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The Secret Society – El Sol (Madrid)

Siempre me ha parecido curiosa esa sensación de estar presenciando el final de algo sin saber que está siendo el final de algo. Me pasó viendo a Dover en su último concierto y aún no se me ha quitado la idea de haber hecho algo más. De que podía, no sé, haber cantado sus canciones más fuerte o más alto o haber estado más pendiente de cada gesto cómplice entre ellos y los allí presentes.

Son varias las veces que he achacado esa falta de épica al desconocimiento generalizado de que ese sería el último concierto de una banda que, muy a pesar de muchos, marcó las pautas de la música española durante más de dos décadas. Una banda subida por última vez a un escenario de un festival minúsculo de Getafe en el que había dos grupos y ellos no eran ni siquiera los cabezas de cartel. La gran mayoría de los espectadores asistimos al fin de una era de puto rebote. No hubo anuncios de agradecimiento ni gira de despedida. Dover llegó, tocó, gracias y adiós.

Siempre me ha parecido curiosa esa sensación de estar presenciando el final de algo sin saber que está siendo el final de algo y anoche volví a intentar entender por qué. Fui de casualidad a la Sala El Sol a ver a The Secret Society porque el día anterior, durante una conversación informal con Manel Moreno, me comentó que tocaban y, como respeto mucho a Manel y tampoco tenía nada mejor que hacer, me acerqué a ver qué pasaba y acabé sin saber muy bien qué había pasado.

Ya de entrada aquello parecía una reunión de amigos. Los cuatro miembros, con Pepo Márquez a la cabeza, saludaban de forma individualizada a personas venidas de distintas partes de la península. El concierto iba transcurriendo y entre canción y canción sucedían cosas cuanto menos inquietantes. Pepo hablaba de que quizá fuera el último concierto y de que lo importante es disfrutar del momento y gente del público gritaba que por favor no se separaran y yo me sentía como un ateo en un bautizo. No exagero si digo que, con toda probabilidad, era la persona que menos ha escuchado a The Secret Society de todo el local y, quizá por ello, no llevaba el traje adecuado para ese tipo de fiesta. No sabía que Pepo vive en Hamburgo y que tocan muy de vez en cuando pero empezaba a entender eso de que cualquier concierto, como cualquier día, siempre puede ser el último.

No sabía nada y aun así el concierto me dejó tocado. Me está sucediendo que pasados los treinta comienzo a empatizar más con el ocaso que con el auge y presenciar cómo un grupo con una trayectoria que ya muchos quisieran se despide por fuerza mayor me genera bastante frustración. Frustración porque hasta en ese mundo siempre mágico y seguro que es la música pasa eso de tener que dejar marchar a ese proyecto vital que es una banda. Aprender a desprenderse. Eso tan de adulto, tan del mundo real.

El quizá último concierto de The Secret Society tuvo todo lo que no tuvo el tajante y rutinario último concierto de Dover. No pude cantar ni más fuerte ni más alto  “La distancia más corta entre dos puntos es el miedo”, “Parte de guerra” o “Las pistas falsas conducen al desamor” porque no me las sabía; tampoco “En la Sala del Guernica”, que fue la que más me gustó y la que más he escuchado en el día de hoy; tarareé la versión del “Sunflower” de Low y ahí se ganaron del todo mi respeto porque alguien que versiona a Low es alguien con un gusto musical exquisito y aplaudí como si fuera uno más de la familia tras la emocionante y contenida versión de “Kola”, de Damien Jurado.

Una velada con pinta de “hasta siempre” y sentimientos encontrados de vuelta a casa. Un gran descubrimiento como lo son todos los que impliquen ampliar bagaje musical. Si siempre me ha parecido curiosa esa sensación de estar presenciando el final de algo sin saber que está siendo el final de algo, hacerlo sabiendo durante la marcha que esto se acaba me trajo a la cabeza esa gran frase del Doctor Thompson:  ¿Por qué tuvo que suceder? Justo cuando me estaba yendo tan bien.

Texto y fotos: Borja Morais

 

 

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