Rutas Inéditas — 23 febrero, 2015 at 16:20

Homenaje Allman Brothers: Manel Celeiro

ALLMAN

Pese a que el capo de la banda, Gregg Allman, ha declarado recientemente que podría ser que la hermandad sureña volviera en un futuro a girar o bien a dar conciertos puntuales nosotros nos quedamos con ese Final Run que ofrecieron en uno de sus locales favoritos, el Beacon Teather de Nueva York, a finales de octubre del 2014. Punto y final para una banda absolutamente seminal e influyente y cuya  importancia dentro de la historia del rock es capital.

Su trayectoria está plagada de hitos convertidos en leyenda, los decesos de Duane y Berry Oakey, las cuentas pendientes entre ellos, el chivatazo de Gregg,  la historia detrás de la portada del At Fillmore East o las trifulcas con Dickey Betts (tan buen guitarrista como complicado personaje) que finalizaron con su expulsión.  El complicado paso por finales de los setenta y los  ochenta y la resurrección artística con Derek Trucks, Warren Haynes y el fallecido Allen Woody culminada con un disco absolutamente magistral, el fantástico Hittin’ the Note, publicado a principios del nuevo siglo.

Desde la redacción rutera  hemos decidido dedicarles este pequeño homenaje en su despedida. Un puñado de textos escritos por algunos de nuestros colaboradores más afines a la causa. Manel Celeiro rememora como entraron en su vida en plena etapa adolescente. 

Andaba cursando el antiguo BUP cuando mi padre, en gloria esté, decidió que debía completar mi formación acudiendo por las tardes a una academia privada. Estaba situada en pleno centro de Barcelona y poblada, ya podrán imaginar, por una pléyade de repetidores, fracasados y candidatos a opositores. Salvados los primeros recelos, a los pocos días unos cuantos ya andábamos pasando las tardes en los billares de la calle Caspe.

Las inquietudes musicales pronto fueron tema de conversación y pusimos en común las preferencias de por aquel entonces. Había de todo obviamente, aunque si algún estilo era el dominante no era otro que el metal. Entre el grupo, una monada de chica a la que debía gustar andar con aspirantes a canallas con pintas de perdedores, un par de mendas matriculados en contabilidad con la voluntad de currar en un banco, un colega que asistía por la mañana a mí mismo instituto y, además de un servidor, un tipo algunos años más mayor que nosotros. Con aspecto señorial, modales elegantes y siempre muy bien vestido, sospechábamos que pertenecía a alguna familia de bien que no sabía qué cojones hacer con él, el citado elemento era una verdadera enciclopedia, o a mí me lo parecía, del rock & roll. Obviamente le encantaba que escucháramos sus recomendaciones e informaciones sobre bandas que o bien desconocíamos o bien solamente conocíamos de oídas.

Un viernes nos invitó a pasar por su casa al día siguiente. Una casa con jardín en la parte alta de Barcelona confirmó nuestras sospechas. Nos recibió su madre, que amablemente indicó el camino a su habitación, una sala enorme, con estanterías repletas de vinilos, multitud de posters en las paredes y, ostias, una guitarra eléctrica y un amplificador. Joder, aquel tío molaba. Bueno, al grano, salí de allí con algunos vinilos que me recomendó no sin la amenaza previa de pagar con mi vida si algo les sucedía. El recuerdo de llegar al hogar y encerrarme nervioso a pinchar aquel tesoro es todavía tan vívido que parece ayer. Pero no, ya han pasado algunas décadas. El primero en pasar por la aguja fue un doble en directo de un grupo del que alguien me había hablado pero que nunca había escuchado. Ya saben, no había internet, ni redes sociales, ni YouTube, ni nada de nada. Solo las revistas y las cintas que te grababan los colegas. Era el One More from the Road de Lynyrd Skynyrd. El resto, como se suele decir, ya es historia. Ah, y no puedo dejar de apuntar que, con el tiempo, se ha convertido en uno de mis discos favoritos ever and ever.

Llegados hasta aquí ustedes dirán: “Manel, chavalote, que esto va sobre los Allman”. Con toda la razón del mundo, pero déjenme que les explique; una vez devueltos los vinilos le hable con entusiasmo de casi todos pero lo hice con mucho más énfasis sobre el citado. Sonrió y respondió que me iba a prestar más material de ese calibre. Al cabo de unos días se presenta en clase con más candela. El Bring it Back Alive de los Outlaws, el At The Fillmore y el Brothers & Sisters de los Allman Brothers.  Cuando «Wasted Words» salió por los altavoces, ese ritmo trotón, las slides empujando y el deje  perezoso de la garganta de Gregg entonando los versos algo hizo click en mi interior. Subir el volumen y encasquetarme los auriculares  con la excitación del descubrimiento fue todo uno. Aquello era muy diferente a lo que solía escuchar habitualmente y me pareció la leche.  Y así, aquella secuencia de canciones, los luminosos licks de guitarra que abren «Ramblin’ Man», el piano de «Come & Go Blues», el blues dramático de «Jelly Jelly», la potencia rockera y la exuberancia rítmica de «Southbound» (¡tocaban con dos baterías!),  el poder de seducción de «Jessica» (la mejor pieza instrumental rock de la historia en mi opinión) y el tradicionalismo campestre de «Pony Boy», fue repetida hasta la saciedad en un sábado en que solo salí de ese hechizo cuando mi progenitora llamaba a la mesa o para acudir al baño.

Domingo siguiente, todavía en estado máximo de entusiasmo me lanzo a por el Fillmore. Joder, qué barbaridad, el principio de «Statesboro Bues» me puso los pelos de punta, era una banda numerosa pero sonaba como un solo hombre, transmitían la sensación de que se movían en la misma dirección con los ojos cerrados, las manos en los instrumentos y ningún límite ni barrera. Era música libre. Viva y libre. Dado el bagaje sonoro que yo traía a cuestas hasta aquellos momentos es de justicia reconocer que me costó un poco acostumbrarme a esas jams que se  extendían hasta el infinito, como en «You Don’t Love Me» o «Whipping Post», a las que había que dedicar atención y sumergirse a fondo en su interior para disfrutar realmente de todo lo que atesoraban en su largo desarrollo. Ardua tarea con elepés con tanta adrenalina como Highway To Hell de AC / DC o  Ace of Spades de Motörhead reinando en mi estéreo hasta el momento

Así fue como entraron en mi vida. Y digo mi vida pues sus canciones han formado parte de ella desde entonces, poniendo banda sonora a la misma, y aupándose a ese estatus de artistas cuya trascendencia va un paso más allá de la música. Una mis grandes asignaturas pendientes es la de no haberlos visto nunca en directo y ahora creo que ya no podrá ser. He visto un par de veces a Dickey Betts y sus Great Southern (confieso que no pude contener las lágrimas en «Ramblin’ Man»), a la Derek Trucks Band, unas cuantas a Warren Haynes y sus Gov’t Mule y a la banda del patriarca Gregg Allman por partida doble en su visita al Azkena. Sí, no es lo mismo pero he estado cerca, ¿no?

Manel Celeiro

2 Comments

  1. Gracias por tu aportación Esther. Muy instructiva.

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