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Geese – La Maroquinerie (París)

Este era el momento idóneo para ver en directo a los neoyorquinos Geese, antes de que los festivales empiecen a pelearse por ellos y presentando un deslumbrante segundo disco, 3D Country (Partisan / PIAS), que para el abajo firmante estará de bien seguro en el top 5 de favoritos de este año. Projector (Partisan / PIAS, 2021) fue un estimulante debut que ya dejaba entrever su voluntad de escabullirse del encasillamiento post-punk con salidas por la tangente tan fascinantes y juguetonas como «Disco» o «Exploding House», ambas por encima de los seis minutos. 

Pero ni por asomo me esperaba una demostración de libertad creativa como la que han plasmado en 3D Country, una conjunción de ideas y estilos tan bien ensamblados en temas con mucha personalidad, pese a hilvanar sonidos pretéritos, y que crecen a cada escucha. Como me contaron en la entrevista que les hice posteriormente –y que podéis leer en el Ruta de noviembre–, para su ópera prima tuvieron apenas cuatro meses para componer y grabar, mientras que para la reválida han contado con mayor presupuesto para invertir a lo largo de un periodo de creación de dos años. Se nota y de qué manera. Lamentablemente, su gira europea ha esquivado España, así que la dupla routier emprendió viaje rumbo a París para no dejar escapar la posibilidad de ver a Cameron Winter (voz), Gus Green (guitarra), Dominic DiGesu (bajo), Foster Hudson (guitarra, teclados) y Max Bassin (batería) en una sala de pequeño aforo como La Maroquinerie.

Abrió la velada MF Tomlinson –por Michael Francis, oriundo de Brisbane, Australia, pero afincado en Londres, Reino Unido–, de quien no había escuchado antes nada pero del que ya he empezado a recuperar sus discos a raíz de una cautivadora actuación con la que transcendió su supuesta condición de telonero. Acompañado por una banda de aires jazzy-folk, Tomlinson es un cantautor con canciones que te embelesan como cuando contemplas un guiso al fuego haciendo chup-chup o la fina cortina de una ventana moviéndose al ritmo de la brisa estival: el tiempo se ralentiza y esbozas una sonrisa de confortable gusto. Y luego esta su voz, claro, ese timbre prodigioso –me trae a la memoria a Lloyd Cole, Bill Callahan o Richard Hawley– que nos guía por la enigmática búsqueda de respuestas en un mundo hostil y transmite con hondura su voluntad de sentirse abrigado con los afectos hasta en la soledad que emana de sus canciones. Mirad el videoclip de ese ensoñador vals titulado «The End of the Road» y adentraos en su mundo, si no lo habéis hecho ya…

Con la sala ya llena hasta la bandera, aparecen en escena Cameron y Foster; el primero se aferra al micro de pie y el segundo se ubica en el teclado para empezar a tocar una «Domoto» desnuda de la fanfarria con que se inicia en su versión en estudio para, partiendo desde su esencia más crooner noctámbula, ir incorporando músculo con el resto de la banda ya sobre las tablas hasta llegar a una de esas implosiones sónicas marca de la casa.

«Jesse», single de presentación de su nuevo EP 4D Country, se balancea con un groove funkoide que no tardan en azuzar con desarrollos guitarreros que son pura ambrosía 70s y cuando hacen estallar «2122» —con Cameron escupiendo eso de «God of the sun, I’m taking you down on the inside» cual chamán en trance— el público empieza a bramar con el fervor de los parroquianos que empiezan a notar el calor de la llamada. El trance comunal se acrecenta con los primeros versos de «I See Myself» coreados por unas primeras filas donde abunda un público joven y rendido. «I’ve been hit by the bus of love / That falling brick of you» declama un Cameron que sabe interpretar con arrebatadora afección ese estado de narcolepsia emocional en el que uno se desvanece al ver la pura bondad humana en el rostro de su ser amado.


El percutante sintetizador, la atronadora batería y la guitarra-serrucho nos arrastran hacia el epicentro de «Disco», tema cumbre de su debut, un desbordante caldero de casi siete minutos donde space-rock, post-punk y popper-pop se confabulan para hacer brotar chiribitas en los ojillos del personal. ¡Qué banda, por el amor de George Clinton! Es fascinante ser testigo de la química existente entre estos cinco zagales, la astral conjunción que les habilita para sacar adelante con libérrima precisión unas canciones que a priori podrían perder parte de su excitante mojo en directo. Para nada, solo hace falta verles descerrajar «Mysterious Love», con los riffs de Gus a modo de electroshock y el descenso de revoluciones con los burbujeantes teclados de Foster que mecen esa coda final en la que Cameron repite el desamparado verso en bucle «Somе people are alonе forever«. Ay.

El tramo final, con las coreadas «Cowboy Nudes» y «3D Country», es un subidón de los que no se olvidan, rúbrica a una noche que bien ha valido la peregrinación para ver a pie de escenario a una de las bandas más excitantes surgidas de Nueva York en años. Revivalismo sin olor a naftalina que arremolina las últimas cinco décadas de la música rock y sus afluentes con deslumbrante creatividad y pasmosa convicción. A su puta bola y con hambre de seguir explorando sin ataduras, Geese lo tienen todo para seguir ganando adeptos si se dejan caer por aquí en la temporada festivalera de 2024.

Texto: Roger Estrada
Fotos & collage: María Valls

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