Discomático — 20 julio, 2014 at 10:38

Lee Bains III, desreconstruyendo el rock americano

LeeBAinsIIIfrontEste disco es un intento de desmantelar la idea teológica y global de lo que es un sureño. Por eso su título. Queremos aplastar la definición de lo que la gente entiende por sureño. Esa vieja historia monolítica. En el sur hay negros, nativos americanos que hacen música tejana, griegos de Birmingham, chinos del Delta del Mississippi, inmigrantes sudamericanos y gente que vota a la izquierda. Crecí con los pecados de los blancos del Sur muy presentes y sé lo que es sentirse avergonzado por ellos”. Esas han sido las palabras que ha utilizado Lee Bains en diversos medios (Uncut, Mojo, Rolling Stone…) para explicar la razón de ser de este segundo disco con un título tan definitorio como “Desreconstruido”. Una palabra inexistente en nuestra lengua pero que en su paradójico significado esconde un intento de romper aquello que ha sido reconstruido con anterioridad. Porque si su debut, There Is a Bomb in Gilead, editado en 2012 por Alive Records ya era una bomba de relojería que amenazaba con acabar con todo, este nuevo trabajo, primero para su nueva disquera, la otrora cuna del grunge Subpop no le anda a la zaga. Y es que tiene Lee Bains una forma muy particular de entender el rock americano. Su apuesta tiene poco que ver con violines, washboards y otros instrumentos acústicos y mucho con la electricidad de grupos como The Immortal Lee County Killers o anteriormente Dream Syndicate, y la intención de los grandes nombres del rock sureño (Molly Hatchet, Allman Brothers, Lynyrd Skynyrd). Ahí está el secreto. En canciones cargadas de fuerza en las que las guitarras marcan el camino convirtiéndose, probablemente, en la ruta alternativa al llamado Americana o siendo los hijos bastardos del estilo. Dereconstructed mantiene las constantes vitales, sigue la senda y ofrece otras diez canciones dispuestas a volarte la cabeza sin dejarte prácticamente ni respirar.

 

No es novedad. En esta casa le seguimos la pista a Bains desde hace tiempo y en sus dos entrega hasta el momento nos ha demostrado que no estamos equivocado. Esa actitud punk, esa lírica cuidada y esa arrogancia sureña forman un cóctel molotov que difícilmente puede olvidarse. Nacido y criado en Alabama, Bains muestra en sus canciones su origen como estudiante de literatura clásica y la influencia de haber formado parte del coro de la iglesia a la que asistía todos los domingos. Allí, como tantos otros, desarrolló su pasión por la música y su acercamiento al góspel y al blues, pero también, en la típica actitud rebelde de la adolescencia, su querencia por los sonidos más duros entre los que el punk se llevaba la palma. Pronto conoció a una banda de Tuscaloosa en la que muchos creímos ver el futuro del rock americano. Su libertad creativa, su ausencia de complejos y su pericia compositiva convirtió The Dexateens en la joya oculta del reino del Americana. Y Lee Bains llegó a ellos justo después del que probablemente sea su mejor trabajo, Hardwire Healing (2007). No duró mucho la aventura y tras tres años la banda se tomaba un descanso indefinido que se convirtió en la mecha encendida para un nuevo proyecto de Bains. Su proyecto. Algo totalmente personal que fusionara todo lo aprendido en los Dexateens con el Nuevo Rock Americano de gente como su admirado Steve Wynn, el góspel de los negros del Mississippi y la rabiosa urgencia de los Buzzcocks o los Sex Pistols. Un concierto acústico, curiosamente, hizo el resto. La llama arde con fuerza y se crean los Glory Fires como grupo de acompañamiento o, lo que es lo mismo, Matt Wurtele a la guitarra, Justin Colburn al bajo y Blake Williamson a la batería. Juntos graban ese espléndido debut que es There Is a Bomb in Gilead. Aunqueapenas un año después la banda muta. Blake Williamson se mantiene pero Eric Wallace ocupa el lugar de guitarrista rítmico y Adam Williamson hace lo propio con el bajo. Y el sonido se recrudece aún más. El grupo transporta al nuevo siglo la actitud de The Bob Seger System, de MC5 o de los Faces. Se mira en los setenta sintiéndose totalmente contemporáneo y entra en erupción en un disco que reafirma lo apuntado en su debut a base de canciones que se empiezan a componer en un porche a las orillas del río, con las palabras de Martin Luther King flotando en el ambiente y se acaban con un puñetazo encima de la mesa de Jello Biafra.

 

Eduardo Izquierdo

 

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