Rutas Inéditas — 20 junio, 2011 at 0:00

Kelley Stoltz, El Artesano Detallista

RUTAS INÉDITAS

En esta sección encontrarás textos no publicados en Ruta 66. Críticas de discos o libros, de conciertos,  artículos o entrevistas atemporales que por un motivo u otro no transitaron por la Ruta 66. Ahora ruedan en estas Rutas Inéditas……..

Resulta casi imposible guiarse en la desorbitadamente fragmentada escena actual. Si es que tal cosa existe, claro, y no hablamos de una constelación de galaxias formadas por incontables pequeños grandes y medianos planetas, estrellas y satélites. ¿En quién fijarse? Es bueno mantenerse informado, por supuesto. Tampoco sobran los consejos de amigos y críticos fiables o de tu disquero habitual, si es que todavía tienes uno. Aún así, es imposible acertar siempre. Lo mejor es guiarse por esa intuición que, después de años de entrenamiento, pocas veces nos falla.

  

 

Había algo en la crítica que alababa Below the branches, aparte de esas cuatro estrellas tantas veces equívocas, que activó ese sexto sentido que nos guía y no nos deja perdernos lo que de verdad encaja en nuestro menú habitual. Quizá el que nombrara a Carl Wilson en vez de al omnipresente Brian, y justo después a Ray Davies y la Velvet, que mencionara el fingerpickin’ con el que tocaba la guitarra… y sobre todo el cuento de hadas de su disco anterior, una de esas historias que casi nunca tiene final feliz: el pobre Kellley graba todo un disco en su cuatro pistas y, como no encuentra quien lo edite, no se le ocurre otra cosa que encargar 100 copias en vinilo (o 200 según otras versiones) que acaban circulando hasta convertirlo en un pequeño fenómeno underground. La curiosidad resultó provechosa, porque Below The Branches ha terminado por hacerse fuerte en el reproductor de CDs y se niega a abandonarlo por las buenas. Es cierto que simplemente nos descubre a un autor con un montón de referencias reconocibles y no demasiado rebuscadas que quizá a muchos les suene redundante pero, ¿hay algo que no lo sea hoy en día? Además, ¿quién compone las canciones de Lennon, Reed o Brian Wilson ahora que ellos no lo hacen? ¿No se parecían las suyas a las de otros anteriores a ellos? Por supuesto que hace falta algo más que unos referentes legendarios, pero ya ciertamente sobados, para que el resultado no se quede en mera fotocopia, y Stoltz demuestra con creces que su personalidad se impone sobre el pastiche. Si consigue escapar del vulgar corta y pega es gracias a su visión artesanalmente detallista de la grabación, alejada por igual tanto del perfeccionismo fotocopiado como de la alta fidelidad, a una naturalidad en el sonido que no esconde los bordes mal rematados, y a una sensación de optimismo vital nada común en un mundo que premia el cinismo y el mal rollo sobre las buenas vibraciones. Puede que ayude el que sea él mismo, como un rupestre Todd Rundgren, el que toque casi todos los instrumentos en su dormitorio sin ser ciertamente un virtuoso de ninguno, y que un ocho pistas analógico recoja el resultado: “Tengo la batería, los amplis, el piano, el xilofón de juguete y todo lo demás apretujados entre mi cama y la mesa… a veces es algo claustrofóbico, pero es la manera en que me gusta grabar; conseguir algo en el momento, o incluso antes, de la composición; tirar cinta y ver qué sale, antes de repensar demasiado las cosas. Toco todos los instrumentos y yo mismo los grabo en casa, así que estoy siempre “en el estudio”. Escribo y grabo todo el rato y el estudio casero me permite trabajar en las canciones cuando quiero.” Todo ayuda, pero sin el ingrediente principal en todo pop auteur que se precie, el tuétano sin el que el hueso no sabe a nada, todo quedaría en agua de borrajas. Hablamos de las canciones, por supuesto, y de eso Below the branches no anda nada mal, variado muestrario que bebe por igual de los ya mencionados Beatles circa disco blanco (más Lennon en «Sun comes through», MCartney en «Memory collector»), o Beach Boys (las armonías vocales y las melódicas líneas descendentes marca de la casa en «Ever thought of coming back» o «Winter Girl», y el gusto por el detalle sónico inesperado en casi todo el disco), pero que también ofrece combinaciones poco habituales, como esa «The rabbit hugged the hound» que suena talmente a un joven Ray Davies acompañado por los Velvet del tercer disco. Hay baterías a lo Moe Tucker que propulsan riffs de acústica tocada con slide, dicharacheras tonadas con piano de inequívoco sabor británico («Memory collector»), y una especial querencia por el fingerpickin’ de inconfundible tono folkie. El remate lo ponen unas letras cuasi panteístas pobladas de cielos, ríos o árboles que cobran vida, de veranos e inviernos, sol y lluvia, que invitan a disfrutar de lo que tenemos a nuestro alrededor. Por si fuera poco, parece que toda la energía eléctrica que se utilizó para grabarlo era “limpia”, ¡¡de origen solar o eólico!! Para decirlo con sus propias palabras, el disco empieza con “encuentra algo que te haga feliz / mete tus preocupaciones en una maleta y diles adiós”, y termina con “no hay mundo como el que tenemos aquí / No hay otro sitio al que quiera ir”. De vez en cuando, no está mal que alguien nos levante el ánimo… aunque sea durante poco más de media hora.

La verdad es que no deja de ser curiosa la historia de Kelley Stoltz. A principios de los noventa deja su Detroit natal con veintipocos años para trabajar en Nueva York en la oficina de Jeff Buckley, hasta que decide que es mejor perder el tiempo grabando sus propias canciones que revisando el correo de los fans de Buckley Jr. Tras volver una temporada a Detroit, se larga a San Francisco, donde armado de un cuatro pistas, y mientras trabaja en una tienda de discos, se dispone a grabar las canciones que en 1999 aparecerán en su primer disco, The past was faster. No es que levantara demasiada expectación, pero entre un puñado de críticas aceptables, resalta la demoledora de la influyente web Pitchfork Media: “The Past Was Faster es una mediocre y en general mala grabación lo fi, tan refinada y agradable como una úlcera sifilítica”. Hombre, tampoco hay por qué ponerse así. El disco no era como para lanzar cohetes, cierto, pero como todos los críticos mantuvieran siempre ese control de calidad, las secciones de reseñas discográficas de las revistas especializadas serían un infierno para cualquiera. Es verdad que abunda esa clase de autoindulgencia que suele afectar al que tiene un cuatro pistas en casa en el que grabar cualquier cosa que se le pase por la cabeza, pero no lo es menos que de vez en cuando se intuye lo que vendría después, por ejemplo en canciones de aire Syd Barret como «Vapor Trail». Aunque esa pueda ser una impresión que tenemos los que oímos antes su últimos discos. De todos modos parece que, en vez de hundir el ánimo del joven trovador, tal ensañamiento con un principiante significó un acicate para empeñarse en no volver a pasar desapercibido. No duda en colgar la ofensiva crítica en su propia web, quizá a modo de desafío, y durante los próximos dos o tres años se empeña en tomarse revancha encerrado en su piso con un grabador ya de ocho pistas en el que va volcando, cual alquimista de andar por casa, los innumerables ingredientes que forman el menú sonoro de Antique Glow: aquí aparecen, menos refinados que en Below the branches, los ramalazos de singer songwriter trasatlántico (lo mismo recuerda a Nick Drake que a Leonard Cohen o Fred Neil), el inevitable beatle touch o las ensoñaciones sicodélicas, a veces incluso dentro de la misma canción. Otras veces se ve más claramente su gusto por el blues acústico o el r’n’b abrasado en fuzz, y se despacha una ración de drones y feedback para acabar el disco que pondrían a hacer el avestruz a Lewis Allan Reed. Aún así el pobre de Kelley no encuentra quien lo edite y toma una decisión insólita que a la larga salvará su carrera. Como buen amante del vinilo, dicen que su colección es enorme, no solo plancha doscientas copias en plástico negro, sino que, para ahorrar costes, las envuelve en carpetas de discos que compra en las gangas de segunda mano y que él mismo se encarga de pintar a mano una a una, aprovechando su diseño original para modificarlo y acabar convirtiéndolo en una pieza única. No se le puede negar determinación y confianza en sí mismo. Por si el proceso no fuera lo suficientemente enrevesado, el disco no acaba de despegar hasta que le pasa uno a Chuck Prophet, tras compartir escenario con él, y éste se encarga de que un sello ¡australiano! lo publique en CD. A partir de ahí se suceden las críticas favorables y las ediciones en sellos más cercanos, hasta que en 2004, tres años después de haberlo grabado, es seleccionado entre los mejores discos de aquel año por MOJO y consigue un contrato con Sub Pop. Las vueltas que da la vida. Como no había tenido suficiente con tal proceso de grabación, o precisamente porque había terminado saturado y no tenía nuevas canciones de las que echar mano, nuestro hombre se embarca en un proyecto que definitivamente lo caracteriza como un tipo… curioso, al menos. Porque dedicarse a grabar tema por tema el Crocodiles de Echo & The Bunnymen no se puede decir que sea un hecho normal. Ni el grupo es el más cool del mundo en estos momentos, ni Crocodiles su disco definitivo, pero el alma de fan de Kelley no entiende de significaciones históricas y logra, contra todo pronóstico, que la cosa funcione. Su voz consigue parecerse de forma asombrosa a la de Ian McCulloch, algo que nadie adivinaría escuchando el resto de sus discos, y en general, Crockodials, que así tituló la ocurrencia, suena como si un grupo de garaje 60’s a medio camino entre los USA y el UK le inyectara energía juvenil al primerizo repertorio de los liverpulianos, que también sale beneficiado de la saturación que la baja fidelidad le proporciona. No es poco para lo que empezó siendo un divertimento. Lo mejor, el repaso que le dan a «Rescue», acentuando el influjo “televisivo” de las guitarras de Will Sergeant. Para más coña, se va de gira con Spiral Stairs, el de Pavement, como guitarra solista, antes de que el disco esté publicado: “Fue genial., teníamos una máquina de humo, y yo hablaba con un acento de liverpuliano borracho. Acabamos dando un concierto en el Festival CMJ de Nueva York y Will Sergeant vino a vernos… Estaba encantado”. Por supuesto, Crockodials sólo conseguiría ver la luz en 2005, tras el mini éxito de Antique Glow, pero le proporcionó el tiempo necesario para almacenar decenas de canciones… y aprender a tocar el viejo piano que se encontró en el piso al que acababa de mudarse. Llámalo casualidad, llámalo destino, el caso es que precisamente ese piano, que apenas hacía acto de presencia en sus discos hasta ese momento, acabará por ser el instrumento predominante en sus grabaciones a partir de ahora. A finales del año pasado lo estrena con el EP que, con portada de Frank Holmes, autor de la portada original de Smile (otra vez deja ver el alma de fan), y con el flamante logo de Sub Pop en la solapa, presenta en sociedad al “nuevo” Kelley Stoltz, definitivamente menos preocupado por el ruido de fondo y las ensoñaciones sicodélicas y más centrado en la composición. “Sun comes through”, el tema titular, acabaría en Below the branches, y las otras cuatro también podrían haberlo hecho si no fuera por el exceso compositivo de nuestro hombre. Ahora que se ha convertido en una pequeña celebridad en el mundo alternativo, no sabemos qué otra casualidad o giro del destino nos llevará a la nueva entrega del geniecillo de las grabaciones caseras. De momento se ha ganado el derecho a que la esperemos con expectación.

Un genio al teléfono

“Brian Wilson organizó algo para ayudar a las víctimas del Katrina: A cambio de una donación de 100$, el no sólo la doblaría sino que te llamaría en persona y permitiría que le hicieras una pregunta. Así que hice la donación y un par de horas después sonó el teléfono. Me dio las gracias y luego dijo, “Vamos, pregúntame algo”. Mi novia acababa de afinarme el piano, así que le dije, “Una de mis canciones favoritas es “Meant for You”, la que empieza “Friends”. El problema es que ahora con el piano recién afinado no suena bien. ¿Puedes decirme los acordes?” Brian dijo: “Oh, no me acuerdo… Lo siento”. Quedé un poco fastidiado, pero bueno, tampoco yo me acuerdo de las canciones que escribí hace treinta años. El caso es que estaba pensando a quien llamar primero para contarle que había hablado con el auténtico Brian Wilson, cuando poco después sonó el teléfono: “Hey Kelley, soy Brian otra vez. Oye, la canción empieza en La bemol”. Según toqué la nota, me dijo, “Vamos, cántala”. Así que me pongo a cantar el primer verso, “As I sit and close my eyes…”, y en el teléfono, a setecientos kilómetros de distancia, ¡Brian cantaba conmigo! Un momento increíble e inolvidable”.

Carlos Rego

 

 

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