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RVG – El Sol (Madrid)

 

Llegaba la caravana de los australianos RVG a Madrid con la garganta destrozada de Romy Vager y furia contenida a bordo, tal vez la segunda como consecuencia de la primero: la vocalista no paró de pedir perdón entre canción y canción por el estado de sus cuerdas vocales, tras casi tres semanas de gira en un frío otoño europeo. No lo necesitaba, porque su debilidad vocal contribuyó a acentuar el lado más dramático de su repertorio, con la cantante sudando, escupiendo y pugnando por hacerse oír entre ese tejido de guitarras arpegiadas y sintetizadores que caracteriza a una banda que, como tantas australianas, encuentran su particular personalidad en algún punto entre la belleza pop, la frustración punk y la desesperación del primer indie. Suenan a todo, pero sobre todo, suenan a ellos mismos.

 

Desde el arranque del concierto con «Common Ground» hasta el único bis con una intensísima «Alexandra», convertida en una torch ballad al límite, la poco más de una hora de repertorio —matiz: nadie necesitó más, todo el mundo salió satisfecho— concretó el tema principal de su repertorio, el amor encontrado, perdido y vuelto a encontrar, tal vez como excusa para hablar de otras cosas. Vager se arroja al suelo, se marca un solo lacerante, sonríe y parece llorar observando el techo de El Sol, a veces invoca el garaje a lo 13th Floor Elevators (Roky Erickson estaría orgulloso de «Christian Neurosurgeon»), a veces saborea el indie pop ochentero que da forma a parte de Brain Worms, su último disco, uno de los candidatos a aparecer en las consabidas listas de lo mejor de 2023. Vager lo hace todo. Sobre todo, tiene esa clase de carisma magnético tan difícil de ver hoy día encima de un escenario.

La cantante es, de alguna forma, la sucesora de Mike Scott de los Waterboys, Robert Forster de Go-Betweens y Peter Perrett de Only Ones en un siglo XXI muy distinto al que ellos vivieron; por su timbre vocal, por sus composiciones y por una intensidad rara de encontrar hoy. En un extraño lunes madrileño, con poca gente en el público y cierta abulia inicial que terminó convirtiéndose en callado entusiasmo, demostró que si hay una banda a la que seguirle la pista es a RVG. Como repetía todo el mundo a la salida, a los grupos australianos hay que verlos siempre.

Texto: Héctor García Barnés

Fotos: Salomé Sagüillo

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