Rutas Inéditas — 3 diciembre, 2012 at 0:00

Slobberbone – Barrel Chested

RUTAS INÉDITAS
En esta sección encontrarás textos no publicados en Ruta 66. Críticas de discos o libros, de conciertos, artículos o entrevistas atemporales que por un motivo u otro no transitaron por la Ruta 66. Ahora ruedan en estas Rutas Inéditas……..

Resulta revelador echar hoy un vistazo a la escena denominada country alternativo de los 90. En la cuneta de una carretera pavimentada no sin esfuerzo por Wilco, Jayhawks o Son Volt, había un par de bandas a las que siempre se consideró demasiado country para el mundo del rock, y excesivamente rockeras para entrar en las listas de country. Una fueron los Bottle Rockets. La otra, Slobberbone. Procedentes de Texas, Slobberbone grabaron entre 1996 y 2002 una serie de cuatro discos ejemplares, diversos, puros en su heterodoxia de banda de bar. Su carrera comenzó en sellos independientes y pareció elevarse con su entrada en New West, para sacar la que sería su obra más reconocida, Everything you thought was right was wrong today (2000). Al final, no lograron salir de un circuito reducido, y volviendo a escuchar sus discos, no queda claro si alguna vez realmente lo pretendieron. Barrel Chested (1997) es su álbum más furioso, estructurado de forma similar a Everything.

  

Menos rico instrumentalmente, supone pese a todo un abundante despliegue de rock con dejes punk que remiten a los Replacements, con arpegios country, steel, dobro, armónicas y hasta un violín. Además, sus letras portan un innegable trazo alcohólico que, por su crudeza, les valió un curioso denominador como representantes del estilo de Charles Bukowski trasladado al country rock. Sin embargo, tras la muralla de distorsión y la voz aguardentosa de Brent Best, las canciones surgen rebosantes de peso, de melodías y matices, y la sabiduría que aplican al ensamblaje del álbum resulta impropia en una banda con sólo dos discos. «Front Porch» está forjada en desaliento, solidez y hermosura; «I’ll be Damned» es tanto una balada etílica de tono destartalado como una sucesión de golpes, y «Billy Prichard» rezuma violencia en la historia de un chaval cuyo destino lo convierte en un asesino. Y para cuando el disco se cierra con los solitarios rincones a los que remite «One Rung» y su precioso solo de acústica, la rendición ante esta banda es tan evidente como absurdo parece su anonimato.

 

Manuel L. Sacristan

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