Discomático

Ryley Walker – Course in Fable (Husky Pants Records)

Existe una norma no escrita por la cual los artistas suelen afirmar, en un porcentaje elevadísimo de ocasiones, que su último disco es el mejor que han hecho nunca. Siempre el último, el que acaban de grabar, el que están promocionando. Da igual que sea una obra maestra o una puta mierda, siempre es el mejor. Pero en ocasiones esta máxima se cumple, y los escribas de turno lo tenemos más fácil para rellenar espacio.

Y es que el quinto álbum de Ryley Walker (trabajos en colaboración, y no pocos, aparte) es una maravilla de principio a fin: imaginativo, intrincado, pero a la vez fluido e insultantemente maduro para alguien que saltó a la palestra hace apenas un lustro con un segundo disco –Primrose Green (2015)- que ponía al día los postulados del psych folk británico de los sesenta. Desde entonces, y a un ritmo endiablado, empezó a mutar su sonido y sus composiciones, imbuido del post rock, jazzy y vanguardista, que ha sido marca de fábrica de Chicago desde los noventa, ciudad a la que sigue vinculado en términos de inspiración, pese a llevar ya un tiempo instalado en Brooklyn. Sin olvidar nunca, eso sí, seguir indagando en las formas del folk como en el caso de Little Common Twist, su disco de 2019 junto a Charles Rumback. O en su vertiente más radicalmente experimental en el más que reciente Deep Fried Grandeur, una extensa colaboración en directo entre su grupo (dos jams de casi veinte minutos cada una, ándale ahí) y la banda psicodélica nipona Kikagaku Moyo, editado a principios de febrero.

Para su nueva entrega, Walker viajó a finales del año pasado a Portland, a los estudios de John McEntire, uno de los principales valedores de ese sonido de Chicago a través de sus trabajos con gente como Stereolab, Tortoise, The Sea and Cake o Red Krayola. Otorgándole plenos poderes no solo como productor e ingeniero, sino como colaborador musical a todos los efectos, y rodeándose de buena parte de sus músicos habituales (Bill MacKay, Ryan Jewell, Andrew Scott Young) el resultado de las sesiones son estas siete maravillosas canciones, su “disco progresivo” como lo llama medio en coña. Indie prog, podríamos apostillar, si es que eso tiene algún sentido.

Sea como sea y más allá de las cubetas en que queramos archivarlo, Course in Fable es un disco rebosante de ideas y melodías, arreglos preciosistas y diálogos instrumentales absolutamente magistrales. Y sí, a la espera del siguiente, que no sería de extrañar que lo supere, de momento este es su mejor disco. Un diez en una discografía de sobresalientes.

 

Eloy Pérez

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