Artículos — 9 Octubre, 2011 at 0:00

Reseñas Neil Young (Parte 2)

MES NEIL YOUNG

 

Tras su insípido paso por Geffen, Neil regresó a su anterior sello: Reprise. Comenzamos esta segunda parte con la revisión del decente This Note’s For You, donde claramente se vislumbraba una notable mejoría que fue creciendo linealmente hasta alcanzar el punto máximo con el magno Ragged Glory, obra capital y el único con consistencia capaz de competir con Everybody Knows This Is Nowhere por el título de mejor disco de Young. Finalizamos con Weld, doble directo que resume este excelente periodo creativo. Dieron sus puntos de vista David S. Mordoh, Ignacio Julià, Jaime Gonzalo y Rafa Cervera.

THIS NOTE’S FOR YOU

 

(Publicado en Ruta 66, nº 30, junio-1988)

Cuando me enteré que Neil Young iba a publicar un disco de R&B acompañado por unas Notas Tristes, inmediatamente pensé en el grupo de Harold Melvin y en una nueva fusión pastelazo del canadiense. Lo cual, vistos los antecedentes, no hubiese sido nada extraño. Young en la presente década —¿quién dijo que en los 70 no había buena música?— jamás ha encontrado el hueco, discurriendo entre discos buscando repetir fórmulas suyas de antaño para tapar aventuras fallidas. Desde el batacazo de Trans no levanta cabeza con un producto mínimamente equiparable a cualquier anterior. Buenas noticias. Se equivoca quien espere encontrar en This Note’s For You un mediocre repaso al R&B (como Everybody’s Rockin’ lo fue del rockabilly) agravado por la ausencia de Crazy Horse (no del todo cierta al estar presente Frank Sampedro, e incluso Ralph Molina en un tema). De hecho este nuevo grupo inventado consta de los cuatro instrumentos habituales más una sección de viento de seis hombres, donde destacan dos ex miembros de la Evergreen Blues Band que ya había trabajado para Crazy Horse. Y más que R&B, que lo hay en dosis moderada («Sunny Inside» está a caballo entre «The Shape l’m In» de The Band y el Van Morrison del LP Moondance), Young esta vez ha vuelto a apostar por el blues. Nada novedoso teniendo en cuenta los antecedentes, sólo que ahora no se trata del lamento casi anfetamínico del álbum On The Beach, sino un blues de escuela mucho más negroide y de acuerdo con la demanda actual (quítale los vientos a «Life In The City» y despuntará un semi-boogie como los Canned Heat de «On The Road Again»). ¿Es eso bueno o malo? En el caso de Neil Young todo se ha vuelto relativo. Yo me conformo con lo que nos ha servido esta vez. La voz en buena forma, un retorno comedido de su afilada guitarra, y algún texto digno (en la canción «This Note’s For You» arremete contra la saturación de sponsors en el rock). Ya sé que no es mucho, pero sí comparable a Life y muy superior Landing On Water. DAVID S. MORDOH

ELDORADO

(Publicado en Ruta 66, nº 44, octubre-1989)

La historia es como sigue: el “canadiense solitario” anuncia, mientras está dando los últimos toques a un potencial nuevo LP, una gira por Japón y Australia. Las sucursales de WEA en aquellos países deciden publicar un disco para coincidir con las actuaciones y sacar provecho a la visita del artista; echan mano de un puñado de temas que les han llegado como adelanto del LP y ponen en las tiendas «Eldorado», en vinilo, cassette y CD. Llega Young, se entera de la jugada, agarra un mosqueo de aquí te espero y prohíbe tajantemente la publicación del mini-LP en otros mercados. Las pocas copias que llegan a Europa alcanzan precios prohibitivos (de tres a cinco mil pesetas por solo 5 temas), pero la prensa se hace eco del disco (se ha llegado a escribir que es el mejor disco killer de la historia, afirmación tan gratuita como exagerada) y los fans lo buscan como perros hambrientos. Ahora resulta que el LP completo sí va a ser publicado (llegó a decirse que Young lo había desechado), aunque algunos de los cortes incluidos en esta primera versión no estarán en la final, con lo que la pieza tiene asegurada la admiración eterna de los coleccionistas. ¿Y qué demonios contiene?, te estarás preguntando. Pues una media hora del mejor Neil Young: eléctrico e inspirado, liderando una garage-band (The Restless) ruidosa y tajante. Las guitarras crujen, los amplis sufren de saturación criminal y Young puede hacer el indio a sus anchas, que es lo que más le gusta, mientras reitera una vez más que su talento para hacer canciones certeras como flechas envenenadas se mantiene a pesar de la edad y los zigzagueos estilísticos de los últimos años. «Cocaine Eyes», por ejemplo, es un retrato descarnado de los estragos que el polvillo de moda causa en una persona: la letra es directa y en absoluto paternalista, el fragor de la música acentúa con virulencia el mensaje. «Don’t Cry» y «Heavy Love» presentan una fiereza similar; son temas construidos sobre acordes monolíticos y mucho feedback, como si Young hubiera estado escuchando a Dinosaur Jr. y hubiese querido afirmar que él lo hizo primero y puede seguir haciéndolo. «On Broadway» está en la línea de su álbum de R&B, un estándar archiconocido del que se apropia con su habitual carácter. Y «Eldorado» continúa la saga azteca retomada hace un par de años en «Inca Queen» del LP Life. Es, en definitiva, una buena señal para los seguidores de Neil Young. El anuncio de una obra que puede ser todo un hito en su carrera (como lo fueron Tonight’s The Night, Zuma o Rust Never Sleeps). IGNACIO JULIÀ

FREEDOM

(Publicado en Ruta 66, nº 46, diciembre-1989)

Exactamente diez años atrás Neil Young publicaba uno de sus discos más representativos, Rust Never Sleeps. Empezaba con una canción acústica llamada «My My Hey Hey» que se repetía al final como «Hey Hey My My», con un talante completamente opuesto: descarga eléctrica suicida en contraposición a la dulce desolación inicial. En su última oferta vuelve a repetir la fórmula con la canción «Rockin’ In The Free World». ¿Un síntoma a tener en cuenta? Sí, pero no de repetitividad, sino porque ha conseguido parir un disco igual o mejor que aquél. La grandeza de Freedom es escuchar al Neil Young clásico con sus múltiples vertientes y en plena forma. Como un “grandes éxitos” pero con canciones nuevas. Bueno, no todas, ya que tres se habían editado durante el verano en el mini-LP fantasma Eldorado: «Don’t Cry» (ráfagas de guitarra hiriente), «Eldorado» (reminiscencias hispanas tranquilas que de pronto se ven interrumpidas por un hachazo distorsionado que te aplasta en el sofá) y «On Broadway» (versión neurótica del clásico de Leiber & Stoller con un ambiente de feedback final muy logrado). Ellas conforman el pilar de las sesiones en plan trío con la sección rítmica de Blue Notes —añádase «Wrecking balI»— en los estudios Hit Factory neoyorkinos sobre el que se asienta el resto del disco. «Crime In The City» y «Someday» pertenecen a la línea instrumental robusta del anterior álbum, mientras «Hanging On A Limb» y «The Ways Of Love» cuentan con la colaboración de Linda Ronstadt. En «Hanging» solo se escuchan ella, él y su guitarra acústica. La segunda, en cambio, recuerda por su ambiente rítmico a Harvest, aunque su aire country sea más afín a Comes A Time. Resumiendo, una hora entera de aquel Neil Young fértil casi olvidado, capaz de asumir lo homogéneo y errático de su discografía con la naturalidad más deslumbrante, consiguiendo premiar a sus fieles seguidores —y lo de fieles se queda corto vista su producción irregular en los 80—con este preciado vinilo. DAVID S. MORDOH

RAGGED GLORY

(Publicado en Ruta 66, nº 55, octubre-1990)

No voy a ocultar que estos últimos años he tenido a Neil Young un poco abandonado. Como todos los clásicos, llegó a un punto en el que ya lo tenía todo dicho. ¿Qué más te pueden dar ya sus nuevos discos? Sinceramente pienso que poco. Y aunque eso sea mucho, tratándose de quien se trata, prefiero recordarle en esos momentos únicos en los que forjó su propia gloria. No tan mellada como alude el título del disco, puesto que sigue capacitado para volver a hacer uso de ella sin inmutarse. Ragged Glory, jqué demonios!, posee canciones enormes y está inundado de vitalidad. No marcará tantas vidas como Zuma o Tonight’s The Night, pero es un disco tremendo. Y eléctrico al cien por cien. Su nuevo reencuentro con Crazy Horse —que por su cuenta no hacen nada decente— ha despertado del letargo aquella química agridulce, desmañada y furiosa. La tormenta vuelve a brotar de los amplificadores. Todos los Dream Syndicate y Dinosaur Jr. de este mundo serían pocos para aplacar la abrupta belleza que aquí estalla. Esas guitarras indómitas, los hermosos e inmensos feedbacks con los que cierra más de la mitad de los cortes del disco, la terapia eléctrica con que se sacude las penas —siempre he pensado que es un maníaco depresivo— son rasgos inconfundibles. Y aquí están pletóricos. Brillando como una energía creada en el mismo centro del sol. Ojalá todos los de su quinta se conociesen tan bien a sí mismos. Le guardaré fidelidad, se la sigue ganando. JAIME GONZALO

WELD

(Publicado en Ruta 66, nº 68, diciembre-1991)

Ríase usted de Sub Pop, Sonic Youth y toda la familia. Cuando Neil Young ruge, los pupilos mejor guardan silencio. Y Neil Young ruge con mucha fuerza cada vez que saca un disco en directo. Weld está hecho de grabaciones en vivo tomadas a lo largo del «Don’t Spook The Horse Tour» que le llevo por Estados Unidos el pasado año. Acompañado de nuevo por Crazy Horse, Neil Young ha vuelto a dar una lección de lo que es mantener el rock vivo y bien. Más que eso, Weld inyecta energía cruda por los cuatro costados al eterno concepto musical, a las viejas y a las nuevas composiciones. La versión de «Hey Hey, My My (Into The Black)» —uno de los himnos más sobrecogedores del rock&roll— abre fuego con unos Crazy Horse irreductibles. Los títulos clásicos de Young revisitados al calor del directo en Weld cobran una nueva vida. Lo cual ya es mucho decir: sólo un tipo tan impredecible como Young puede aportar más matices incendiarios a su propia música («Cinnamon Girl», «Powderfinger» o «Like A Hurricane») después de tantos años. La versión de «Blowin’ In The Wind» es sencillamente sobrecogedora, toda una reconversión en el más puro estilo Hendrix. Y las canciones de más reciente cosecha se acoplan sin problemas al huracán eléctrico que crea la banda. «Crime In The City», «Fuckin’ Up» o «Mansion On The Hill» se benefician del temperamento de un grupo en total erupción. Weld es mucho más que un grupo a cien en un concierto. Es la acoplación casi matemática de unos músicos totalmente compenetrados de cara a un objetivo muy concreto: devolverle las agallas al rock. Aunque sólo sea por una noche. Aunque el relevo haya sido tomado por otros hace ya tiempo. Aunque al escuchar este disco nos duela en el alma no haber presenciado en primera fila el show. Escuchar como un viejo zorro como Young redescubre sus propias posibilidades es algo inenarrable. Consigue Weld. Y si tienes aparato reproductor de CD, busca con ahínco Arc/Weld, el CD en edición limitada del mismo álbum. Trae un disquito extra lleno de feedback, acoples y comentarios calientes lanzados desde escena por el propio Young. RAFA CERVERA

 

 

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