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Blues en la encrucijada: Dockside de Jonah Tolchin, y la línea que debemos trazar en la arena

Muchos son los que aseguran que el blues está muerto. Pues desde aquí vamos a demostrar que no. Que está más vivo que nunca, y no solo eso, sino que ha sufrido múltiples mutaciones. Y que blues hay hasta debajo de las piedras. Blues bastardo, quizá. Pero a fin de cuentas, blues.

Hace un tiempo, Jonah Tolchin se encerró junto a Luther Dickinson (North Mississippi Allstars) en los emblemáticos Dockside Studios, que además de estar ubicados en el corazón de Luisiana, a orillas del río Vermilion —the Bayou Vermilion, que dicen allí—, estuvieron entre los predilectos de Dr. John, B.B. King, Taj Mahal y Mavis Staples, entre otros. El resultado es el mejor disco de Tolchin hasta la fecha, que no en vano lleva por título el nombre del estudio en el que ha sido grabado.

 

En Dockside podemos encontrar trazas de la pasión que Tolchin siente por el blues, sí, pero bien diluidas en rock and roll, soul y raíces folkies. Digamos que el blues del disco queda reducido al aire del mismo que tienen “Endless Highway” o “Save Me (From Myself)”. Abre el disco con “Blues With a Feeling”, una versión de Little Walter de la que ha sido capaz de borrar todo atisbo de blues. Con esta canción sucede algo que podemos empezar a llamar “El efecto Auerbach”, una epidemia de homogeneidad que empezó afectando exclusivamente a Dan Auerbach (al ser él mismo, en su caso no es tan grave) y su sello Easy Eye Sound, pero actualmente afecta a la mayoría de artistas estadounidenses que pretenden hacer algo cercano al blues. En el caso de tipos con la cantidad suficiente de autenticidad, como Leo ‘Bud’ Welch y Robert Finley, el resultado puede ser sublime, pero si eres blanco, tienes todos los dientes y te quieres hacer el sensible, el resultado no es otro que un posavasos del que hablarán maravillas todos los oídos equivalentes a zapatos de occidente. Esto no quiere decir que “Dockside”, o el resto de trabajos a los que me refiero, no sean buenos, lo que son es inánimes, exangües y piden muchos menos dientes claramente relucientes en sus voces. No creo que debamos seguir sonriéndole a cualquier yankee que se marca un puñado de canciones prolijas y previsibles, por el mero hecho de que son instrumentistas pulidos. En algún momento tendremos que decir basta. Ya está bien de humanos que hace música que podría haber hecho una inteligencia artificial a la que han entrenado con cuatro recopilatorios de rock ligero y hits de soul de los que vendían en las gasolineras en la década de los años 90. Parafraseando a Walter Sobchak, se trata de dibujar una línea en la arena, una línea que nadie debería cruzar. Canciones como “Nothing’s Gonna Take My Blues Away”, “Suffering Well”, “Too Far Down” o “Vermillion River” no son malas, pero tampoco buenas. Carecen de espíritu, no tienen fuerza, no inspiran nada y, lo que es más importante, no tienen nada que ver con el blues. No basta con estar deprimido y sin ganas de vivir para hacer un disco de blues, desde el cariño lo digo.

 

Soy plenamente consciente de que muchos de ustedes, queridos lectores y lectoras, dirán que las etiquetas no tienen sentido alguno, que no les gustan. Que la música es un lenguaje universal y una buena canción es una buena canción, sin más. Entiendo que haya personas en contra de catalogar por géneros, de verás, lo respeto. Sin embargo, si es este su caso, debería valorar no seguir leyendo, sin acritud. Esta sección lleva por título “Blues en la encrucijada”, no tendría problema en participar en otra llamada “No me gustan las etiquetas en la encrucijada”, pero en estas líneas lo que procede es hablar de blues y lo que más me ha llamado la atención de Dockside, es que no es un disco de blues pero todo el mundo parece haberse convencido de que sí lo es. Jonah Tolchin es un nombre que suele ser asociado al blues, pero hasta ahora no había hecho disco de blues y el que nos ocupa no es una excepción. Leyendo sobre él he descubierto que era judío y, en consecuencia, rendía pleitesía tanto a Peter Green como a Mike Bloomfield, que al parecer eran judíos. Me dirán que tengo un problema con las etiquetas, pero ¿se les ocurre algo más estúpido que el judaísmo bluesístico? Puede que ahí esté el problema, puede que no. Puede que el problema lo tenga yo, obvio, pero también es posible que no. Debo admitir que “Can’t Close My Eyes” me ha parecido una canción interesante, escuchen el disco con atención y siéntase libres de descargar su ira contra mí a través de mis RRSS si consideran que mi reseña ha sido injustificada y perversa.

 

Dolphin Riot

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