Rutas Inéditas — 21 mayo, 2015 at 17:28

Detroit Rock City, la derrota de un gigante

 

HitsvilleUSA

 

Mitch Ryder, Aretha Franklin, The Stooges, Jackie Wilson, John Lee Hooker, Smokey Robinson, MC5, Marvin Gaye, Wilson Pickett, Bob Seger… ¿Queda alguna duda sobre la grandeza musical de Detroit? Dan Kroha —que junto a The Gories visitará el 4 de junio Donosti, el 5 Madrid (Festival Holy Circus) y el 6 Sevilla— nos sirvió de guía por las ruinas de la Motor City en agosto de 1996. Solo unos meses después Jack y Meg White fundaban The White Stripes y volvían a poner la ciudad en el mapa del rock. Aquí un extracto de aquel reportaje publicado en Ruta 123.

F DE FLINT

En agosto de 1974 cumplí los 18 años en Flint, Michigan, población 57 millas al nordeste de Detroit cuya única credencial rock es haber sido cuna de ? And The Mysterians y Grand Funk Railroad. Me encontraba pasando el verano con una familia como parte de un programa de intercambio. Aquellos meses supusieron una incomparable experiencia iniciática que me haría partícipe en primera persona del día a día en uno de los corazones del imperio, un plano pero agreste estado comprimido entre dos de los grandes lagos, la principal factoría de automóviles del planeta. Inmerso en aquella supuestamente avanzada sociedad, disfruté el modo de vida americano en todo su esplendor cuando en mi país la televisión era todavía en blanco y negro y a la democracia la llamaban orgánica, ¡ja! Por todo ello decidí volver a Detroit —en agosto de 1996— pasando antes por aquella pequeña ciudad que en los 70 era todavía un próspero satélite de la Motor City, sus habitantes enrolados en la gran industria automovilística o en alguna de sus empresas subsidiarias. Pero lo que vi negaba cualquier atisbo nostálgico.

El docudrama Roger and Me, de Michael Moore, lo cuenta con pasmosa acritud. A principios de los 80, con Reagan manejando las directrices económicas, la todopoderosa General Motors decidió cerrar su fábrica de Flint a pesar de que seguía proporcionando beneficios. Salía más a cuenta irse a buscar mano de obra barata en los países del tercer mundo y extender los tentáculos hacia la fabricación de componentes para misiles. Como resultado, 30.000 personas se quedaron en la calle y la ciudad entera se vino abajo. No exagero: no queda prácticamente nada del Flint que yo conocí. Largas calles sin tráfico y pobres casas habitadas por familias negras que cubren las ventanas con plásticos a falta de cristales, un centro urbano sin transeúntes a la vista y con la mayoría de establecimientos cerrados, la desolación más absoluta respirándose en el aire. Otra ciudad candidata a ser fantasma, abandonada a su suerte en el país más rico del planeta.

No fue una experiencia agradable, pero me preparó para lo que me esperaba en Detroit, la capital mundial de las cuatro ruedas venida a menos cuando los árabes forzaron la crisis del petróleo y los americanos decidieron que los coches japoneses eran más económicos y duraderos. Wayne Kramer me lo había advertido —‘’es zona de guerra, tío, ya no queda nada de mi época’’— y todos los amigos que reencuentro en nuestra ruta hacia Detroit desde Nueva York, Boston y Toronto, se preguntan qué razón habrá para querer llegar hasta esa gran urbe en decadencia. La razón es, claro está, la música, o lo que queda de ella impregnando de una incierta leyenda sus poco transitadas avenidas y un downtown en el que siguen inmutables magníficos, gigantescos edificios construidos en los prósperos años 20, titanes observando desde las alturas calles por las que solo transitan oficinistas de paso rápido e indigentes cargados de bolsas. Una manzana ha sido derruida y por sus escombros deambulan unos mendigos, mientras solo una calle más allá el imponente Fox Theater —construido en 1928 y restaurado en todo su esplendor en 1988— se eleva sobre Woodward Avenue, la arteria principal que cruza la ciudad de norte a sur, como símbolo de la época dorada que vivió esta gran urbe quintaesencialmente norteamericana.

En este histórico emporio del show-biz pasó Jackie Wilson la audición organizada para reemplazar a Clyde McPhatter en Billy Ward & The Dominoes. Los pioneros Elvis Presley y Buddy Holly protagonizaron aquí veladas inolvidables y, más tarde, su escenario sería visitado por toda clase de atracciones de primera categoría, sin embargo, nada supera en la memoria colectiva de Detroit el legendario festival navideño que Motown montaba anualmente —¡una semana entera con cinco pases diarios!— para presentar el sin duda fastuoso espectáculo ofrecido por todos los artistas del sello, obligados a competir entre sí para superarse unos a otros ante los ojos del rígido patrón Berry Gordy Jr.

En efecto, esta es la ciudad que ofertó al mundo entero el soul más popular, el interpretado por las Supremes y los Temptations, hijos de Detroit que trabajaron en una cadena de montaje discográfica creada por Gordy a imagen y semejanza de la inventada por Henry Ford en 1908 para ensamblar automóviles. Al poner en marcha la primera cadena de montaje, abaratando los costes de producción y convirtiendo su Modelo T en el primer coche al alcance de cualquier ciudadano, Ford inició una revolución cuyos efectos aún persisten. Dicen que Motown surgió gracias a que Jackie Wilson se hacía el rácano a la hora de pagarle a Gordy los royalties debidos como autor de su éxito «Reet Petite», y este pensó que la única manera de evitar tales contratiempos era fundar su propio sello discográfico. También, claro está, gracias a que un joven Smokey Robinson anhelaba ser poeta de la negritud, meta que conseguiría junto a su grupo los Miracles. Su ejemplo cundió de tal manera que, por cada músico local que como Wilson Pickett emigraba a Memphis o Nueva York, llegaba a la ciudad para quedarse un forastero de la categoría humana y artística de Marvin Gaye.

Pero la extraordinaria historia musical de Detroit no se circunscribe a Motown, sino que abarca un numeroso contingente de artistas de todos los géneros que, a lo largo de varias décadas, han hecho que el nombre de la ciudad empezara a sonar más por sus discos que por sus automóviles. Los rockers Jack Scott y Del Shannon, las reinas del R&B Lavern Baker y Aretha Franklin, los proto-punks MC5 y Stooges, los aulladores Mitch Ryder y Bob Seger, Ted Nugent y George Clinton, más recientemente Don Was, Big Chief y L7, son todos nombres que inevitablemente se asocian a esta ciudad, con una población de casi dos millones de habitantes, levantada a orillas del río del mismo nombre que sirve de frontera con Canadá, la sede de las multinacionales del carburador General Motors, Chrysler y Ford.

DanKroha1996

EL GRANDE BALLROOM EN RUINAS

Cuando dejamos atrás la miseria de Flint y llegamos finalmente a Detroit nos espera una sorpresa. Nuestro contacto en la ciudad resulta ser Dan Kroha, miembro de los extintos Gories. El chico, que ahora toca en la falsa all-girl band Demolition Doll Rods, se gana el sustento como pintor de brocha gorda. En la casa que comparte con un colega se amontonan discos, revistas, carteles, comics y objetos que reflejan el mudo testimonio de un pasado que, para este vocacional músico de garage, sin duda fue mejor. Sin embargo, declara estar muy orgulloso de la ciudad en que nació y parece disfrutarla más que nunca ahora que está en decadencia pues, como buen amante de los residuos subculturales, es aficionado a rebuscar entre los escombros. Un ejemplo: tiene aparcado delante de casa un flamante Cadillac de época que ha restaurado él mismo comprando en un desguace otro igual y aprovechando las piezas. Y, en más de una ocasión, ha encontrado abandonadas cajas de discos, repletas de ignotas grabaciones R&B y soul producidas en la ciudad, que ha cargado ilusionado hasta su guarida.

Mientras me cuenta todo esto conduce pausadamente, paladeando el paseo, y nos guía por los lugares secretos del Detroit musical. Nos mostrará también el ya inexistente barrio privilegiado de principios de siglo, en una apocalíptica llanura que se extiende frente al centro urbano y donde una serie de manzanas abandonadas acogen los restos de algunas decrépitas mansiones de estilo gótico americano. Es fácil dejar volar la imaginación y visualizar los primeros carruajes a motor, las emperifolladas esposas de los regentes de la entonces floreciente industria automovilística, los sirvientes negros en la puerta, pero ya no queda nada de aquello, solo vegetación atrapando a las pocas casas que siguen en pie y grupos de negros ciegos de crack y alcohol que te vituperan desde las esquinas. Obviamente, no es recomendable parar el coche ni bajar las ventanillas.

Vamos en dirección al Grande Ballroom, entre las calles Grand River y Beverly, un edificio de dos plantas —la sala de conciertos estaba en el piso superior— que sigue en pie como un inefable monumento difícilmente reconocible. Cerrado desde hace años, espera su turno para ser reducido a escombros, tal y como le ocurrió hace poco al edificio contiguo. No hace falta decir que aquí generaron los MC5 ese chorro de energía radical llamado Kick Out the Jams, una grabación que preserva el eco de estas paredes con retumbante, eléctrica pasión. Local legendario de la época dorada de las big-bands, el Grande reabrió sus puertas en octubre de 1966 como la primera sala de baile psicodélica fuera de San Francisco. Su nuevo propietario, Russ Gibb, había visitado el Fillmore y pedido consejos a Bill Graham. Durante los primeros meses las bandas locales disfrutaron en exclusiva de un espacio en el que ensayar ante el público más exigente del país y, cuando finalmente Gibb empezó a contratar bandas de repercusión nacional, los grupos de la ciudad estaban ya listos para el combate.

Según Bed Edmonds, antiguo editor de la legendaria revista Creem, ‘’para la mayoría de bandas que venían de fuera, el rock era un nombre, pero las bandas de Detroit insistían en que era un verbo. Así que los MC5 destrozaron a Big Brother & The Holding Company, Ted Nugent y sus Amboy Dukes hicieron morder el polvo a Vanilla Fudge, y Blood Sweat And Tears no fueron contendientes para los Psychedelic Stooges’’. Cuesta creerlo si, frente a esta mole con rasgos de fortificación, miramos a nuestro alrededor y vemos el actual estado del barrio que la acoge, pero, según Edmonds, el Grande ‘’se convirtió en el centro de la única cultura rock genuina aparte de la de la Bay Area, una cultura que a largo plazo sería mucho más influyente. Quizás la época perteneció a la sociología que emanaba de San Francisco, pero el futuro pertenecía a la música de Detroit’’.

Por la dureza de su entorno —fríos inviernos y una población encadenada a la fábrica de por vida— Detroit fue impermeable a la embobada utopía hippy. ¿Cómo iban a calar allí los efluvios del Verano del Amor cuando la represión policial hizo que los primeros, tímidos ‘’love-in’’ acabaran en violentos motines? Todo aquí suena a combativo, a huelga salvaje, a la constante fricción entre sindicatos y patronal, a pesadilla de traumática reconversión industrial; para que nadie lo olvide, las paredes del moderno restaurante donde paramos a almorzar exhiben duras instantáneas de la reciente, violenta huelga protagonizada por los trabajadores del periódico Detroit Free Press. A finales de los 60, la ciudad sufrió una de las más virulentas revueltas raciales que recuerda la historia de Estados Unidos, una guerra en las calles que, milagrosamente, respeto el Grande Ballroom. Quizás porque los lugares de recreo son templos inmunes a la rabia del explotado.

‘’Crecí en una ciudad donde todo el mundo se siente prisionero, humillado, reemplazable’’, afirmaba el crítico musical Dave Marsh. ‘’Vivir en Detroit es como estar en ninguna parte, un lugar donde el Mustang que viene por la calle tiene más valor que tú. De esa situación surge, creo, el deseo de ser alguien y responder a cualquier cosa que afirme que eres totalmente humano. Y si resulta que esa cosa sale de la misma nulidad que te han dicho será tu vida, la abrazas con mayor ímpetu todavía. No eres nadie, pero de pronto alguien llega y te dice que eres alguien, que has perdido tu anonimato, que lo único que tienes que hacer es… KICK OUT THE JAMS, MOTHERFUCKER! Lo que intento expresar quedó perfectamente enunciado por Fred Smith en «Shaking Street». La venganza de los olvidados’’.

Sin duda resulta notable la fuerte relación que existe entre los habitantes de Detroit y sus yacimientos musicales. Basta para ilustrar esta fidelidad al talento local un dato revelador: en abril de 1969, el Detroit Pop Festival atrajo al Olympia Stadium un público más numeroso que el que habían arrastrado los Beatles al mismo recinto en lo álgido de la Beatlemanía. El cartel lo formaban MC5, SRC, Bob Seger System, Amboy Dukes y Rationals. No resulta pues extraño que alguien como Dan Kroha —continuador de toda una tradición como un tercio de los formidables Gories— se muestre satisfecho del sonido de su ciudad. Es el suyo un etnocentrismo razonable: si obviamos Memphis, ¿qué otra ciudad ha generado tanta abundancia de genuina excitación musical?

GrandeBallroom

EL TALLER DE BERRY GORDY JR.

Tras la desolación que envuelve al Grande Ballroom, el barrio donde se encuentra Hitsville USA —el antiguo cuartel general de Motown, sito en el 2648 de West Grand Blvd., actualmente convertido en museo— resulta agradablemente plácido. Césped, árboles, comercios, aparcamientos, indican que aquí se hace vida normal. A pesar del abandono general, en Detroit hay ciertas islas de actividad ciudadana —una de estas islas la ocupa el edificio de la General Motors, magnífico rascacielos clásico con otro edificio de oficinas todavía más antiguo e imponente delante— y una población de clase media que reside en el amplio anillo suburbano que rodea la ciudad durante muchas millas a la redonda.

Hitsville USA ocupa una pequeña casa de dos plantas comprada por Berry Gordy Jr. en 1958. En la planta principal se instalaron las oficinas y en el sótano sigue a la vista de los visitantes el claustrofóbico Studio A, un espacio que fue testigo de la creación de tantos éxitos clásicos, el taller donde se trabajaba continuamente bajo el severo control de calidad del jefe Gordy. En una habitación de dimensiones reducidas se encerraban los compositores y letristas —fueran Holland, Dozier y Holland o Norman Whitfield—, obligados a fichar como las secretarias en un reloj que recordaba continuamente que, por encima de la creatividad, Motown era sobre todo un negocio.

El jovial guía nos muestra la cámara de eco construida en un altillo, los trajes de varios de los artistas de la casa, portadas de discos publicados en todo el mundo, la máquina expendedora de tabaco de principios de los 60 que ofrecía cajetillas a 35 centavos, fotografías de la tropa Motown en sus viajes, la prehistórica centralita telefónica, el archivo de cintas, etc. Se nos cuenta que una de las secretarias, Martha Reeves, dejaría su mesa en el área de recepción para tomar el micro y liderar a las Vandellas. O que una joven Diana Ross —y el niño Stevie Wonder— corrían a diario de un lado a otro por estos estrechos pasillos.

En 1967 Motown se traslada a un edificio de oficinas en Woodward Avenue, para emigrar finalmente a Hollywood en 1972, lo que marcaría el final de una etapa gloriosa que había dado como frutos grabaciones inolvidables del gran Marvin Gaye, los siempre inspirados Temptations y los no menos trascendentes Four Tops o Isley Brothers. El contraste no se hace esperar cuando, a continuación, Dan nos lleva hasta el desahuciado cuchitril desde donde el trapisondista Andre Williams lanzó al mundo sus guasonas chácharas. Estamos ante Fortune Records, uno de los muchos pequeños sellos que florecieron en la ciudad: tienda, distribuidora, almacén y estudio de grabación entre cuatro abandonadas paredes.

Pasamos cerca del famoso Cobo Arena, pabellón deportivo en el 600 de Civic Center Drive que acogió calurosas, multitudinarias actuaciones de los Doors y la Jimi Hendrix Experience —aquí se registraron los dobles en vivo Live Bullet, de Bob Seger, y Kiss Alive—, no hay tiempo para buscar locales como The Village, el tugurio R&B a solo unas manzanas del Fox Theater que sirvió de escuela a Mitch Ryder. Allí debutó a los 16 años el futuro líder de los inmortales Detroit Wheels, un muchacho blanco actuando con un grupo de negros en un mugriento club para gente de color. Años después, en 1965, su nueva banda —entones se llamaban Billy Lee & The Rivieras— era descubierta por el productor neoyorquino Bob Crewe en el Walled Lake Casino, local de las afueras uno de cuyos clientes asiduos era un adolescente Bob Seger.

 

UNA MODERNA BABEL

‘’En Detroit siempre hubo abundancia de música —nos explica Dan Kroha—, porque mucha gente procede del Sur, de Mississippi, Alabama, Tennessee y Kentucky. Y no solo vinieron negros, también blancos, hay mucho hillbilly en Detroit, así que también se escucha country y rockabilly. Es una ciudad con una historia musical muy rica’’.

Tan rica como para que se materializaran, tanto la visión de crossover soul de Berry Gordy Jr., como las arengas high-energy clamando a la revuelta de John Sinclair con los MC5. Tan prolífica como para producir voces blancas teñidas de negro como las de Bob Seger, Scott Morgan o Mitch Ryder. Desde sus orígenes, el R&B y el rock’n’roll funcionaron en esta ciudad como necesario ecualizador en las intrínsecas diferencias raciales propiciadas por el pluralismo de una población traída hasta Detroit desde el Sur y el Medioeste, y también desde Europa, pues además de los nacionalismos más habituales —irlandeses, polacos o italianos—, hay griegos y rusos en la zona. Se les pagaba cinco dólares a la semana, tenían que trabajar muchas horas y vivían en un estado de constante represión. Henry Ford mantenía una policía privada para vigilar que sus obreros no gastasen dinero ni energía en alcohol, tabaco y otras diversiones. No funcionó, pues si la vida era dura, la música también debía serlo.

La intensidad del R&B de Detroit —por mucho que Berry Gordy Jr. quisiera refinarlo— inseminaría en los 60 una saga de bandas que propulsaban un rock hiperenergético mediante secciones rítmicas a las que los músicos de color habían puesto el listón muy alto. La fuerza creativa siempre estuvo marcada en la Motor City por el empujón de un motor explosivo, lo que técnicamente explica su condición de emplazamiento mítico para los seguidores del rock más potente. Sin embargo, las más influyentes bandas —el caso de Stooges de Iggy Pop, formados en la cercana Ann Arbor, o MC5— no alcanzaron el éxito que había obtenido Motown y obtendrían, por ejemplo, Grand Funk Railroad, quienes se limitaron a copiar hasta los mínimos gestos de la banda de Rob Tyner, Fred ‘’Sonic’’ Smith y Wayne Kramer —ignorando, claro está, sus facetas problemáticas— y se concentraron en actuar fuera de casa vendiéndole al mundo esa actitud típica de Detroit cuando en la ciudad casi nadie les conocía.

El fracaso de Stooges y MC5 se atribuye a que su energía no se transfería adecuadamente al vinilo y a que les faltó sentido del negocio. El provincianismo del aislado Medioeste hizo que muchos artistas locales fuesen estafados por managers astutos y discográficas aprovechadas. Y, con el final de los 60 llegó la heroína, la penúltima artimaña empleada por el sistema para anestesiar los focos de agitación social. En la actualidad, Detroit combate la carencia de bandas relevantes exportando DJs techno… Es el triste final de una Babel moderna en la que aún resuenan los ecos de un intenso pasado musical. Detroit no solo dio oportunidades a sus hijos —un ejemplo: Meat Loaf, antiguo cantante de los locales Popcorn Blizzard—, también se mostró generosa con los forasteros impulsando las carreras de Alice Cooper o Parliament/Funkadelic, dos ejemplos de personalidades demasiado fuertes para el consumo público instantáneo que pudieron desarrollarse libremente gracias al apoyo de un público curado de espantos.

Esta en otra época vibrante ciudad de nombre afrancesado no merece, pues, la agonía que está viviendo. John Lee Hooker cantó que la Motor City estaba ardiendo, pero ya solo quedan rescoldos de aquel fuego: si el pionero Louis Chevrolet levantase la cabeza, no daría crédito.

Texto y Fotos: Ignacio Juliá

 

FortuneRecords

2 Comments

  1. Vuelve cosa salvaje..

  2. Extraordinario documento. Lamentablemente, trece años después de esta visita del Julià, la ciudad seguía viviendo entre ruinas, fantasmas y gente pobre. Como dicen Death: “Hay que vivir la oscuridad para volver a la luz”. Ojalá llegue ese día.

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