Encuentros — 11 octubre, 2018 at 12:15

Gabienete Caligari, rock torero y casticismo romántico

(Foto: Domingo J. Casas)

El próximo día 19 de octubre Jaime Urrutia vuelve a Barcelona en un concierto muy especial. A escasos meses de la preciosa y completa reedición por el 30 aniversario de Camino Soria, este concierto se convierte en una celebración. Y aunque Urrutia nunca ha abusado de su legado y se ha reconvertido con una carrera propia y personal cargada de grandes temas, nunca falta el recuerdo a esos años mozos. Será en la Sala Luz de Gas, y aprovechamos la ocasión para reecuperar esta completísima entrevista donde repasa a conciencia su trayectoria y que publicábamos en la revista el pasado mes de marzo.

Todas las bandas son hijas de su época, ya sea por filiación o por reacción, pero unas lo son más que otras. Y Gabinete Caligari no podrían haber surgido más que en Madrid durante los años 80. Buena parte de las características que les definieron pertenecían a un tiempo, a un marco geográfico y a una mentalidad que no podía haberse dado en otro instante y en otro lugar. Otras, como la actitud altanera que ofrecían como imagen de marca, les pertenecen por completo, y ayudaron a configurar no sólo una banda que seguía los dictados de su época, sino una que los imponía.

Aparecer en el Rock Ola para presentar su primera grabación y comenzar declarando “Somos Gabinete Caligari y somos nazis” es un buen ejemplo de cómo una y otra se conjugaban. Era la Movida, y la estética dominaba. No había lugar para ideas fuerte, ni para esa realidad de los barrios que habían dominado de una forma u otra en la música de la década anterior. Pero sí para la imagen, la provocación y la ruptura estética. La forma en que Gabinete utilizó estos recursos fue siempre la misma: epatar, llamar la atención, dar una vuelta de tuerca inesperada. Estilística y temáticamente, así fue, al menos hasta “Camino Soria”. Del post punk siniestro y filofascista de sus primeros singles, como canciones como “Olor a carne quemada” o “Cómo perdimos Berlín”, hasta el poder melódico “La fuerza de la costumbre”, cruzaron varias fronteras, como la del rock torero, o la querencia por lo castizo, o el romanticismo que late en “Cuatro Rosas”, que se explican únicamente por ese deseo de ir dando saltos inesperados para la escena, para sus oyentes y para sí mismos.

También fueron muy de los 80 en lo que se refiere a su trayectoria profesional. Nacida como una banda con escasas pretensiones, de esas que surgían, grababan un par de discos, se lo pasaban bien y desaparecían, terminaron por llenar Las Ventas; pasaron de montar una discográfica independiente y minúscula, Tres Cipreses, en un instante en que tales empresas eran inexistentes en España, a llegar a lo más alto de los 40 principales apoyados por una multi; de relacionarse con sus instrumentos como mero hobby, hasta hacer de ellos una profesión; de componer canciones oscuras para un nicho estilístico a crear hits para las masas. En realidad, ese recorrido fue común en los 80, aquí y fuera, y si no que se le pregunten a los Cure o a U2.

En España, según cuenta Sabino Méndez, hubo un factor especial. Cuando las multinacionales comenzaron a comprar las discográficas españolas, en ese proceso de concentración que no ha parado hasta hoy, se encontraron con un pequeño problema: la emisora que hacía los éxitos de masas en España, los 40 principales, exigía peaje en forma de inversión y de derechos editoriales a cambio de que los discos de un sello se radiasen profusamente. Según explica Méndez, las multinacionales se negaron, y la cadena decidió mantener el pulso. La guerra se demoró, y la radio decidió dar una lección a las multis rebeldes: decidieron programar nuevos grupos españoles y convertirlos en populares, como forma de demostrar quién tenía el poder en la música española. Esa confrontación supuso una oportunidad enorme para los grupos de la movida, porque fue lo que permitió que Loquillo, Gabinete, Nacha Pop o Radio Futura, entre muchos otros, salieran de los circuitos alternativos para alcanzar un público mucho mayor.

Pero junto con todos estos factores, queda lo esencial, las canciones. Gabinete no fueron sólo esto, también una banda que tenía talento, que sabía componer, y que creó canciones que pertenecen a la historia de la música popular española. “Golpes”, el notable tema con el que se inicia su carrera, pertenecía a esos sonidos oscuros que bebían del post punk, al igual que “Olor a carne quemada”, el ep con tres temas que salió después. Se fueron a la mili, y regresaron con “Que Dios reparta suerte”, un disco a medio camino entre lo que habían sido y lo que iban a ser, pero que se conserva bastante bien: los Gabinete también tenían gracia cuando hacían post punk. Es posible que sus autores menosprecien esta época, y quizá musicalmente no sea más que la adaptación juvenil de los sonidos en los que otros trabajaban, pero eran una banda con estilo y empaque, e incluso en sus obras menos personales lo dejaban sentir. En las letras había menos clichés y se atrevían con nuevas temáticas, más nacionales, como la canción que da título al álbum “Sangre española” o “Gresca gitana”. E incorporan un nuevo imaginario seudo político, desde los masones hasta la revolución bolchevique, quizá para hacer notar que su capacidad para recrear las grandes ideologías del pasado no se agotaban en los tópicos nazis. El resultado fue un disco que probablemente fuese más entendido en Madrid que en cualquier otro lugar de España.

El siguiente paso sí supuso un punto y aparte, porque “Cuatro Rosas” demostraba que había un grupo hecho, cuajado, que había encontrado su sonido. Sólo seis canciones, pero con un estilo compacto, con energía, sutileza, y chulería, que alternaba lo que hoy sería visto como incorrección política en “Tango”, el romanticismo de “Más dura será la caída”, y el empuje rockero de “Haciendo el bobo”. Fue su trabajo más redondo.

En 1986 aparece “Al calor del amor en un bar” que, como ellos apuntan, no fue un disco logrado. Hay canciones relevantes, como “malditos refranes”, donde Jaime controla bien las posibilidades de su voz, y el aire castizo tema que da título al álbum, pero es un trabajo irregular, que alterna momentos en los que ofrecen sus posibilidades reales con otros por debajo de lo esperable.

Sin embargo, no puede entenderse Camino Soria (el disco que ahora se reedita) en términos de éxito comercial ni de aprecio crítico si no fuera por todo este trayecto. Con ese álbum ponen la cima a su evolución, trasladando toda lo aprendido a unas cuantas canciones. “La fuerza de la costumbre” suena imponente, “Tócala, Uli” feroz, “La sangre de tu tristeza arrebatadora”, y el tema que da título al disco es lo más cerca que se ha estado en el rock español de una canción de carretera propia.

Camino Soria supone es la cumbre de un trayecto. Después de aquello llegó otro gran éxito, con “La culpa fue del cha cha cha”, y eso fue lo que les mató, al menos artísticamente. Algo que es también muy de su época.

(Foto: Alberto García Alix)

Ruta 66. Tres Cipreses, el sello que montasteis para publicar vuestras canciones, fue importante porque suponía traer aquí la idea de independencia que se estaba poniendo en práctica en aquel instante en el Reino Unido. Lo pusisteis en marcha con Eduardo Benavente, de Parálisis, ¿no?

Jaime Urrutia. Fuimos lo suficientemente lúcidos como para darnos cuenta de que las multinacionales no se iban a interesar por nuestra música, y montamos el sello como acto de rebeldía, pasando de convencionalismos. Fue curioso, porque todas esas compañías que pasaban del rock en aquellos años, en el 87 estaban perdiendo el culo por ficharnos.

Después de una época en la que en vuestra música domina el post punk y en vuestro imaginario el rollo siniestro, os vais a la mili. Eso cambió bastante vuestras canciones.

La mili en aquella época era fundamental en los grupos, porque tenías que parar durante un año. Después de haber pedido prórrogas, como ya estábamos sonando por Radio 3, que tuvo la valentía de programarnos, habíamos tocado en Rock Ola, decidimos que era el momento de hacerla y así no perder la carrera del grupo más adelante. Ferni (el bajista) se libró por excedente de cupo, y Edi (el batería) y yo fuimos desde febrero del 82 hasta el 83 a un cuartel en Hoyo de Encinares, en Madrid. La mili nos cambió muchas cosas. Veníamos del Rock Ola, y allí nos encontramos con chavales que no tenían nada que ver con nosotros. En las emisoras que podíamos escuchar sonaba cualquier cosa, desde soul hasta Los Chichos, mucha música comercial. Esa experiencia transformó bastante nuestra manera de ver las cosas. Cuando volvimos seguíamos siendo una banda con una personalidad muy nuestra, pero ya hacíamos otras cosas. No hay más que ver la portada de nuestro primer lp, “Que Dios reparta suerte”, donde íbamos vestidos de vaqueros, rockabillies, torerillos. Teníamos poco que ver con lo que hacíamos al principio.

“Que Dios reparta suerte” fue un disco de transición. Aparecían canciones más personales, con un imaginario que no era deudor de los grupos ingleses, junto con otras, que entroncaban con lo que habíais hecho hasta ese momento. Lo que no perdíais era vuestro carácter provocador. Recuerdo que en la presentación del lp en Rock Ola dedicasteis “Grado 33” a Franco.

Sí, joder, eso de las dedicatorias nos trajo muchos problemas. Eran otro de nuestros puntos fuertes (sonríe).

En todo caso, en él se deja sentir la evolución estilística, pero también temática.

Sí, era más propio y más personal. Nosotros empezamos acompañando a Eduardo Haro Ibars, tocábamos mientras él recitaba sus poemas. Y nos dijo algo que se me quedó grabado: no te parezcas a nadie, ten mucha personalidad. Y yo no quería parecerme ni a Alaska, ni a los Secretos ni a Nacha Pop. Y lo logramos. Creo que influyó mucho que fuésemos un trío, lo cual hacía las cosas más fáciles. Además, nos llevábamos muy bien. Nos entendíamos. Habíamos estudiado carreras similares y coincidíamos en la forma de ver la vida.

Recuerdo que Diego Manrique salió a defenderos celebrando que utilizaseis material para vuestras canciones que tuviera mucho más que ver con lo de aquí que con lo importado.

Cuando empezábamos, copiábamos a los Cure. Era una forma de salir. En el fondo, yo conocía a los Joy Division sólo un año antes, y hasta entonces, la música que había escuchado eran Bob Dylan, los Beatles, los Stones, que era lo que me gustaba. Joy Division estaban muy bien, y lo siguen estando, pero era una moda. Nos duró hasta “Cuatro Rosas”, que fue el disco en el que sacamos la música que de verdad nos apetecía hacer. “Olor a carne quemada” es una buena canción, pero tampoco deseaba escribir sobre la muerte de un tío en la silla eléctrica. En aquella época hicimos bastantes bolos, y lo que fue aflorando, las raíces que estaban ahí, eran los Stones y toda esa clase de música.

En la época de “Que Dios reparta suerte” también se produce la venta de vuestro sello, Tres Cipreses a Dro, tras la quiebra de Pancoca, la distribuidora de la música independiente de la nueva ola.

El sello lo empezamos porque Eduardo Benavente nos lo comentó. Un hermano mío puso dinero, también Eduardo y un amigo suyo. Lo hacíamos todo. En la época de la mili, fue Ferni, quien se dedicaba a ir correos, a ensobrar, a todo. Cuando quiebra Pancoca llegamos a un acuerdo con Servando Carballar para que ellos distribuyeran los discos. El negocio se estaba haciendo más grande. En realidad, la figura de Servando fue fundamental para Gabinete, porque creyó mucho en nosotros. Nos dio confianza para grabar con ellos, y creo que se la devolvimos con creces.

Después llegó “Cuatro Rosas”, que es quizá vuestro trabajo más redondo. Tiene unidad, las canciones son buenas, tocáis distintos palos sin perder vuestra personalidad….

En aquella época se puso de moda el mini lp, después del éxito de Golpes Bajos con “No mires a los ojos de la gente”. A Dro le venía bien que lo hiciéramos, porque era todo más fácil y había que poner la mitad de presupuesto. Con ese disco hablamos sobre lo que queríamos hacer y nos quitamos todos los prejuicios. Fuimos hacia todo aquello que nos dio pie para montar el grupo, por eso las canciones se parecían más a Dylan o a los Stones. Lo que ocurre es que tuvimos la suerte de tener una producción muy fina, el disco suena muy bien hoy. Los discos anteriores los habíamos grabado en los estudios Doublewtronics, y Jesús Gómez, cuando oyó las canciones nos dijo, “esto lo puedo bordar”. Él se encontró muy a gusto con el nuevo planteamiento del grupo. Lo pusimos como coproducido, pero de botones no teníamos ni idea, está claro que Jesús puso todo lo que sabía. Grabamos el disco en octubre del 84 y salió en el 85, unos meses después. Eran seis canciones que teníamos ensayadas, que iban desde “Caray”, que tiene un poco que ver con el Rockabilly hasta “Cuatro Rosas”, que es más liviana. No sabíamos bien lo que hacíamos, pero una vez grabado vimos que el disco cogía cohesión y que, modestia aparte, empezaba a verse cierto talento.

(Foto: Domingo J. Casas)

El siguiente álbum, “Al calor del amor en un bar”, supone la consagración comercial de la banda. Se extraen varios sencillos, la canción que da título al disco se convierte en un éxito. Es vuestro salto.

Sin embargo, en el grupo le tenemos cierta manía, porque a nivel de sonido no nos gustó nada. Dimos un paso atrás. Es cierto que el lp tuvo mucha repercusión, que nos hizo famosos, pero salvo “Al calor del amor” y un par de canciones más, como “Malditos refranes”, no había temas tan inspirados. Le falta unidad. Fue un disco de paso, que nos lanzó definitivamente al público de las radios de masas, pero como álbum no nos gustó mucho.

Quizá sois demasiado duros. Hay temas logrados, se ve una evolución como banda, vais creciendo, y se nota en el disco.

Jesús Gómez, nuestro productor, quiso experimentar en ese disco con la batería electrónica, que se había puesto de moda. A nosotros no nos gustaba nada, y a Edi menos. Pero nos lo hizo tragar. Aunque no está en los diez temas, nos la hizo tragar, y ahí tuvimos problemas con él… En todos los discos hay temas que salvas, y en este también, pero no nos sentimos satisfechos.

¿Cómo fue la historia con Eurovisión?

Con el éxito de “Al calor del amor”, nos llamaron de TVE. Tenían que elegir representante para Eurovisión, y ese año querían llevar un grupo diferente, como representando a la movida, por eso de dar un aire de modernidad. La edición se celebraba en Noruega. La decisión se tenía que tomar entre tres grupos. Al final eligieron a Cadillac, el grupo de José María Guzmán, que no tenía nada que ver con la Movida. No salió muy bien, creo que se equivocaron. Hemos pensado muchas veces qué hubiera sido de nuestra carrera si nos hubieran llevado a Eurovisión. Supongo que habría sido muy distinta. Seguramente habría sido contraproducente, aunque vete a saber.

Ese es vuestro último trabajo con Dro. El éxito os había catapultado, y las multinacionales os pretendían. Pero eran también los tiempos en que los contratos tenían algunas cláusulas peculiares y que alguna radio exigía que se cedieran derechos de las canciones para que sonaran en sus radiofórmulas.

Cuando entramos a grabar “Camino Soria” éramos un grupo de Dro, y cuando salimos nos había fichado Emi. El mes de julio fuimos a firmar. En el contrato quedaba claro, y lo sabíamos, que el 50% de la autoría de las canciones se lo llevaba la compañía editorial. A finales de los 90 esos contratos leoninos ya se habían dejado de hacer, pero en aquel entonces eran habituales. Pito, nuestro mánager, nos avisó de que así sería. A día de hoy, se llevan más pasta que yo por cada canción. Pero era lo que había entonces. Lo único bueno fue que cuatro de nuestras canciones fueron números uno de los 40 principales, lo que fue clave.

En todo caso, estaba claro que la música ya no era un pasatiempo para vosotros, que iba a ser vuestra forma de vida.

En el 86 hicimos unos 80 bolos. Antes de eso, había algunas dudas, porque éramos un grupo de amigos que queríamos pasarlo bien. Pensábamos que daríamos unos cuantos conciertos en Rock Ola, que sacaríamos un par de discos y ya. Nunca pensamos que íbamos a dedicarnos a la música, suponíamos que lo haríamos un tiempo y luego buscaríamos curro en nuestras carreras. Pero con “Al calor del amor” ya teníamos claro que viviríamos de ello.

“Camino Soria” debía ser el disco de vuestra consagración. Habíais seguido una trayectoria ascendente en lo profesional, habíais aprendido a tocar mucho mejor, estabais en la madurez como banda. Y acababais de fichar por una multi. Era el momento.

Sí. Todo pareció conjurarse para que “Camino Soria” saliera bien. Servando, viendo que habíamos estado tocando todo el verano y que el disco había ido muy bien, nos insistió en que deberíamos entrar en el estudio para hacer un nuevo disco. En aquel momento, me había dejado una mujer de la que estaba muy enamorado, y además, murió Ulises Montero, que era alguien muy importante para nosotros. Yo andaba en estado de melancolía. Pero ya sabía por dónde moverme a la hora de componer. Me sentía muy seguro, y cualquier cosa que me salía era buena. Me dio por escuchar a Sinatra, y de ahí salió “Suite Nupcial”. Escuchaba a la Motown y salía otra cosa. Esa mezcla de estilos funcionó bien y en el disco se nota. Fue todo muy rodado. Hicimos una maqueta en la que las canciones no tenían letra definitiva, puso ser en marzo del 87, que también nos ayudó mucho. Y además estaba con nosotros Esteban Hirchsfeld, que había tocado con los Mockers, que tenía mucha experiencia con el Hammond, que era arreglista, y que sabía solfeo. Ninguno de nosotros sabía solfeo. Su entrada fue un paso de nivel y se nota en la música del grupo, porque nos iba guiando (este acorde se llama así, etc.) y trabajábamos más profesionalmente. Todo eso se nota.

Has mencionado la muerte de Ulises Montero, a quien dedicáis en el disco “Tócala Uli”. ¿Por qué era tan importante para vosotros?

Ulises murió en diciembre del 86, nueve meses antes de grabar el disco. Aunque no llegó a ser miembro oficial de la banda (siempre fuimos los tres solos) hicimos muchas galas con él y se integró perfectamente. Era el clásico chuleta, siempre iba muy guapo. Ulises era como fumar, como la Mahou, como el mundillo macarra madrileño. Nos enseñó muchas cosas, pero sobre todo su actitud. Musicalmente menos, porque ya estaba muy enganchado a las drogas, pero conceptualmente, como forma de encarar la vida, era nuestro hermano mayor. Su muerte fue un palo muy gordo.

También Eduardo Haro Ibars aparece por “Camino Soria”. Eduardo era una figura importante: poeta, ensayista, activista político, bisexual, consumidor de drogas varias… Ya habíais interpretado alguna letra suya en vuestro primer disco, “Pérdidas blancas” y aquí lo hacéis con “Pecados más dulces que zapatos de raso”.

En el 86 ya no teníamos contacto con él, pero salía con una chica, de nombre Nieves, cuya madre había sido novia de Eduardo. Nos contó que tenía un poema que le había dedicado cuando salieron. Nos lo enseñó, me gustó, porque era como los siete pecados capitales aplicados a la pasión amorosa, y lo adaptamos. La verdad es que me lo curré bastante. Ahora, con la reedición, volví a leer el poema, que viene reproducido en el libro que acompaña al disco. Cuando salió “Camino Soria” conseguí su teléfono. Le llamé para decirle que lo íbamos a sacar. Sabía que me iba a dar su permiso, pero quería contárselo, y que supiera que se lo firmábamos. En aquel entonces, estaba bastante mal (murió en el 88). Me dijo que sí y me quedé tranquilo.

¿Qué factores crees que influyeron para que “Camino Soria” representase de una forma tan precisa lo que erais?

Muchas cosas. La producción, por supuesto. Que era el momento álgido del grupo. Que todo fue súper bien en la grabación, porque sabíamos lo que teníamos que hacer. Había muy bueno rollo entre los tres. Salíamos mucho por las noches, el grupo estaba muy unido. Después fue de otra manera, cada uno salía por su lado, pero entonces hablábamos mucho, quedábamos muy a menudo. Eso hacía que las cosas fueran mucho más fáciles.

El título del disco era significativo. En el rock oíamos hablar a menudo de camino Memphis, o California, a Nueva York. Lo de Soria fue un punto.

Teníamos la sensación de que hablar de Soria era como dar en el clavo. Mecano hablaban de Nueva York, estaba el Lobo hombre en París… ¿Por qué no hablar de Soria, en el coño del mundo? Estaba lo de Becquer y Machado, el rollo de la soledad… Pensamos, “con esto de Soria o epatamos o nos vamos a la mierda”. Y no era camino a Soria, sino Camino Soria. Aquellos fueron momentos muy mágicos.

¿Hay alguna canción que te llame la atención del disco 30 años después?

Hay una que dejamos de tocar, “Como un pez”. Solo la tocamos en la gira de presentación. Es una canción jodida, con muchos acordes, con bandoneón. O “La fuerza de la costumbre”, que tiene unos arreglos diferentes. Hoy me resulta difícil cantarla, porque con 30 años más, el tono me llega peor, pero es un tema que aporta mucho. Lo podrían haber cantado Rafael o Bunbury. Qué más quisiera (sonríe).

Con todo el éxito que tuvisteis, con la influencia que generasteis, es raro que no contéis hoy con más reconocimiento.

Gabinete fuimos un grupo raro. Había cierto resquemor con nosotros, no sé si porque dije al principio que éramos fachas, o porque éramos demasiado retorcidos, no sé. En el fondo me gusta ese punto maldito. Nunca fuimos el clásico grupo sonriente, de esos que eran adorados por las chicas. Íbamos siempre con cara de mala hostia. Pero en fin, cuando nos muramos, quedarán las canciones. O eso es lo que pienso románticamente.

Texto: Esteban Hernández

 

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