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Yo La Tengo – The Music Station (Madrid)

Llevo un tiempo escuchando la condescendiente y despectiva cantinela del “Yo La Tengo ya están mayorcetes” y, tras lo visto ayer, solo puedo echar a reírme. Yo La Tengo es como los grandes deportistas de la historia, esos de los que se dice que pueden jugar hasta cuando ellos quieran, trascendiendo edades y cualquier tipo de límites. Porque la historia del deporte, como la de la música, la escriben los que viven de ella y transmiten al resto del mundo. Un mundo que, sin ejemplos así, carece de gran parte de sentido.

Volviendo a lo que nos concierne, los de Hoboken volvieron a dar anoche en la capital una clase magistral sobre cómo conectar con el público a través única y exclusivamente de su música. Nada de parafernalias ni agentes externos que camuflen la escasez de talento, de carisma, de inteligencia o de las tres a la vez. En un recinto cada vez más utilizado para hacer conciertos –y por ello se le tiene que criticar ciertas situaciones, como las largas colas que se formaron en la barra durante todo el show-, este matrimonio a tres bandas demostró que, tengan 60 o 600 años, son uno de los mejores grupos que existe.

El concierto -que comenzó una hora antes de lo previsto como se anunció a lo largo de toda la semana pasada- constaba de los típicos dos sets, claramente diferenciados y marca de la casa.

 

Durante la primera hora, protagonismo casi total para This Stupid World, el álbum lanzado este año. El decimoséptimo de su carrera, tan fresco como el primero, que cuenta con joyas como el que da nombre al disco, “Brain Capers” o “Miles Away”. Un primer tramo sosegado, en el que por supuesto los tres integrantes hicieron alarde de su capacidad multinstrumental. Un primer acto elegante, que nos preparaba a los allí presentes para lo que estaba por venir.

YLT es un mago con muchos ases bajo la manga. Un conjunto capaz de sonar como Belle and Sebastian cuando son tranquilos y como Sonic Youth cuando se ponen guerreros. Una dualidad que llevan a cabo sin aparente esfuerzo y que demuestra no solo el talento innato del trío, sino la inteligencia y naturalidad de unas personas carentes de pretensión alguna. Son gente como tú y como yo, pero dotadas de un virtuosismo que tardaron años en focalizar y que no han soltado desde entonces. Una suma de maravillosas desdichas que ensalzan a una banda con casi cuarenta años de trayectoria.

Tras un descanso de quince minutos, turno del segundo acto. De las guitarras feroces y la distorsión. De ese que la mayoría del público está esperando. Este setlist no trae consigo muchos de sus grandes hits y algunos se lamentarán por ello, pero entiendo que bendito problema tiene que ser el poder elegir ante un repertorio tan brillante como extenso. Aún así, suenan “Big Day Coming”, “Autumn Sweater” y “Sugarcube”. Tres canciones a las que el teatro no les hace justicia. El sonido rebota y las voces están en constante modulación, lo que rompe un poco el ambiente.

Hasta que llega “Blue Line Swinger”.

“Blue Line Swinger”, cómo explicarlo. Diría y sin exagerar que es lo más cerca que he estado del cielo o del infierno o de dónde sea que te transporta la música. Quince minutos de tema, cuyor primeros seis están compuestos por una recurrente base al piano, una línea de bajo, unos punteos que logran encajar en la atmósfera como una salpicadura en un test de Rorschach y Georgia Hubley haciendo una secuencia de batería consistente en caja-bombo-bombo-tom-tom.

Caja-bombo-bombo-tom-tom y en algún momento algún plato. Así seis minutos y silencio sepulcral. Una liturgia, un baile chamán. Hipnótico como es todo lo bello. Antes destacaba el eclecticismo de YLT como una de sus principales fortalezas, pero si me tuviera que quedar con una sola cosa de su carrera es con lo que me hacen sentir cuando se ponen progresivos. Y “Blue Line Swinger” es la obra maestra de los americanos en este género.

Llegamos al séptimo minuto, a ese número 7 que tanto significa en distintas culturas y James, Ira y Georgia comienzan a bailar alrededor de la hoguera. A hechizar aún más si cabe a un público que empieza a agitar cabezas y a perder el control de un cuerpo hasta entonces relajado. Vienen ocho minutos de trance absoluto, de no pensar en nada o de pensar en todo. Cada uno a su libre y pura manera. Algunos cierran los ojos y otros se señalan la piel de gallina. Ira agita su guitarra de un lado a otro; James le da caña a las cuerdas del bajo para seguir echando fuego a esa hoguera imaginaria y Georgia canta sin dejar ni un momento de incrementar el ritmo a la batería. La canción sigue subiendo y sigue subiendo como un globo de helio hasta que Georgia llega al Ba da ba ba-bop, ba da ba-bop y comienza el exorcismo. Cuerpos descontrolados que golpean sus almas como a una pelota de playa. Almas extasiadas que agitan sus cuerpos arriba y abajo, arriba y abajo. El de Ira Kaplan. El del que escribe esto. El del que tengo delante y el del que tengo al lado, que me mira a los ojos y me susurra un “impresionante” que atrona en mi interior, un interior que nada tiene que ver con el de hace quince minutos.  ¡Joder, cómo uno no puede amar esto!

Juro por todo lo jurable que es una sensación que me daría para escribir un reportaje o un relato corto o para varias sesiones de terapia y ya bastante chapa he dado. Es algo que simplemente hay que vivir, y no necesariamente para contarlo.

YLT abandona el escenario y ahí solo queda el ahora. Sin embargo, como los allí presentes ya estamos cogidos por el espíritu y por los huevos, el trío vuelve a salir para tocar “Decora”, dedicada a una familia que luce una camiseta muy antigua y que Ira resalta con gran alegría. Tras ella, “This Is Where I Belong” de los Kinks y “I Found a Reason” de la Velvet. Dos muestras  para recordarnos que Yo La Tengo también es una excelente bandas de versiones. Unos dominando todos los registros y otros tirando del puto Chat GPT para decir lo que tantas veces se ha dicho. El talento es aleatorio, pero el día que Ira Kaplan decidió coger una guitarra también compró todos los boletos.

Y solo podemos dar gracias por ello.

Texto: Borja Morais

Fotos: Salomé Sagüillo

 

 

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