Rutas Inéditas — 17 junio, 2011 at 0:00

La estrella de David, zarpando rumbo a Maracaibo

RUTAS INÉDITAS

En esta sección encontrarás textos no publicados en Ruta 66. Críticas de discos o libros, de conciertos,  artículos o entrevistas atemporales que por un motivo u otro no transitaron por la Ruta 66. Ahora ruedan en estas Rutas Inéditas……..

Tiene David Rodríguez una cualidad que desde el principio nos ayudó a intimar: una suerte de sufrido escepticismo existencial abortando cualquier tentación de vanidad personal o pretensión artística. Es así de nacimiento, queda claro al tratarle y ser rozado por su abrasivo sentido del humor; también habrá tenido que ver su hábitat personal, Sant Feliu de Llobregat, en el extrarradio de la pintarrajeada y muy servicial capital posolímpica. Ha sabido aplicar esa actitud a toda la música que se ha traído entre manos desde principios de los noventa, sin dejar que la modestia corriese peligro de falsedad, la humildad sonase a estulticia alternativa. En el fondo, Rodríguez teme que nunca más ganemos Eurovisión. 

 

  

Cumple la perfecta definición del pesimista, que no es otra cosa que un optimista bien informado. Antes de que fructificase la escena indie estatal, David ya gateaba con los pioneros Bach Is Dead, efímera tarjeta de presentación que se vería secundada por la larga trayectoria de Beef, la banda barcelonesa que, siendo influencia decisiva en la escena independiente —Los Planetas, si más no, la manifiestan— no llegó a contar con mayor reconocimiento que el de la crítica, eso tan inútil del encumbramiento en la nada. Le toca turno a La Estrella de David, solitario proyecto trabajado empero en compañía. Están la queridísima Ana Fernández-Villaverde y Paprika Joe de Beef/Stereorent, el dilecto costumbrista Manu Ferrón de Expertos Solynieve y el joven Joe Crepúsculo, entre otros. Su segundo elepé —el primero, homónimo, es de 2009— proyecta un arco claramente superior. No olvidemos que, mientras lo imaginaba, David contribuía como músico y productor al despegue de La Bien Querida, en cuyos discos ha establecido una visión y un estilo que se alejan de su pasado al mostrarnos una madurez profesional que ya nadie esperaba. Tampoco él, claro. Arranca Maracaibo, esa ciudad que sólo existe en mapas e imaginaciones calenturientas, recordando viejas aventuras en «Escalofrío», cuyo inicio hace pensar en Sonic Youth, sugestión que pronto desbaratan sucintos arreglos de cuerda, el sintetizador a lo New Order y ese estribillo que amenaza ‘’Cuidado, Michael Jackson / Se te va a llevar’’. ¡Ah, no, a otro con ese pútrido monstruo! Otro cosmético engendro se camufla tras «La Carretera», atropello entre onírico y aletargado de un clásico menor de Julio Iglesias. Parece haber tenido comprensibles pesadillas con Loquillo al entonar viril la experiencia religioso-fiscal «El Más Romano del Mundo», que suena a rock urbano mutando hacia lo desconocido (‘’Y los notarios de la eternidad / Traerán la fe para estar / A la derecha del rey celestial / Hay un solo problema / Yo no me quiero marchar’’). Y no olvida el pintoresco absurdo de su entorno, pasando lista a los más recientes y muy honorables presidentes de la Generalitat en «La Gran Fiesta de la Democracia» —con su intro a lo Roedelius, el sinforoso músico alemán que tanto le gusta—, sellando ese quimérico y humorístico retablo medieval llamado Catalunya. Hay más: la patafísica y la cotidianidad bailando deshinibidas una rumbita en «Decathlon» y, al final, «Un Último Esfuerzo» dibujando esa insalvable y finísima línea donde la biología anhela abrazar lo sublime… y vuelve a fracasar. Es Maracaibo un álbum que se hace el heterogéneo —instrumentalmente lo es: acordeón, trompeta, palmas, etc.— para que no se noten las canciones de amor. Así, «El Blues del Autobús», recuerdo de una churri extraviada en el pasado, avistada en plena calle pero evitada en vergonzosa negación, tendrá su reflejo en el florecimiento de un amor muy presente, plasmado en «Cuando Te Deje» (mala cosa adelantar acontecimientos, chavalote). Escuchamos a Rodríguez susurrante y confesional en «Más Mañanas», abismado en observaciones astrales en «Enrique VIII». Lo que le importa, quizá sin saberlo, es hacer de las canciones documentos pervivientes de esas cosas menores que nos pasan… y al final resulta que son las mayores; sensaciones al trasluz de la rutinario que parecen actos reflejos o emociones de origen desconocido… y luego conformarán nuestro perfil eterno; juegos de palabras y esbozos de tonadas que brotan al azar del interior… y con los años configurarán severa radiografía de cómo nos sentíamos, quienes fuimos. Ay, uno quiere grabar un desgarrador elepé de Richard Cocciante… ¡pero le sale esto! El estrellado —que no estelar— David está en un momento dulce, junto a su celosamente escoltada «Anita», viviendo por fin de la música, atrapando la madurez profesional. Por eso se equilibran tan bien en Maracaibo su congénita melancolía nihilista (‘’Pero sigo aquí / En el siglo XIX / Sigo en el siglo XIX / Esperando a que se quede / Me sorprendería / Hacerlo bien’’, son los últimos versos del disco) con esos breves atisbos de evanescencia que uno nunca acaba de creerse. Que otros se disputen la superlativa excelencia o la mediocridad arribista, La Estrella de David habita su propia galaxia —no por nada, sólo que no quedaba otra—, en cuyas íntimas dimensiones todos sin exclusión podemos encontrar un lugar. Pues todos somos más de lo que creemos, menos de lo que nos quieren. Tú también.

Ignacio Julià

Foto: Ignacio Julià

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