Rutas Inéditas — 9 febrero, 2015 at 16:23

Homenaje Allman Brothers: David Lage

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Pese a que el capo de la banda, Gregg Allman, ha declarado recientemente que podría ser que la hermandad sureña volviera en un futuro a girar o bien a dar conciertos puntuales nosotros nos quedamos con ese Final Run que ofrecieron en uno de sus locales favoritos, el Beacon Teather de Nueva York, a finales de octubre del 2014. Punto y final para una banda absolutamente seminal e influyente y cuya  importancia dentro de la historia del rock es capital.

Su trayectoria está plagada de hitos convertidos en leyenda, los decesos de Duane y Berry Oakey, las cuentas pendientes entre ellos, el chivatazo de Gregg,  la historia detrás de la portada del At Fillmore East o las trifulcas con Dickey Betts (tan buen guitarrista como complicado personaje) que finalizaron con su expulsión.  El complicado paso por finales de los setenta y los  ochenta y la resurrección artística con Derek Trucks, Warren Haynes y el fallecido Allen Woody culminada con un disco absolutamente magistral, el fantástico Hittin’ the Note, publicado a principios del nuevo siglo.

Desde la redacción rutera  hemos decidido dedicarles este pequeño homenaje en su despedida. Un puñado de textos escritos por algunos de nuestros colaboradores más afines a la causa. En cuarto lugar es David Lage el que se siente frente al teclado.

Hace unos días tuve la oportunidad de entrevistar a Fito Cabrales y de entre las muchas reflexiones que me hizo, hubo una con la que me sentí realmente identificado: “Los Allman Brothers en mi barrio no hubieran tenido mucho futuro”. Joder, ni en el mío, pensé yo. Si a principios de los noventa  ya era difícil para un adolescente en este país crecer en un entorno de cierta salubridad y gusto en lo que a lo musical se refiere, el hecho se agravaba aún más cuando se pretendía que alguien de tu entorno próximo compartiera con uno el aprecio por unos tipos de Tennessee  que nada tenía que ver con lo que se registraba en los casetes TDK o BASF de la época, protagonistas de toda transacción o tráfico de recomendaciones musicales entre los colegas del barrio. Lo que sonaba en mi reproductor de doble pletina era otra historia, una caja de experimentación no siempre del todo acertada, pero siempre abierta a descubrir a bandas que dieran sentido y lucidez a todo aquel batiburrillo.

Si os digo la verdad, no recuerdo como el rock and roll sureño de los Allman Brothers llegó a mí, pero lo que tengo claro es que desde entonces, en algún momento de  los primeros noventa en el contexto de una renovada y olímpica Barcelona, los ABB jamás  volvieron a salir de mi vida. Quizás fueron las guitarras, improvisadamente geniales en el enorme At Fillmore East; seguramente, los ritmos, con toda la carga e intensidad de la música negra de los 50; o, cómo no, las melodías, emocionantes, brillantes, que te atrapan y, por momentos, te sumergen en las entrañas del southern rock más esencial. No lo sé, ni pretendo saberlo. Pero lo cierto es que esos melenudos llegaron para quedarse.

Durante todos estos años, cómo no, han ido enganchándome muchas otras bandas. He generado amor y animadversión a partes iguales por grupos de rock, blues, soul, pop, post rock, post grunge, garaje, metal,  hard rock, punk y de tantos otros estilos como etiquetas existen,  tan útiles a veces, tan absurdas  casi siempre. Sin embargo, la relación con los Allman Brothers se ha mantenido siempre fiel dentro de mi imaginario musical.  Parafraseando a otro reconocido artista al que tuve el extraño placer de entrevistar a colación de un nuevo grupo paralelo a su formación de siempre que acababa de montar, hay bandas para follar y otras para casarse. Para mí, los Allman Brothers son un matrimonio para toda la vida. Aún ahora, cuando necesito oxigenar la mente y el oído suelo recurrir a una serie de imprescindibles que nunca me han fallado: Bob, Muddy, Leadbelly, Jimmy and Robert,  Fogerty o alguna debilidad  que no revelaré en este foro para evitar escarnio público sin posibilidad de defensa inmediata; pero en un lugar muy  destacado siempre aparecen los buenos de  Duane & Gregg Allman. Dickey Betts nunca me cayó tan bien, no me pregunten por qué.

Y es que Duane Allman, no sé si por el misticismo que siempre  ayuda a alimentar un historia de tragedia, drogas y Harley Davidsons, o más bien, seguro, por su quehacer a las seis cuerdas,  siempre ha sido uno de mis iconos favoritos del rock and roll. No es Hendrix, ni Jim Morrison, ni Janis Joplin, ni Kurt Cobain, pero venga hombre, ese tipo valía la pena. Rolling Stone lo situó como el segundo mejor guitarrista de la historia, tras el propio Hendrix. No sé si el mejor, pero en mi opinión de los más honestos con el instrumento e influyentes en generaciones venideras, seguro. Él siempre ha sido para mí el auténtico Midnight Rider.

He leído en muchas ocasiones que si los Allman Brothers eran una panda de violentos y temerarios. ¿Pero cuando el rock and roll fue algo pulcro y aseado? Incluso detrás de las bandas más blancas de la historia del rock siempre hay una cara oscura y turbulenta. La fama, el rock and roll, el sexo, las drogas, las envidias, los egos, son cosas que han contribuido a mitificar a ciertos personajes o a dilapidar el talento de otros. Sin embargo,  detrás de todo eso, siempre, absolutamente siempre está la música, las guitarras, las canciones. Hasta a Dickey Betts, al que mencionaba anteriormente y que no es precisamente santo de mi devoción, debo reconocerle el mérito de haber contribuido a mantener y ensanchar la leyenda de la ABB gracias a su enorme talento.

Admito que soy una persona con cierta tendencia a mirar hacia atrás, sin que ello suponga caer en el aburrido y tan sobado todo tiempo pasado fue mejor. A veces pienso en cómo hubiera sido crecer en otra época o en otro lugar, y normalmente acabo desechando  la idea de mi cabeza porque no soy capaz de renunciar a ciertas  bandas contemporáneas, que, mejores o peores, son las que me vieron  nacer y crecer, y las que contribuyeron a mi formación musical. No obstante, cuando me imagino por ejemplo en los Estados Unidos de aquella época estoy seguro de que hubiera sido un habitual de los conciertos de la ABB y de que me hubiera dejado llevar por el desenfreno de sus shows y ese embriagador way of life. Llámenme sensiblero, pero creo que a los románticos del rock and roll nos  hubiera ido mejor en los 70 gracias en gran parte a la grandeza de Allman Brothers Band.

Seguro que  Duane, Gregg, Dickey, Butch y el largo etcétera de la familia Allman (en el sentido amplio de la palabra) le deben mucho al rock and roll. Pero estoy seguro de que el rock and roll le debe mucho más a una de las bandas más grandes que ha habido y que jamás habrá.

David Lage

One Comment

  1. ¿Como distinguir un buen disco de una obra maestra? Fácil. Si escuchas un disco y mueves un pie, buen disco. Si escuchas un disco, mueves un pie y se te pone la piel de gallina, obra maestra. Y si escuchas un disco, mueves un pie, se te pone la piel de gallina y empiezas a llorar de emoción, estás borracho. Con Allman y unas cervezas llegas al tercer nivel. ¡Saludos!

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