Encuentros

Chris Spedding, todavía disparando balas de plata

Y sin errar nunca el tiro. Es uno de los mejores y más versátiles guitarristas de la historia del rock. Sin innecesarios virtuosismos, los sonidos emitidos por sus seis cuerdas están al servicio de la canción, y no al contrario.

Algo que parece de Perogrullo y acaba convertido en serio problema, en muchas ocasiones. Con él no hay peligro: el listado de artistas de renombre con los que ha grabado es prácticamente infinita, y en Ruta 66 ya nos hicimos eco de su nueva aventura junto a Sulo, el incombustible voceras de Diamond Dogs. Funcionan bajo el nombre de Piggyback Riders, y se pasearán por nuestro país en octubre: el 25 en La Gramola (Orihuela), el 26 en 16 Toneladas (Valencia), el 27 en Rocksound (Barcelona), el 28 en La Casa del Loco (Zaragoza) y el 29 en Fun House (Madrid).

La noticia, y la escucha de su disco, precipita al seguidor de largo recorrido de este hombre hacia el espacio de la estantería donde atesora sus discos, los acreditados a su nombre y los ajenos que esconden en sus surcos notas maestras. Servidor ha pasado recientemente por ello. Lo siguiente que se ocurre es contactar con él para que intente explicar con palabras cómo se consigue trabajar para una constelación de estrellas (de John Cale, Harry Nilsson, Paul McCartney y Tom Waits, a fenómenos de la era punk como Sex Pistols, Vibrators o Nina Hagen) y sobrevivir intacto. Le pillamos en plena gira como guardaespaldas de Bryan Ferry, y aporta sutiles, discretos, desmemoriados (¿o es simple y llano escaqueo?) y certeros apuntes a su biografía artística, que la otra importa poco…

¿Empezamos por el principio? Nuestro hombre, trocado su apellido natal, Robinson, por el de sus padres adoptivos, contactó con la música al empezar a  tocar el violín. “Tenía nueve años, era 1953 y nunca había escuchado rock’n’roll —nos cuenta—. Pero cuando se popularizó el skiffle perdí el interés en ese instrumento y me pasé a la guitarra. Era 1957, escuché a Elvis Presley y a su guitarrista Scotty Moore y todo el primer rock, a Little Richard y Rick Nelson. Y los Shadows eran muy grandes en Inglaterra, montamos una banda en la escuela y tocábamos temas suyos. Además, era muy fan de Duane Eddy…”.

Unas influencias iniciales que, pese a su capacidad para adaptarse a casi cualquier tipo de canción, siguen presentes en su peculiar concepción interpretativa. Lo tiene claro: “Hay que tocar siempre para la canción. George Harrison era un maravilloso ejemplo de alguien que siempre tocaba lo que la canción necesitaba”. Esta máxima la sigue aplicando en el presente, tras grabar tantos y tantos discos que muchos de ellos se han esfumado de su memoria: “No recuerdo haber participado en la grabación del Coming from Reality de Sixto Rodriguez, pero cuando lo escuché recientemente, reconocí que realmente era yo quien tocaba la guitarra”. Efectos colaterales del fenómeno Searching for Sugarman

Para llegar a ello, y a entrar en nómina para ayudar a nombres míticos a redondear sus discos, Spedding tuvo que luchar duro. Intuición y trabajo, aventuras prometedoras y grupos que se resquebrajaban al no obtener atención pública ni reconocimiento por parte de medios y discográficas.  El primero con cierto peso, The Battered Ornaments, practicantes de un rock entre progresivo y psicodélico que logró que Harvest, quién si no, les firmara un contrato. El trato duró el tiempo suficiente para que algunos de los tipos más interesantes de la escena británica se fijaran en el guitarrista. El primero, Jack Bruce, que en 1969 intentaba lanzar su carrera en solitario tras la disolución de Cream. Tras él aparecieron Elton John, Julie Driscoll, el bluesman Memphis Slim y una cola que amenazaba con impedir que nuestro héroe iniciara una carrera como artista principal.

Cuando en 1970 EMI le ofrece completar un álbum a su nombre, Spedding les entrega Songs without Words, plástico con título que no requeriría demasiadas explicaciones. De todos modos, se las pedimos: ¿por qué un álbum instrumental? “Canto solo cuando no encuentro a un cantante que cante las canciones que escribo”. No debió encontrarlo, y la referencia solo se editó en Japón y, limitadamente, en Europa. Acogida nula, así que tocaba seguir dando el callo en maratonianas sesiones de estudio para Dios y su madre, y en ensayos junto a un nuevo proyecto incorporado a una banda, Sharks, en la que compartía responsabilidad con Andy Fraser, el antiguo bajista de Free.  Hasta que llegó el momento más esperado…

 

MOTORBIKIN’

Así se titula, si no su mejor canción, sí la más conocida. Y la que alcanzó mejores puestos en las listas británicas: Spedding se enfunda cazadora de cuero de motorista, engomina su tupé y se saca de la manga un auténtico himno biker redondeado gracias a la sólida labor de Vibrators, una “gran banda de pub-rock que se vio atrapada en el movimiento punk”. Ah, uno de los grandes logros de Chris, aunar clasicismo y energía insultantemente fresca, fusionar brillantina e imperdibles… 1976, álbum homónimo a disposición del respetable y el guitarrista ufano tras alcanzar su single la posición 14 en las listas.

Flor de un día, pero un hito en una carrera que satisfacía a los que le prestaban atención: el disco recupera el sencillo triunfador,  incorpora soberbia versión del «School Days» del abuelo Chuck Berry y huele a gasolina de alto octanaje («Jump in My Car», «Truck Drivin’ Man»). Hay que aprovechar la onda expansiva, y en pocos meses está disponible una nueva referencia altamente recomendable. Hurt (1977) aparece en plena explosión punk, con proclamas a ambos lados del charco instando a apalear dinosaurios y huir de lo establecido. A él la historia no le afecta. Al contrario: se reclama su participación en múltiples sesiones de bandas incipientes, quizás satisfechas tras escuchar el plástico recién editado. No hay para menos, el «Wild in the Street» de Garland Jeffreys que se marca es de traca, parece inolvidable la melodía de «Silver Bullet» (¿esta sí es quizás su mejor canción?) y esconde en su interior otro sencillo potencialmente radiable, una descacharrante versión del «Road Runner» de Ellas McDaniel, el bueno de Bo Diddley, vamos. En nuestro país, incluso, obtuvo notable repercusión y circuló ampliamente en formato 7”.

Otro gran disco, otra colaboración con los Vibradores —«Pogo Dancing», fácil imaginar temática y resultado— y la alargada sombra de los Sex Pistols esperando en la esquina… De su toma de contacto surge una de las leyendas urbanas más socorridas que puedan encontrarse. Pocos confiaban en que Rotten y compañía fueran capaces de llevar a buen puerto un álbum completo, y se reclamaron los servicios de Spedding. Había que preparar los temas y grabar maquetas antes de que Never Mind the Bollocks apareciera cual tsunami imprevisto. Como era (es) de esperar, Steve Jones siempre ha defendido que todas las guitarras las grabó él. Pero gran parte de las miradas se dirigieron hacia el protagonista de este artículo.

Él lleva años escurriendo, con la boca pequeña, el bulto (“la gente seguirá hablando, diga yo lo que diga…”), y afirmando que los Pistols no eran una pandilla de zoquetes indocumentados e inútiles instrumentalmente: “Me di cuenta de que eran buenos tocando, algo que incomprensiblemente nadie parecía percibir. Pensé que eran justo lo que el negocio de la música necesitaba en pleno 1976. Estaban muy bien”. Su conexión terrenal con los punkos no se limitó a ellos. Años más tarde, tocó, y quedó encantado, para la excéntrica mayor del globo terráqueo, Nina Hagen, indescriptible musa germana que indudablemente le encandiló: “Era algo más que una simple cantante punk. Es una cantante maravillosa, quedé muy impresionado al comprobar su musicalidad”.

No era sencillo, pero lo logró: comprendió al milímetro qué necesitaba un buen disco de los Cramps —sí, también se rumorea que gran parte de las guitarras de sus primeras grabaciones son obra suya—, era capaz de actuar en conciertos repletos de rockers integristas y de ejercer de camaleónico instrumentista, siempre sin perder su toque personal e intransferible. Así que, cuando Robert Gordon, aspirante al trono de mejor cantante de rockabilly en activo, acabó a guantazos con el añorado Link Wray, solo él podía ocupar la vacante. Y lo hizo como si nada, sosteniendo al vocalista de forma sólida y sutil.

Gordon, reconozcámosle sus méritos en los tiempos en los que merecía la pena desplazarse para verle, tenía muchos puntos en común con Spedding, principalmente esa capacidad de empatizar con punks y rockers, al mismo tiempo y más allá de las profundas diferencias que se dirimían en los tiempos de las llamadas tribus urbanas.  Chris lo recuerda con agrado (“fueron muy buenos tiempos, espero poder disfrutar de nuevo de algo parecido antes de largarme de aquí…”).

Trasladó sus enseres y sus guitarras a los Estados Unidos, a Nueva York en concreto, y ahí se hizo fuerte, pateándose recintos de todo tipo para actuar sin cesar e intentando dar visibilidad a otro álbum más que disfrutable, tercer vértice de una trilogía que nadie debería perderse. Parece seguir especialmente orgulloso de él, de un Guitar Graffiti en el que comparte autoría en muchos de los temas y que sigue funcionando como clave de acceso a su web oficial. Culo de mal asiento, no tarda en regresar a su país de nacimiento, donde graba otro disco que le define a la perfección, I’m Not like Everybody Else. De todos modos, su singularidad poco le sirve para lograr situarse en primera línea de fuego.

Paul, el Beatle, le contrata para que demuestre su talento en el empalagoso Regards to Broad Street, Tom Waits se le lleva al otro extremo para que aporte mayor empaque si es posible a su Rain Dogs, Roger Daltrey no consigue que su magia dé mayor brillo al irregular Parting Should Be Painless. Entre encargo y encargo, sigue enhebrando una ya discreta discografía, de la que se mantienen alejados los sellos discográficos potentes. Y hablan de indie…

 

SI NO ME ACUERDO, NO LO HE HECHO

O sí. La máxima de muchos de los peores bebedores del mundo buscando justificación parece aplicable a su memoria. Mientras sigue escoltando al ex Roxy Music Brian Ferry en vivo y en directo, lo más parecido a un jefe de larga duración que parece haber tenido jamás (“trabajé por primera vez con él en1974, y desde entonces he ido yendo y viniendo de su grupo. Acabo de volver a su banda”), acumula comentarios poco concretos sobre referencias discográficas en las que aparece acreditado.

¿Otro ejemplo? Los seguidores del bueno de Elliott Murphy  seguro reescuchan con frecuencia su disco en directo Live Hot Point, ¿correcto? Con el nombre Chris Spedding destacado en portada, gracias a la inclusión en su listado de temas de «Hey Miss Betty» y «Silver Bullet», compuestas e interpretadas por Chris: “No recuerdo que hiciéramos «Silver Bullet», pero sí recuerdo que fue un buen bolo, la interpretación de Elliott fue muy buena y divertida…”.  Lo siento, tampoco aporta demasiada luz sobre cómo debía sentirse uno disponiendo del privilegio de grabar junto a otro artista increíble y ya desaparecido, Willy DeVille. Aparece en los créditos de dos de sus últimas obras, Big Easy Fantasy y el muy recomendable Loup Garou, pero “aunque Willy estaba en las sesiones, yo me dediqué principalmente a realizar overdubs, no coincidí en el estudio con ningún otro músico de la banda…”.

Ya lo ven, amigos, discreción como norma básica, curriculum que marea y disposición absoluta a seguir en activo. Si inició el nuevo siglo figurando como miembro del tour de los renacidos (¿era necesario?) Roxy Music, parece estar inmerso en pleno proceso de regreso a sus orígenes.

Los últimos discos pertenecientes a su discografía en solitario se sumergen en el terreno del blues —atención a One Step Ahead of the Blues— y sigue alternando con veteranos con pedigrí en aventuras ocasionales y de poco recorrido comercial como King Mob, o la unión con el baterista Martin Chambers (Pretenders), su amigo bajista Glen Matlock, Sixteen como segundo guitarrista y su viejo camarada en Sharks, Snips, al micrófono. Precisamente Sharks se han reunido, grabado un disco, Killers of the Deep, y están en proceso de componer y grabar otro. Él se muestra orgulloso de su álbum Joyland, 2014, en el que se implicaron Bryan Ferry y el guitarrista de The Smiths, Johnny Marr… y de haber descubierto a Sulo gracias a la aproximación de este último a territorios colindantes con el country-rock con su disco Brilliant Outsiders. Están avisados, en breve estará paseando por estos lares…

 

 

 

Alfred Crespo

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