Rutas Inéditas — 19 Noviembre, 2012 at 0:00

Clint Black – Killin’ Time

RUTAS INÉDITAS

En esta sección encontrarás textos no publicados en Ruta 66. Críticas de discos o libros, de conciertos,  artículos o entrevistas atemporales que por un motivo u otro no transitaron por la Ruta 66. Ahora ruedan en estas Rutas Inéditas……..

Surgido al final del movimiento de neo-tradicionalistas country de mediados de los 80, Clint Black llegó a vender dos millones de copias de un disco que casi nadie recuerda hoy. Tras Steve Earle y Randy Travis, y con un estilo de aproximación al honky tonk y un timbre vocal que recuerdan al todopoderoso Dwight Yoakam, Black mezcla en su debut los estilos que a Yoakam le costó unos cuantos trabajos conjugar. Concretamente no fue hasta la sucesión de obras capitales If there was a way (1990) y This Time (1993) cuando Dwight encontró la fórmula de mezclar su raíz honky tonk con la vena de cantante romántico tipo Chris Isaak, en la línea que un día trazó Roy Orbison. Pero un año antes había salido este disco.

 

 

Y todos esos colosos y algún otro sobrevuelan Killin’ Time (1989). Su primer single, «A Better Man», hubiese encajado en la sección de la mejor obra de Yoakam, plena de anhelo, de fuerza contenida. «Nobody’s Home» o «You’re Gonna Leave me Again» poseen el tono de melancolía clásico en un estilo que no se reinventa, sino que se expande por la misma carretera a la que homenajea. El álbum, años después, se revela sorprendentemente bien producido y resistente a la erosión, rico en instrumentación (violines y armónicas tocadas con sumo gusto, steel perenne), lleno de romanticismo, y es inevitable creérselo de cabo a rabo. Clint canta a la hombría, en el mejor sentido de la palabra, y a la pérdida, y en ningún momento deja de ser un cowboy sereno, aunque suene algo desvalido, como es ley en el estilo. Y deja un poso de grandeza con «Live and Learn», un country blues que de alguna manera logra recrear el inigualable ambiente de épica sordidez que un día inventó Townes. Tras este, Black sacaría otro disco igualmente sensacional, The Hard Way (1992). Pero ya daba igual, porque otro sombrero más grande había copado los titulares. Garth se llevó el éxito, pero Clint era el tío del que te podías fiar.

Manuel L. Sacristan

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