taberna y es fatalmente pillado por la pasma. Él y dos colegas, borrachos como cubas, irrumpen en el establecimiento pensando que son las tres de la madrugada y está cerrado, pero son sólo las diez y el coche patrulla avisado por el dueño acaba localizando al huido Hag.

Estamos ya en 1957. Aún no ha superado la monumental resaca cuando le condenan a quince años en la prisión estatal de San Quentin, donde finalmente parece comprender que debe enderezar sus pasos mientras aún esté a tiempo. Lleva dos años dentro cuando se entera de que su primera esposa, Leona, está embarazada de otro hombre; se emborracha, enloquece y es confinado en una celda de aislamiento. Monta a continuación una operación clandestina de timbas y priva, y planea fugarse de allí, pero un par de compañeros de trullo le animan con sus consejos a apartarse de problemas, por lo que acabará sus estudios primarios entre rejas mientras trabaja en el taller textil.

Otro fogonazo: Johnny Cash visita San Quentin para dar solaz a sus reclusos y, entusiasmado, el joven presidiario recuerda su vocación musical, incorporándose a la banda de la prisión. Ha escuchado la tonada de una segunda oportunidad y no va a desaprovechar su melodía. Le sueltan en 1960, tras una década de fechorías y borracheras, pero en libertad se siente más sólo que la una, un marginado que llega a planear delinquir nuevamente para ser readmitido en la segura rutina del podrido rancho y el recuento diario. Finalmente, su hermano le ofrece empleo cavando zanjas y realizando instalaciones eléctricas.

Los aplausos de un público cómplice quedan ya próximos: en 1964 logra su primer éxito con «Sing a Sad Song» de Wynn Stewart, al año siguiente entra en el Top 10 con «(My Friends Are Gonna Be) Strangers», compuesta por Liz Anderson, autora también de su primer número uno, que llega en 1966 a lomos de, ah, «Lonesome Fugitive». La Explosión Beat ilumina a los jóvenes enrollados de ambas costas atlánticas y ha cruzado hasta el Pacífico, pero Hag sigue cantando para sus vecinos currantes de Bakersfield, donde él y Buck Owens son el centro de una escena country que contrarresta la baba y relumbrón de Nashville con esa acerada, bronca integridad electrificada que tanto marcaría a Dwight Yoakam.

Esta primera etapa en Capitol —que he disfrutado en los viejos vinilos a precio de saldo The Best of Merle Haggard (1968) y The Best of the Best (1972)— abunda en composiciones propias que son ya estampas indelebles de la genuina música estadounidense, aquella que fue renuente a la influencia anglófila o hispana, que se mantuvo firme defendiendo el terruño apostada contra el ataque de la modernidad, que preservó una tradición cuestionada por consecutivas generaciones, hoy garantizada brújula para ayudarnos a encontrar el rumbo en ese ya difuso género que se bautizó ‘’americana’’.

Además de las canciones ya citadas, estas colecciones alojan baladas de curtida emoción tan inoxidables como «I Threw Away the Rose», «Hungry Eyes», «Every Fool Has a Rainbow» o «Sing Me Back Home». También una evidente secuela de «Fugitive» titulada «Branded Man», la archiversionada y sumergida en licor de altísima graduación «The Bottle Let Me Down», «Today I Started Loving You Again» y su melancólica renuncia al despecho, el recuerdo de una madre que trató en vano de domarlo en «Mama Tried», o las telúricas, bravuconas «The Fightin’ Side of Me» y «Workin’ Man Blues». Material de sedimentado poso humano, repertorio innegablemente histórico que le revalida como mejor autor country desde Hank Williams.

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La primera mitad de los setenta contempla a Hag cabalgando todavía las listas de ventas campestres con éxitos como «Someday We’ll Look Back», «Carolyn», el homenaje a su abuela «Grandma Harp», «Always Wanting You», «The Roots of My Raising» y, en 1973, en plena crisis del petróleo, otro himno proletario que vuelve hoy a sonar relevante, «If We Make It Through December». En 1977, firma contrato con MCA, para quien registrará álbumes tan sólidos y juerguistas como Serving 190 Proof (1979) o Back to the Barrooms (1980). En 1981, salta a Epic, marca a la que ese mismo año entrega el magnífico Big City y, al año siguiente, Going Where the Lonely Go, seguidos de los todavía exitosos Kern River (1985) y Chill Factor (1987).

Durante los noventa, en el sello Curb, parece flaquear a causa de los requerimientos de ejecutivos que no le comprenden. Las actuaciones siguen empero saciando a sus admiradores, la clase trabajadora de su país aplastada por las grandes corporaciones y las políticas gubernamentales. El nivel discográfico remonta en 2000, al aceptar el trato regenerador que el sello Anti aplica a viejas glorias cuando no está publicando a grupos punk. If I Could Only Fly, el resultado de situarle bajo la misma luz con que Rubin ha contrastado a un moribundo Cash, sorprende por su tonificante autenticidad: el viejo Merle está como nunca, pero sigue evitando solemnidad y sentimentalismo, hablando de la vejez y la familia, contándolo tal y como es…

Intervenido por angioplastia para desbloquear una arteria en 1995 y operado de un cáncer de pulmón en 2008, del que se recupera, en 2010 vuelve con otra soberbia grabación: I Am What I Am (Vanguard). ‘’Soy lo que soy’’, espeta el título. Como si quedase alguna duda tras las correrías juveniles, los cinco matrimonios, las aventuras con sus también gigantescos compadres: George Jones en A Taste of Yesterday’s Wine (Epic, 1982) y Willie Nelson en Pancho & Lefty (Epic, 1983). Mantiene en sus últimos años esa al parecer inescrutable, inexpugnable actitud existencial, la de un artista que canta lo que ha vivido, sin remordimientos, sin bajar la mirada.

 

Texto: Ignacio Julià. Publicado en Ruta 301, febrero de 2013

 

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