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De menos a más – The Waterboys

 

Foto: Scarlett Page

 

Marcaron los ochenta, esa década tan amorfa como fascinante, y vivieron para contarlo. Tal vez no al nivel de otros nombres más citados (o cacareados) a posteriori, pero sí con una impronta firme y sólida que ha soportado estupendamente el paso del tiempo. Y ahí siguen, presto a cumplirse su cuadragésimo aniversario de aquí nada.

Dejemos claro de entrada -y a pesar de las docenas y docenas de músicos que han pasado por sus filas- que Mike Scott es The Waterboys, y viceversa. Sin que ello implique menosprecio a actores secundarios del calibre de Anthony Thistlethwaite, Karl Wallinger o muy especialmente Steve Wickham, imprescindibles para entender la trayectoria y evolución de la banda. Pero el genio al frente siempre ha sido Scott. Desde esa “big music” que categorizó su trilogía inicial, pasando por el díptico irlandés y las diversas reinvenciones de su sonido hasta el día de hoy, él es el hombre. Autor ilustrado y músico absolutamente brillante, su nombre ocupa, para muchos de nosotros, sus fans, un lugar fundamental en este negocio desde ya hace mucho. También dicen, quienes lo han conocido y/o sufrido en persona, que es un tipo de trato difícil. Los más prudentes. Otros lo califican directamente de capullo y botarate. No puedo rebatirlo, más allá de apuntar que en las dos ocasiones en las que le he entrevistado, telefónicamente, se mostró cortés y educado. Sea como sea, de lo que se trata es de valorar su legado y ordenarlo en este pequeño y subjetivo juego.

Así que, para aquellos de ustedes que sepan de qué va la película (y bienvenidos diletantes con espíritu curioso), empecemos este repaso a la discografía de los aguadores. No sin antes apuntar que los dos discazos que publicó Mike a su nombre –Bring ‘Em All In (1995) y Still Burning (1997)- se han quedado fuera por pura nomenclatura. De haber entrado, ocuparían zona alta sin dudarlo.

 

14.- OUT OF ALL THIS BLUE (2017, BMG)

Cuando un músico decide lanzar un disco doble suele ser porque se encuentra en un momento creativo efervescente. Le bullen las ideas y las canciones se le caen de las manos. Al propio Scott le ocurrió durante las fructíferas sesiones para Fisherman’s Blues. Ello no implica, por desgracia, que esa incontinencia sea sinónimo de inspiración. Y para muestra este botón, un espectacular gatillazo tras una obra tan sólida como había sido Modern Blues. Veintitrés (fallidos) intentos de hacerse el moderno, perpetrando una especie de hip-hop dance celta que deviene pastiche intragable, indigesta morralla. Quitando la broza, quedaría como mucho un EP medio decente. Muy pocas alforjas para tanto viaje.

 

 

13.- GOOD LUCK, SEEKER (2020, Cooking Vinyl)

La última entrega, por el momento. Y una nueva y considerable decepción. Mike sigue jugando con las cajas de ritmos, los ruiditos y la electrónica supuestamente bailable, tratando de encontrar el hit perfecto que pete la noche en Marina d’Or. ¿Se ha olvidado nuestro hombre de componer o interpretar como Dios manda? No del todo. La inicial «The Soul Singer», la adaptación del tradicional «Low Down in the Broom» y la curiosa versión del «Why Should I Love You?» de Kate Bush salvan mínimamente los trastos, pero el resto se mueve entre lo insustancial y lo directamente denunciable («The Golden Work», ¿en serio?). Si le añadimos que el experimento “hablado” de «Piper at the Gates of Dawn» en el disco anterior, lo repite aquí por sextuplicado, la experiencia final acaba por resultar casi irritante.

 

12.- UNIVERSAL HALL (2003, Puck Records)

El octavo disco de The Waterboys no es un mal trabajo, aclaremos: podríamos, en realidad, calificarlo de modesto, agradable y funcional (trad. moderadamente aburrido). En su momento supuso un retorno al folk rock, derivado en parte del retorno de Steve Wickham, ausente de la banda desde hacía trece años. Con su violín y el piano de Richard Naiff como base, Scott entregó una colección de canciones mayormente acústicas, tan bonitas como discretas. Grabado durante uno de sus periodos más “espirituales”, el pegote dance de «Seek The Light» no solo afea el conjunto, sino que inaugura una faceta en su música que, años después, devendrá plaga.

 

 

11.- WHERE THE ACTION IS (2019, Cooking Vinyl)

De la terna entregada en el último lustro, este es sin duda el disco más decente. Tanto el tema que titula el álbum (autorobándose el riff de «Long Strange Golden Road»), el homenaje a Mick Jones en «London Mick» o ese bonito ejercicio de nostalgia que es «Ladbroke Grove Symphony» son canciones dignas de su legado. De hecho, los seis primeros temas dan la talla de sobras, hasta que de nuevo le da la pájara en una segunda mitad absolutamente olvidable, remontada solo a medias por los casi diez minutos de recitado (un pasaje de El Viento en Los Sauces) sobre fondo instrumental. Curioso, pero en ningún caso memorable.

 

 

10.- BOOK OF LIGHTNING (2007, W14 Music / Universal)

Pese a significar -cualitativamente hablando- un pequeño paso adelante respecto a Universal Hall, su predecesor, Mike sigue sin encontrar la tecla de las grandes canciones. De nuevo un álbum correcto y poco más, fondo de armario para el fan que -eso sí- sabrá detectar los destellos de rigor, caso de «She Tried to Hold Me» y, muy especialmente, esa joya titulada «Everybody Takes a Tumble». Único single del álbum, su origen se remonta a 1986, cuando Scott acababa de mudarse a Dublín. Y así, como salida de los surcos de Fisherman’s Blues, la canción emerge triunfante entre el resto de temas.

 

 

9.-   DREAM HARDER (Geffen, 1993)

Cambio de tercio tras la etapa irlandesa. Scott viaja a Nueva York, se rodea de músicos de sesión yankis y ficha por Geffen para grabar un disco de sonido guitarrero y ampuloso, lejos de sus primeros y mejores logros, aunque con momentos apreciables: tanto «Glastonbury Song» como «The Return of Pan», los dos singles del álbum, siguen sonando frescos hoy día. El resto no maravilla, pero se escucha con agrado. Tras su edición los Waterboys quedarían aparcados durante casi siete años en favor de una etapa “en solitario” que dejaría dos espléndidos, reivindicables trabajos.

 

 

8.-   ROOM TO ROAM (Ensign, 1990)

Segunda y más discreta parte de su obra maestra dos años antes, Room to Roam podríamos decir que ejerce-visto en perspectiva- como coda de aquella. Nada menos que diecisiete canciones grabadas de nuevo en Spiddal House, con el mismo y libérrimo espíritu de comuna musical que les caracterizó en ese periodo. Las referencias literarias de rigor (George MacDonald, C.S. Lewis), apropiación de baladas del XVIII («The Raggle Taggle Gypsy») y un buen puñado de originales, de entre los que destacan «A Life of Sundays», «How Long Will I Love You?» y sobre todo la preciosa «A Man is in Love» para un álbum campestre y luminoso, repleto de buenas vibraciones.

 

 

7.-   A ROCK IN THE WEARY LAND (RCA, 2000)

Pensado inicialmente como tercera entrega a su nombre, un contrato con BMG una vez terminado le animó a resucitar el nombre de la banda e inaugurar el siglo con un estupendo pelotazo. Para ello echó mano del majestuoso sonido desplegado en Still Burning, lo salseó con aderezos alternativos (en su punto, sin abusar) y nos lo entregó emplatado en bocados tan apetitosos como «Let It Happen», «We Are Jonah», «Dumbing Down the World» o «My Love Is My Rock in the Weary Land». Un disco de “sonic rock”, en pomposa definición del propio Scott, para un regreso que -en el fondo- no era tal.

 

 

6.-   AN APPOINTMENT WITH MR. YEATS (Proper, 2011)

William Butler Yeats siempre fue una influencia para Scott, y antes de este disco ya habían sido varias las ocasiones en que el autor irlandés había sido adaptado por este: «The Stolen Child», «Love and Death»…pero de momento todavía no se había atrevido con un disco entero musicando sus poemas. Una idea nacida veinte años atrás, durante un concierto colectivo de tributo a Yeats en el Abbey Theatre y que ahora, con Scott instalado por segunda vez en Dublín, tomaba finalmente cuerpo. El resultado, preciso y a la vez espontáneo, funciona a la perfección tanto en el plano musical como en la hibridación de este con el lírico. Notable muy, muy alto.

 

 

5.-   A PAGAN PLACE (Ensign / Island, 1984)

El título de una novela de la escritora irlandesa Edna O’Brien sirvió a su vez para titular la segunda andanada de The Waterboys, editada apenas un año después de su debut (en realidad empezó a grabarse cuando este todavía no había salido a la calle). Con Karl Wallinger a bordo, la banda vuelve a producir futuros clásicos de su repertorio («Church Not Made With Hands», «All The Things She Gave Me», «Red Army Blues») al tiempo que sella denominación de origen a su propio sonido: ese rock épico y espiritual, dramático y grandilocuente, acrisolado en «The Big Music», single de verso revelador: I have heard the big music, and I’ll never be the same…

 

 

4.- MODERN BLUES (Harlequin and Clown, 2015)

Si el disco dedicado a Yeats ya había dado sobradas muestras de renovada inspiración, con el siguiente el puñetazo en la mesa fue definitivo. Nueve canciones de rock clásico, casi añejo y al mismo tiempo atemporal, gestadas y paridas en su mayoría entre las paredes de los míticos Sound Emporium de Nashville. Tocando diversos palos, tocándolos todos bien y rematando la faena con los diez minutos de esa maravilla que es «Long Strange Golden Road» y su inconfundible lírica dylaniana (el de Duluth, eterna referencia del escocés). Un disco de madurez en el que suenan absolutamente rejuvenecidos. Una gozada.

 

 

 

3.- THE WATERBOYS (Ensign / Island, 1983)

Descontento con el sonido de Funhouse, su grupo por entonces, un joven Mike Scott decide registrar por su cuenta unas canciones que tiene en cartera. Satisfecho del resultado y animado por Ensign, el sello de la banda, para que considerara montárselo por su cuenta, Mike le birla dos músicos a su compadre Nikki Sudden. Con Anthony Thistlethwaite y Kevin Wilkinson graban nuevos temas hasta completar el que sería el debut de los Waterboys. Precedido por el single «A Girl Called Johnny», imperecedero homenaje a Patti Smith, el álbum saldría a la venta en julio de 1983 presentando en sociedad un sonido que, sin esconder sus referencias, con canciones como «December», «The Girl in the Swing» o «Savage Earth Heart» ya apuntaba a propio.

 

 

2.- FISHERMAN’S BLUES (Ensign / Chrysalis 1988)

“Empezamos a grabar nuestro cuarto álbum a principios de 1986 y lo completamos cien canciones y dos años después”. Así resumía Scott el proceso que daría como resultado uno de sus discos más celebrados, en unas sesiones que se iniciaron en el Windmill Lane Studio de Dublín y se prolongaron cuando nuestro hombre se mudó a Galway, llevándose con él a la banda. Junto a Steve Wickham, su mano derecha a partir de entonces, las jornadas en Spiddal House le vieron abandonar la senda transitada hasta entonces en favor de la música tradicional escocesa e irlandesa, dejando para la Historia un trabajo prácticamente perfecto, con la canción que lo titula convirtiéndose en clásico instantáneo.

 

 

1.-   THIS IS THE SEA (Ensign / Island, 1985)

Y a la tercera, lo clavaron. Todo lo bueno presentado en sus dos primeros discos eclosionó aquí en un mágico fogonazo de inspiración: «Don’t Bang the Drum», «The Pan Within», «Medicine Bow», «Old England», la propia «This Is the Sea», música que se queda adherida desde la primera escucha, rock elegante y pasional en una época superficialmente vacua. Y por encima de todo ello, definiendo sus postulados con todas y cada una de sus virtudes, «The Whole of the Moon», una de las diez mejores canciones de la década (afirmación no sujeta a debate). El tema, si solo pudiera escogerse uno -y en dura competencia con «Fisherman’s Blues»-, por el que deberían ser siempre recordados.

 

 

Texto: Eloy Pérez

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