Discomático

Pablo Cuevas – Los Cuatro Claveles (Family Spree)

Con el eco del último disco de Los Fusiles todavía resonando en muchos altavoces, su líder nos sorprende ahora con un primer álbum en solitario. Un trabajo que, pese a distanciarse -en la forma- de lo facturado hasta ahora con su banda, mantiene una línea de coherencia al respecto, si de fondo hablamos. Porque Cuevas ha desenchufado los amplis, sí, y ha expulsado al rock’n’roll de la ecuación, pero muchos de los palos que aquí nos presenta siempre han estado presentes en sus canciones; agazapados, emboscados incluso tras aquellos riffs, pero desde luego presentes.

Ahora, simplemente, nos los presenta desnudos, con luz y taquígrafos, y el resultado no puede ser más estimulante. Y es que los cuatro claveles es un compendio de músicas -del tango a la chanson, del gypsy jazz a los sones napolitanos- con parada y fonda en su Andalucía natal; todo ello cabalgando a lomos de esa voz y ese deje tan suyos, vigilando siempre con un ojo a Jaime Urrutia y con el otro, a Josele Santiago. Tan propios como su estilo en el ripio, pues en lo lírico nos encontramos de nuevo con esa maestría a la hora de contar historias, esa escritura castiza y costumbrista cuajada de retranca, marginalidad y romanticismo de arrabal.

A partir de un arranque fulminante -«Al Mandamás», «El Aroma Perfumado» (presentada como adelanto semanas atrás) y «Ginés el de San Juan», menudas tres joyas-, Cuevas ejerce de maestro de ceremonias en un cabaret que va cambiando decorados sin perder un ápice de coherencia interna. De su mano viajamos del tablao a la milonga, de la taberna de un puerto marsellés a los carromatos de un circo terminada la función. De vuelta al principio, la sensación que queda -más allá de la calidad y, por ende, el puro e innegable disfrute sensorial- es de una sinceridad sin trampa ni cartón.

Para alguien que, tal como reza en su perfil biográfico promocional, no solo creció escuchando rock sino también un crisol de artistas que iban de Charles Trenet a Amalia Rodrigues, de Edith Piaf a Django Reinhardt, Celentano, Gardel, Serrat o Marisol, la carta a jugar estaba clara: dejar que todos esos gustos e influencias fluyeran de forma natural. Y es tal naturalidad la que redunda, como decíamos, en esa sinceridad que desprenden todos y cada uno de los surcos de este magnífico elepé.

 

Eloy Pérez

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