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De Menos a Más – Pink Floyd

 

Aunque haya aparecido material de archivo de manera periódica, la discografía oficial en estudio de Pink Floyd ya quedó cerrada el año 2014. Además, no hay reunificación posible, teniendo en cuenta no sólo el enfrentamiento perenne entre el guitarrista David Gilmour y el bajista Roger Waters, sino la muerte del teclista Rick Wright en el 2008. De hecho, el grupo al completo (junto al batería Nick Mason) no funcionaba desde la mini gira de “The Wall” en 1980/81, aunque fue bonito ver de nuevo a los cuatro juntos por última vez en el emotivo concierto de Live 8 el dos de julio de 2005.

 

A los Floyd se les ha enmarcado a menudo en el género del rock progresivo, aunque de hecho poco tienen que ver con Yes o EL&P (excepto la capacidad de hacer piezas de veinte minutos). Nunca fueron unos correcaminos con sus respectivos instrumentos, y bebieron más del blues, por ejemplo, que de la música clásica. Además, curiosamente, gustan a gente que detesta el prog, o incluso que no tiene ni idea de lo que es. Les pasa un poco como a Led Zeppelin (que trascendieron hace tiempo el simple apelativo de rock duro o heavy metal): ambos grupos han acabado recibiendo el difuso apelativo de “rock clásico”, aptos (relativamente) para todos los públicos.

Pink Floyd con Syd Barrett

De punta de lanza de la psicodelia en 1967 (“The Piper at the Gates of Dawn”, con el visionario Syd Barrett, que salió del grupo al año siguiente y falleció en el 2006), mutaron a una banda de vanguardia/space rock (“Saucerful of Secrets”, “Ummagumma”). Surcaron luego los mares sinfónico-progresivos (“Atom Heart Mother”, “Meddle”) y dieron en la diana comercial/artística con canciones más concisas (“Dark Side of the Moon”). Con “Wish You Were Here” el grupo ofrecía su última obra grupal en el sentido más amplio, pero luego Waters fue erigiéndose en líder/dictador, sacando todos sus fantasmas (y mala leche) en sus últimos discos con el grupo: “Animals”, el doble “The Wall” y “The Final Cut” (ya sin Wright).

La declaración de guerra por parte de Waters tras su marcha en 1983 (para impedir que los otros siguieran con el nombre del grupo) se saldó en los tribunales a favor de Gilmour y Mason. Reclutaron a Wright, hicieron dos discos (“A Momentary Lapse of Reason” y “The Division Bell”) y sus respectivas giras mundiales y el trío se hizo de oro. Sin embargo, a Waters tampoco le ha ido nada mal ofreciendo en vivo abundante material floydiano (como la espectacular puesta en escena de “The Wall”). Pero desde 1994, poco realmente interesante a nivel discográfico, ni por parte de Floyd (exceptuando algún material extra en reediciones varias, como la versión entera en vivo de “Dark Side…”) ni de sus respectivas carreras en solitario. Sin embargo, ha sido bonito que Nick Mason haya montado la banda Saucerful of Secrets, recuperando temas de la prehistoria del grupo. Ahora, la lista de peor a mejor.

 

15- THE ENDLESS RIVER (2014)

GILMOUR: “Nick, voy a resucitar a Pink Floyd después de 20 años con un nuevo disco. Sin Roger, claro”.

MASON: “Qué bien, y luego gira mundial, así podré ampliar mi colección de coches de lujo”.

GILMOUR: “No, no habrá gira, y el disco de hecho será a base de breves descartes instrumentales que hicimos con Rick. Pero con nuestra producción marca de la casa, añadiendo maquillaje aquí y allá, dará el pego, lo vendemos como homenaje a Rick y la gente pasará por caja fijo”.

Ese es el nivel. Con muchos ecos/autoplagios de “Wish You Were Here”, “The Division Bell” y algo de “The Wall”. Y a pesar de algunos (pocos) momentos inspirados (“Anisina”, “Talkin’ Hawkin’” o “Louder tan Words, la única pieza cantada), parece mentira que esto sea lo mejor de las 20 horas de material inédito. Mejor hubiera sido su inclusión como disco de acompañamiento en una reedición de “The Division Bell”. Así no se puede cerrar una discografía como la de Pink Floyd, oiga.

 

14- MORE (1969)

Disco claramente de encargo (banda sonora de la película de Barbet Schroeder, con fotografía de Néstor Almendros), sin cohesión y con demasiado material de relleno (todo se compuso y se grabó en dos semanas). Por ejemplo, las vanguardistas “Up the Khyber” o “Quicksilver” parecen sobras a medio cocinar de “A Saucerful of Secrets”. Por su parte, “The Nile Song” e “Ibiza Bar” son burdos intentos de rock duro que producirían vergüenza ajena a bandas como Led Zeppelin o Deep Purple. Y “More Blues” también haría sonrojar a los primeros Fleetwood Mac más bluseros. Se salvan “Main Theme” y, sobre todo, dos canciones estupendas que encajarían perfectamente en un posible doble disco con lo mejor de la banda: “Green is the Colour” y “Cymbaline”. Pero como álbum, “More” resulta mediocre si tan sólo destacan dos o tres temas de trece.

 

13- UMMAGUMMA (1969)

A pesar del título un tanto misterioso, en argot de Cambridge “Ummagumma” significa simple y llanamente “follar”. ¿Quizás los Floyd querían darte consejos subliminales sobre las artes carnales? Pues no. En esta ocasión optaron por un disco “democrático”: que cada uno hiciera lo que le viniera en gana con la cuarta parte que le tocaba. En su época, con el jipismo y las sustancias fumables y/o etílicas, propició viajes diversos, pero visto en perspectiva es una tomadura de pelo. Wright jugaba al músico “clásico” con una mini sinfonía caótica dedicada al mito de Sísifo, de la que sólo se salva la cuarta parte (con un bonito melotrón). Waters hacía una baladita discreta (“Grantchester Meadows”) y un insufrible collage a base de gritos y ruiditos. Gilmour aportó “The Narrow Way”, lo más salvable del lote pero, aun así, de los doce minutos sobran unos cuantos. Por su parte, Mason facturaba un horrendo artefacto no-musical (excepto una intro de flauta), que evidenciaba sus nulas capacidades compositivas. ¿Entonces, Sr. Planas, por qué demonios no ha calificado usted este álbum como el peor de los Floyd? Pues porque viene acompañado de un disco en vivo muy logrado, con la cósmica “Set the Controls for the Heart of the Sun”, la demencial “Careful with that Axe, Eugene”, y excelentes versiones de “Astronomy Dominé” y “A Saucerful of Secrets”.

 

12- A MOMENTARY LAPSE OF REASON (1987)

Después del fiasco de “The Final Cut” en 1983 (incluso se suspendió la gira) y el mal rollo entre Waters y Gilmour, ambos sacaron discos en solitario (los, por otro lado, recomendables “The Pros & Cons of Hitch Hiking” y “About Face”, respectivamente), pero las ventas y las posteriores giras no cuajaron. Así que Gilmour pensó: poniendo Pink Floyd en la portada del siguiente disco venderemos cien veces más (¿por qué renunciar a la gallina de los huevos de oro?), y lo camuflo incluyendo a Mason y a Wright (éste como músico invitado). Y entonces Waters sacó la artillería pesada, pero perdió el juicio y así salió este nuevo disco con mucha pompa y poca enjundia. Ya puedes incluir a 15 músicos extra (¿eran necesarios?) y que te produzca Bob Ezrin, que si el nivel compositivo no está a la altura… Y eso es lo que ocurre: temas insufribles como “Dogs of War”, otros de relleno y A-BU-RRI-DOS, etc. Se salvan “One Slip”, “Terminal Frost” y “Learning to Fly”. ¿Y “On the Turning Away”, himno-para-escuchar-con-mechero-en-los-conciertos? Pues mucho más interesante la versión vitaminada de unos tales Vanishing Point, qué quieren que les diga…

 

11- THE FINAL CUT (1983)

El tono general del álbum es tristón, Waters vuelve al tema de la guerra (en este caso, de las Malvinas), la muerte de su padre, etc. La revista Q lo incluyó en una lista de los 10 discos más deprimentes jamás grabados, por lo que no es precisamente el más adecuado para poner el día de Navidad (o quizás sí, si la alternativa es “Felisss Navidaaaad” de Boney M). Pero no es en absoluto un mal trabajo, el problema es que se trata de un apéndice de “The Wall” y, como Waters lo compone todo, podría ser un álbum suyo en solitario. De hecho, ni siquiera está Wright, Gilmour destaca poco (aunque le pone garra a “Not Now John” y aporta un bonito y conciso solo al tema titular) y Mason aún menos, y encima, en el estupendo “Two Suns in the Sunset”, quien toca la batería es Andy Newmark (ya en “The Wall”, fue Jeff Porcaro quien tocó en “Mother” porque Mason no sacaba el ritmo). Quizás no hubiese pasado nada si se hubieran separado después de “The Wall”, cada uno por su lado y tan amigos (o enemigos). Pero olé por Waters por hacer un disco totalmente al margen de las modas, ignorando los nuevos teclados digitales en favor de unos delicados y estupendos arreglos de piano y cuerda a cargo de Michael Kamen.

 

10- THE DIVISION BELL (1994)

A pesar del bajón creativo que supuso “A Momentary Lapse of Reason”, Gilmour consiguió un sonido global mucho más orgánico con “The Division Bell”. Influyó mucho el hecho de tener un grupo más cohesionado gracias a la gira anterior y a la participación de Wright en varias composiciones (y es la primera vez que ponía la voz solista a una canción de PF desde 1973, ahí es nada…). Sí, en realidad se nota que Gilmour insistía en emular los ambientes, las melodías y los logros de “Dark Side…” y “Wish…”, alejándose del vitriolo de la época “Animals”/“The Wall”/“The Final Cut”, liderada por Waters. Si no fuera por el innecesario añadido veinte años después de “The Endless River”, podría decirse que “The Division Bell” es un dignísimo cierre a la discografía floydiana. Y con dos perlas como son “Lost for Words” y, sobre todo, “High Hopes”.

 

9- THE PIPER AT THE GATES OF DAWN (1967)

Un debut que marcó época en su momento, pero cuando alguien dice que es el mejor disco de los Floyd, normalmente significa que es EL ÚNICO del grupo que respetan y que realmente el resto de su discografía no les interesa nada. “Piper…” es básicamente un disco de Syd Barrett, con dos temas imprescindibles de su primera época (y de toda la psicodelia) como son “Astronomy Dominé” y “Interstellar Overdrive”. Hay también cancioncillas simpáticas y lisérgicas como “Matilda Mother”, “Flaming” o “Chapter 24”, pero otras son bastante olvidables. El disco hubiera mejorado con la inclusión de canciones aparecidas en singles ese mismo año (como “Arnold Layne”, “See Emily Play”, “Apples and Oranges” o la primera composición de Wright, “Paintbox”), algo que sí se hizo en la bonita reedición especial con motivo del 40º aniversario. Por cierto, resulta curioso que Waters hiciera su primer intento compositivo con ese zurullo titulado “Take Up thy Stethoscope and Walk”. Nadie diría que en breve se haría con el mando de la nave floydiana y acabaría componiendo (solo o en comandita) buena parte de lo más trufado del cancionero clásico del grupo.

 

8- ANIMALS (1977)

A Waters le salió la vena punk con esta patada sonora y lírica que sigue siendo “Animals” (disco inspirado en “La granja animal”, de George Orwell). Incluso el diseño gráfico (con esas áridas fotos en blanco y negro en el interior) está en consonancia con esos simpáticos tiempos de escupitajos e imperdibles. En muchos aspectos suena como una continuación de “Wish You Were Here”, aunque con mucha más mala leche. De hecho, las largas “Dogs” y “Sheep” fueron candidatas a ser incluidas en “Wish…” (y, aunque no lo hicieron, sí que las tocaron en la gira de 1974). Hay pasajes de “Animals” que a veces te dejan mal cuerpo, si tu ánimo no está muy fino, y es que el disco carece de esas cálidas melodías fabulosas cantadas por Gilmour y Wright que daban un brillo especial a temas como “Echoes”, “Breathe”, “Shine…” y tantas otras. Pero el disco está lleno de momentos muy buenos, con todo el grupo muy bien compenetrado. Por cierto: atención al estupendo bajo que toca Gilmour (y no Waters) en “Pigs (Three Different Ones)” y “Sheep”.

 

7- OBSCURED BY CLOUDS (1972)

Se le considera injustamente un disco de transición, ya que se grabó entre dos obras tan grandes como son “Meddle” y “Dark Side…”. Además, era un encargo para la banda sonora de la olvidadísima película “La Vallée”, de Barbet Schroeder. Pero aun así, “Obscured by Clouds” es muy, muy superior a lo que hicieron en “More”. De los cuatro temas instrumentales destacan los dos iniciales, “Obscured by Clouds” y “When You’re In” (un poco en la estela de “One of These Days”). ¿Y los seis cantados? Pues todos están bien, pero puntúan alto “Childhood’s End”, “Stay” (con esa voz melancólica de Wright) y, sobre todo, la excelente “Wot’s… Uh the Deal”, con una melodía exquisita a cargo de Gilmour (y encargándose él mismo de las segundas voces). Tan buena es, que sorprende que los Floyd la obviaran en sus giras, aunque afortunadamente Gilmour la recuperó en directo en el 2006.

 

6- ATOM HEART MOTHER (1970)

Parte de la crítica se ha cebado siempre en este disco por sus pretensiones sinfónicas, e incluso los propios Floyd hablan mal de él. Pero pese a sus indisimulados excesos, se trata de una obra que sigue aguantando el paso del tiempo. Por un lado está la larga suite con orquesta y arreglos de Ron Geesin (y aunque ayudó a Waters a perpetrar ese atentado sonoro que sigue siendo “Music for the Body”, en “Atom…” hizo un gran trabajo). Por otro, una serie de canciones muy logradas, aunque olvidadas por el gran público: “If” (de Waters, siguiendo la estela de “Grantchester Meadows”), “Summer 68” (Wright), “Fat Old Sun” (Gilmour) o la jocosa y a la vez bucólica “Alan’s Psychedelic Breakfast” (firmada por los cuatro), con sonidos de cereales con leche y beicon frito. Incluso llegaron a interpretarla en vivo, haciendo pausas para disfrutar de este colorista y nutritivo desayuno. Buen humor y buen provecho.

 

PAUSA

(Para ir con cierta rapidez al baño, o poner esta canción de fondo: “Free Four”, una pieza ligera de Pink Floyd ideal para la gente que piensa que su música es sólo un insufrible y pesadísimo rock sinfónico-progresivo. Y es que, antes de ponerse solemnes a partir de “Dark Side…”, la banda tenía aquí y allá algunos momentos desenfadados).

Lo de ordenar esta lista es un auténtico mareo, porque si tienes al grupo en alta estima, la mayoría de sus discos te siguen pareciendo muy buenos. Ahora viene ya el top 5 final, pero vamos, que los puestos podrían variar de un día para otro, así que…

FIN DE LA PAUSA

 

5- A SAUCERFUL OF SECRETS (1968)

Disco claramente infravalorado, después del debut tan impactante que supuso “Piper…” un año antes. Sin poder contar al 100% con un tristemente lunático Barrett (aquí toca en tres de los siete temas), el grupo contrató a Gilmour, pero entonces era poco más que un músico de sesión. Sin embargo, Waters y Wright se pusieron las pilas y aportaron un material muy bueno. Todavía hay rastros psicodélicos, como en la inicial y trepidante “Let there Be More Light” y la hipnótica “Set the Controls for the Heart of the Sun”, ambas de Waters. También compuso él la divertida y antimilitarista “Corporal Clegg” (tema que desarrollaría después en “The Wall” y “The Final Cut”, aunque sin un ápice de humor). Las dos coloristas composiciones de Wright siguen brillando con luz propia: “Remember a Day” y “See-Saw”. Con la larga pieza titular se fueron por terrenos vanguardistas (que el propio Gilmour no entendía), sentando las bases de la música cósmica que iban a hacer Tangerine Dream y otros en los primeros 70. El disco se cierra con “Jugband Blues”, firmada, cantada y tocada por Barrett, su última (y valiosa) aportación al grupo.

 

4- THE DARK SIDE OF THE MOON (1973)

La sapiencia de Alan Parsons a los controles ayudó a que sea un disco que sigue sonando de maravilla (y de paso, fue el trampolín para su carrera con el Alan Parsons Project). Pero no podemos obviar unas letras que tampoco han caducado (que levante la mano quien no haya sufrido nunca el estrés de la vida moderna), ni la maravillosa voz de Clare Torry en la magistral “The Great Gig in the Sky” (cuya melodía vocal fue improvisada y, años después, con demanda de por medio, acabaría siendo acreditada como co-autora del tema junto a Wright), ni un tema tan vacilón como “Money” (con un bajo estupendo en un ritmo 7/4, muy poco rock), ni el saxo de Dick Parry, ni unos efectos sonoros que dan cohesión al disco entero. Pero lo fundamental es que, dando color y calor al concepto urdido por Waters, está la sinergia del grupo como pocas veces en su carrera, con los cuatro miembros aportando creatividad a raudales. El disco ideal para iniciarse en la música de Pink Floyd.

 

3- THE WALL (1979)

Esto ya es Pink Floyd en cinemascope y sonido surround. La ambición de Waters no tenía límites, y concibió este artefacto como un doble disco, un espectáculo en vivo y una película. El eje era una estrella de rock (de nombre Pink, fíjate tú) anestesiada por un éxito que traía consigo soledad, recuerdos penosos de la muerte del padre en la guerra, una etapa escolar patética y un matrimonio a la deriva. Vamos, el reverso tenebroso del tonto mito de sexo, drogas y r’n’r. Pero el caso es que funcionó, gracias también a la ayuda del productor Bob Ezrin, el ingeniero Michael Guthrie y los arreglos de cuerda de Michael Kamen. Wright y Mason eran casi comparsas, pero Gilmour aportaba su gran personalidad guitarrística y uno de los hitos del grupo: “Comfortably Numb”. De hecho, el sonido oscuro que domina esta obra ya estaba presente en “Animals”, aunque aquí con mayor concreción, mejor producción y una narrativa más estructurada. Eso se traduce en temas más cortos y variados, con apuntes hard-rock (“In the Flesh?”, “Young Lust”, “Run Like Hell”), música disco (“Another Brick in the Wall pt 2”), influencias Beach Boys (“The Show Must Go On”; de hecho, Bruce Johnston es uno de los coristas) e incluso opereta (“The Trial”). En resumen: el grupo se alejaba de los largos pasajes instrumentales y buscaba nuevos horizontes. Y lo lograron con creces.

 

2- MEDDLE (1971)

Ya sea sólo por “Echoes”, este disco merece estar en el top 5 de los mejores de los Floyd. Todo lo ensayado en anteriores discos fluye aquí de maravilla, la lenta introducción, las partes cantadas con esas voces tan bien armonizadas de Gilmour y Wright, incluso el fragmento en plan banda-sonora-de-terror. Si hasta 1971 el grupo tuvo su momento realmente democrático y encima con un plus creativo, fue éste. ¿Y el resto de las canciones? “Echoes” les ha hecho sombra, pero siguen sonando muy bien. A saber: la metálica “One of These Days” (aunque resulta risible el clip animado con los bailarines de ballet: NADA que ver con el tema), la balada lisérgica “A Pillow of Winds”, la vitalista “Fearles” (con un riff glorioso), la simpática y jazzy “San Tropez” y la cachonda “Seamus” (con la que inventaron el sub-género “blues perruno”). Por cierto, es uno de los pocos discos que contienen una foto del grupo. Y es que los Floyd siempre se escondieron en un misterio propiciado por las pocas entrevistas que dieron en los setenta y, sobre todo, por los fabulosos diseños de las carpetas de sus álbumes a cargo de Hipgnosis/Storm Thorgerson. Un 10 para ellos.

 

1- WISH YOU WERE HERE (1975)

El último disco de Pink Floyd donde realmente hubo un espíritu grupal, antes de que Waters pasase de líder a dictador (aunque los otros tres con su vagancia se lo pusieron en bandeja). La larga suite “Shine on You Crazy Diamond” (dedicada a su viejo colega Syd, quien apareció un día en las sesiones de grabación y no lo reconocieron…) se abre con esa fascinante introducción con los sutiles teclados de Wright mezclados con cuatro notas de guitarra que te transportan como pocos temas instrumentales de la historia del rock: aquí menos es claramente más. Y cuando entra la melodía vocal (de las mejores cantadas por Waters), con los coros de Gilmour y Wright, todo se eleva a otro nivel. Tras el clímax, la resolución, con el gran saxo de Dick Parry. “Welcome to the Machine” es una asfixiante y robótica pieza que anunciaba lo que iba a ser “Animals”. La segunda mitad del disco se abre con “Have a Cigar” (cantada por Roy Harper), un blues-rock esquizofrénico realmente original. Por su parte, el tema que da título al disco es una de las mejores colaboraciones entre Waters y Gilmour, y un himno que trasciende estilos y modas musicales. Y al final, la continuación de la suite “Shine…”, con la última y elegíaca parte a cargo de Wright, una de sus mejores aportaciones a Pink Floyd.

 

Texto: Jordi Planas

2 Comments

  1. José Ramón P.H.

    Curiosa y bien argumentada la lista. Compro el Ruta desde su número 0, y Pink Floyd siempre fue considerado un grupo de un solo álbum (The Piper at the Gates of Dawn). Me parecía comprensible, porque tampoco gustaban otras bandas (Yes, E,L&P, Genesis, Jethro Tull)…. El universo Prog Rock no era muy rutero, y a mi me parecía bien, aunque me encantaran todos esos grupos. Pero las bandas y solistas que son Santo y Seña del Ruta, son también mis artistas de cabecera, de ahí que esté eternamente enganchado a sus páginas. Celebro esta apertura estilística. De todos modos, si la lista la elaborara yo, mi número 1 estaría muy reñido entre Animals, The Wall y Wish you were here. Pero las listas son muy subjetivas y me ha encantado tu exposición de cada uno de los álbumes. Tengo todos esos discos, y me has animado a reescuchar A Saucerful of Secrets, álbum que yo no he apreciado mucho…. hasta ahora. A ver que impresión me da hoy, birra en mano .

  2. Jose Prado

    Como se nota que Pink Floyd es una banda demasiado grande y demasiado buena por un simple hecho: mientras que para algunos el animals o el dark side o el piper es el mejor o lo colocarian en el primer lugar, aqui los colocan bien en medio o abajo, eso solo quiere decir que la discografia de la banda es muy rica y que no solo se reduce a sólo dos ó tres obras maestras. Increíble grupo.

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