Artículos — 4 enero, 2018 at 10:35

Diario de grabación del disco Almería Gone Guy de Mario Cobo (Parte 2)

Segunda y última parte del diario de grabación de lo nuevo de Mario Cobo, muy pronto a la venta a través de Sleazy Records.

Día 5

 

Regresamos al estudio y retomamos la instrumental en donde la dejamos anoche. Lo primero que hemos grabado es la base, bajo y batería. Mario ha dejado que sea Alfonso el que añada una guitarra rítmica. Y el mismo Alfonso le está añadiendo en este momento un contrabajo extra para sumarlo al bajo. Está quedando cojonuda. Contundente. Mario ha empezado a grabar guitarras. Y Iuli ya ha llegado y se ha puesto a hacer fotos. Tercer tema, listo de momento. Empezamos a ver por encima el cuarto, el último. Mario nos enseña la letra y en ella juega con algo muy curioso que en poesía se llama, dentro de los fenómenos semánticos, “equívoco”. Consiste en un juego de palabras que difiere de lo que el lector/oyente escucha y lo que el autor escribe/dice al aprovechar el uso polisémico de algunas palabras o en este caso fonemas. Usaré como ejemplo la propia letra de Mario a la que precisamente ahora mismo le está haciendo los últimos retoques. El primer verso reza de la siguiente manera: tired of drinkin in bars alone; bars alone es fonéticamente idéntico a Barcelone.

Practicamos en la salita de descanso con la guitarra acústica, el contrabajo y un pad de caja. La fotógrafa nos filma. Con las ideas claras sobre este último tema nos metemos en la cabina del estudio, buscamos la velocidad para que Alberto lance la claqueta, y la lanza. Primeros problemas. Hemos de subir la velocidad. Parece que funciona si ponemos la nota negra a 162. Acaba en 164. Mis fills, a priori sencillos, tienen una subdivisión a corcheas pero éstas, inconscientemente, las abro, las swingueo. En términos  técnicos convierto las corcheas en tresillos, queda claro que sin la nota de en medio. No nos sirve. Hacemos otra toma. ¡Tampoco! Este es un vicio adquirido de los más frecuentes hasta tal punto que en infinidad de partituras, más aún en transcripciones de jazz como por ejemplo en la que hace Glenn Davis  sobre el Monopoly de Philly Joe Jones, se suele indicar la intencionalidad con la que se deben tocar las corcheas, swingueadas o no. Alfonso, y por la hora que es, propone que lo dejemos, que nos vayamos a comer. Mario y yo insistimos. Esto tiene que salir por cojones. Vayamos a hacer otra. Es inútil. No sale. Lo dejamos de momento. Para más inri se acaba de producir el primer accidente de la grabación. Resulta que la sala de descanso dispone de una cafetera de cápsulas con sus vasos de plástico y sus cucharitas. He colocado un vasito en el dispensador y una capsulita en su respectivo habitáculo. Y le di al On. El error es que he dado por hecho que el agua se pararía sola en su justa medida. Pues no. Cuando me he dado cuenta ya era demasiado tarde. Ahora estamos recogiendo café de la mesa, del suelo e incluso de la cortina. En definitiva, he puesto todo perdido de café. Un auténtico destrozo.

Antes de comer toca sesión de fotos en grupo e individual. Así que tras adecentarnos después de la intensa mañana nos disponemos a acatar las órdenes de Ilui. Iluliana Dragoi tiene bastante experiencia en esto. Esta rumana con dos lagunas de apacible azul por ojos y con un corazón apuñalado en el hombro, y que reside en España desde los catorce años, empezó a hacerse famosa en la sala de conciertos El tren, aquí en Granada. Ha fotografiado por cientos de escenarios de la geografía a grupos como Hamlet, Fausto Taranto o Dani Martín. ¡Tú mira para allí! ¡Tú al frente! ¡Y tú enciéndete un cigarro! En un abrir y cerrar de ojos ya logra unas fotos que a pesar que aún les queda el proceso de tratarlas tienen muy buena pinta.

Durante la comida, abundante por estas lides, no hemos hablado en absoluto de la grabación sino de actualidad, de lo que se está gestando en Catalunya. A veces me entran ganas de romper algo. Por otra parte me estoy abstrayendo. Mi memoria está buscando por entre las desordenadas trampas de su almacén una que me sirva para cuadrar el tema sin que mis corcheas se abran. De vuelta al estudio me encierro un momento  yo solo con la batería. Quiero poner en práctica lo que he estado meditando durante la comida.

—Ya lo tengo, creo —Insto a Alfonso a que me acompañe con el contrabajo.

Él mismo comprueba que efectivamente ya me he hecho con el ritmo.

—Alberto ¡graba! —ordena a su paisano que acaba de regresar de comer y se encuentra siempre atento en la mesa de mezclas con tal que no se le escape nada.

Y en un plis plas hemos grabado la pista entera. Me estoy refiriendo a la base rítmica, claro. Como comprenderá el lector no desvelaré la trampa a la que he recurrido porque las trampas en sí mismas son una consecuencia de la propia experiencia y cada músico carga con la suya. El título provisional es Almeria son of a gun pero acabará siendo Almería gone guy. Mario, que aún no se había incorporado, se ha sorprendido gratamente al ver que ya está grabada y que además la hemos dado por válida. La hemos escuchado los tres en la cabina, Alfonso y yo hemos regresado al estudio para arreglar un par de notas a destiempo por aquello de ser tiquismiquis y concluimos que lo hemos conseguido. Nos fundimos en un abrazo. Es un temazo. Uno de los secretos de esta grabación y del resultado que prevemos, dejando a un lado la calidad de las composiciones,  está siendo precisamente éste, aparcamos a un lado cualquier tipo de tensión. En una grabación del nivel que nos estamos exigiendo es fundamental que impere el buen rollo. Es el turno de Mario. Coge su Raimundo (Dreadnought Custom), se sienta tranquilo en un taburete como quien se sabe dominante de su oficio y la graba del tirón. Ha quedado completamente ligada. Mario hace ya tiempo que apuesta por las marcas nacionales y opina que en muchos casos no tienen nada que envidiar a las extranjeras. Guitarras Raimundo también apuesta por Mario y lo ha hecho endorser de la marca con esta acústica de pino y palo santo y con la Bossanova 2, una guitarra clásica construida a partir de cedro y nogal y que aún no se la he podido ver tocar. Ahora ha cogido su Telecaster, la ha enchufado a su Bill Skull y se dispone a grabar. Y esta vez lo hace de pie. En la última escucha del tema, ya está grabado todo lo instrumental, me he percatado de una pequeña nota en la caja que me ha quedado pelín desplazada provocando ello un feo mordente con el contrabajo, inaudible apenas pero, yo sé que el fallo está ahí y eso es suficiente. Lo arreglamos. ¡Ya está!

Mario está grabando las voces de los cuatro temas. Lo escucho desde la salita de descanso donde escribo esto. Joder con el tío. Hace años que no grababa con él y su evolución ha sido, vamos, del todo ascendente.

Antes de despedirnos de Alfonso ya que él reside en Granada, le pido que diga algo sobre lo que le ha parecido la grabación, que me dé una perla para el artículo. Transcribo su opinión: “Para mí, la grabación fue muy gratificante. Ambiente excelente, buenos temas, técnicos y músicos y todos con las ideas claras. Hubo lugar para la creación y la experimentación que siempre es divertido. Me ha dejado muy buen sabor de boca, con ganas de repetir pronto.”

Ponemos rumbo a Vera, y rapidito. Queremos llegar antes que nos cierre un restaurante italiano que según Mario hacen unas pizzas que te cagas. Y por hoy se acabó el rock´n´roll. Es hora de escuchar un directo de Green Day.

No haría falta ni el alumbrado artificial de la autopista. ¡Qué luna llena! Quiero fotografiarla y Mario dice que es imposible. Que hay fenómenos que no se pueden fotografiar. Es como si esta noche la luna, confieso que estamos receptivos paisajísticamente hablando, reclamara la atención que se le debe. Como si, y mira, recurriré a otro granadino, a García Montero cuando en su poema Canción luna dice que, es la propia luna la que espera otro modo distinto de mirarla. Respecto a la grabación nos hemos prometido que no la escucharemos en un mínimo de dos días. Que repose.

 

Día 7

 

— ¡Marcos! He incumplido la promesa. He escuchado la grabación —dice Mario mientras ríe, justo cuando me levanto de la siesta.

— Pues yo también la quiero escuchar  —le contesto, también riendo.

El lector de este diario comprobará que me he saltado el día de ayer pero ha sido a propósito ya que como se aleja del objetivo de lo que debiera ser el diario de una grabación y pertenece más al ámbito de la intimidad, de lo familiar, creo oportuno dejarlo fuera. Como curiosidad, que sé que los hay de curiosos, diré que estuvimos paseando por el campo ¡respirando aire puro! Y me permitiré contar una de las muchas anécdotas divertidas. Nos detuvimos en una explanada cercada en cuyo interior se concentraban unas cabritas (o cabras, aunque yo las ví muy pequeñas), y embelesados nos dispusimos a observarlas. También las obsequiamos con ramitas de hinojo que crecían por entre las piedras. En cambio la mala yerba la rechazaban. Lo mejor estaba por venir. ¿Por qué esa no tiene cuernos? ¿Por qué esa es marrón? ¡Porque es un macho! ¡Que va! ¿No ves que no? ¡Mírale debajo! En definitiva, se dio una conversación de besugos entre tres urbanitas  (guiño a Nuria), que saben poco o nada de vida rural, que cualquier foráneo que nos hubiese escuchado estaría riendo todavía. Como nos pasó a nosotros. Incluso más tarde, en la cena, aún nos reíamos como si estuviésemos fumados recordando nuestra cultivada conversación respecto a las dichosas cabras. Lo teníamos que haber grabado. ¿Y si nos hiciéramos youtubers?

Por la tarde. Estamos en el estudio escuchando los temas de la grabación. Están en bruto, tal cual. Solo hemos ajustado un poco los volúmenes. Personalmente me siento enormemente satisfecho y son varios los motivos. Para empezar hace más de cuatro años que no grabo un disco, el último fue el primero de Legacaster and the Hillbilly Trio para El Toro Records, y en la actualidad me dedico a la docencia musical y a la literatura. Es precisamente por esto que el grabar después de tanto tiempo retirado y encima hacerlo con dos músicos profesionales en activo y que juegan en primera división, y que los resultados hayan sido más que óptimos, me enorgullece. Y sé que Mario también.  Hace ya más de tres décadas que lo conozco, a él y a todo su abanico de gesticulaciones. Solo he de observarlo y sé cuando algo le ronda por la cabeza e incluso cuando hay algo que no le acaba de encajar. Él podría decir lo mismo de mí. Además los dos cargamos con el mismo signo zodiacal. Ahora lo contemplo sentado frente al ordenador en su estudio personal. Lleva puestas las wayfarer de ver. Está ausente, dubitativo, concentrado, satisfecho. Tampoco puedo entrar en su mente aunque imagino que adentro suyo y mientras escuchamos la grabación ya la está produciendo mentalmente. Lo dejo solo. Es su momento. ¡Es el momento! Hay que dejar tranquilo al genio.

Día 8

 

Hoy es mi último día por estos parajes. Partiré mañana a primera hora y antes de salir a hacer algo de turismo quiero dejar todo bastante atado de cara a mi regreso. Vuelvo a encender el móvil. Contesto los mails. Tras más de un mes de inactividad profesional dejo encauzada una entrevista con la actriz Sonia Barba para El Ukelele, una reseña literaria sobre el libro Alas de plata de Rubén Olivares para el Ruta 66, y acepto la propuesta de la periodista Alejandra Conejo que consiste en que convivirá 48 horas conmigo con motivo de un documental que mostrará la persona detrás del escritor. Informo de mi inminente vuelta a la activista literaria Teresa Estévez que me habla de un poeta joven que debo conocer, y ultimo los detalles, vía teléfono, de la presentación  para dentro de unos quince días de la novela Luz Oscura de mi compañero de la PAE (Plataforma de adictos a la escritura), Iván Albarracín. Llamo al boss, al Coco, y le digo que este artículo va viento en popa. Me vuelvo a desconectar de todo. Ahora toca playa, selva y desierto. Y que el poema que llevo dentro vaya apareciendo tímidamente como la luz nueva, más aún por la tarde, que están adquiriendo muy poco a poco los naranjos, los jazmines y el frondoso seto de la entrada.

Comemos en Almería tras un reconfortante vermouth que ha aprovechado Mario para darse un chapuzón en la piscina. Yo paso. Prefiero seguir arreglando el mundo con el resto de anfitriones. Tras la obligada siesta y el café acordamos ir a visitar el Cortijo del Fraile que se encuentra dentro del parque natural del Cabo de Gata-Níjar, entiéndase, el escenario real donde se produjo el crimen que inspiró a Lorca su Bodas de sangre; siendo justos, aunque difícil puesto que la sombra de Lorca es alargada, añadir que la escritora almeriense Carmen de Burgos también se inspiró en los mismos hechos para escribir su Puñal de claveles. Lo interesante de la improvisada excursión es que para llegar al sitio hemos de pasar necesariamente por  Los Albaricoques, pueblo donde hace más de cincuenta años se rodaron escenas de El Bueno, el feo y el malo. El propio cortijo, que lo hemos encontrado completamente arruinado, también aparece en la cinta cuando Tuco el feo, interpretado por el genial Eli Wallach, lleva hasta allí a un malherido Rubio el Bueno, o sea ¡Clint! Un fraile los atiende y el feo le lanza la sentenciosa frase: “Por si no lo sabes, Dios está con nosotros porque él también odia a los yanquis.” Conforme nos acercábamos al desierto, una de las zonas más áridas de Europa, nos iban recibiendo a cada lado y en fila las pitas o Agave americana, planta del desierto originaria de méxico y de cuyo interior crece un tallo que a media altura florece y que le otorga esa popularísima imagen tantas veces vista en las películas. Tan solo florece una vez y luego muere. En mi mente suena El éxtasis del oro (The ecstasy of gold), de Morricone. No sé silbar.

A la vez que regresamos voy preguntando el nombre de las flores y las plantas que nos salen al paso como el caso de la bignonia de cítricos colores y con forma de bombarda desinflada. Esta flor sortea las rejas y muros de las casas colindantes como dando la bienvenida al viajero, como besándole. Y aunque es inútil escrutar tan alto cielo, como bien dice el epigrama de Montalbán, inútil cosmonauta el que no sabe el nombre de las cosas que le ignoran…

 

Día 9

 

            Son las siete de la mañana. Vamos en coche rumbo a la estación de Lorca-Sinuella donde aparecí hace poco más de una semana vestido de negro riguroso y donde vuelvo con alivio de luto. Durante el trayecto Mario y yo vamos conversando, planes aparte, sobre la grabación. Me confiesa que está contento. Está pensando en llamar a Lucas Albadejo, compañero suyo en Loquillo, para que le añada un piano y un Rhodes a More than water que es como finalmente se titulará la balada. También es posible que le añada unos coros femeninos. Y que quizá le faltaría algo de percusión a La noche americana. También examinará verso por verso todas las letras junto a Ben Rowdon, coautor de las mismas y figura indispensable en la carrera musical de Mario. Su cabeza no para de trabajar. Llegamos y aún es de noche. Saco mi maletón del maletero y el pensamiento rememora, para contradecirlo, unos versos no escritos hace mucho porque ya no regreso sin el lustre que la maleta ha ido perdiendo de tanto golpearse escaleras abajo sino que simplemente regreso. Y a pesar que el destino, en este caso Barcelona, de tan usado ha perdido hasta la gracia y que but I always take the long way home… ocho horas de tren dan para mucho.

 

Texto: Marco Antonio López Vilaplana

Fotografía: Iulana Dragoi

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: