Encuentros — 4 septiembre, 2017 at 10:00

Paul Weller: más joven que ayer, más viejo que mañana

 

Recuperamos esta completísima entrevista del 2012 a propósito de la salida del disco Sonick Kicks, a dos semanas de una nueva gira del “modfather” que le traerá a Barcelona el próximo 14 de septiembre (Sala Razzmatazz) y a Madrid el 15 (La Riviera) presentando su excelente nuevo disco A Kind Revolution.

“Estoy haciendo la música que nadie se atreve a hacer”, festeja Paul Weller. “Este disco trata de la música, de lo que me gusta y de lo que me excita, y de lo que se puede hacer con ella. Consiste en volver a conseguir que la gente se sienta fascinada por la música”. Weller acaba de aterrizar en Madrid para un día de encuentros con la prensa, y nos recibe en un apartado de la cafetería del Hotel Puerta de América, vestido con un impoluto traje gris coronado por un pañuelo que asoma elegante por el bolsillo de la chaqueta y, eso sí, la corbata un tanto descolocada, como un signo que nos recuerda que un día fue airado líder de The Jam. Nos ofrece té y pastas en lo que parece ser una forma de trasladar el ambiente british a territorio ajeno, y la grisura del cielo parece evocar aquellos de su ciudad natal, la industrial Woking. En cierta forma, su cordialidad es casi una forma de puesta en escena frente a la prensa: Weller ha tenido que corregir en demasiadas ocasiones sus palabras —como cuando se declaró simpatizante de los tories en plena era punk, o renegó del rock y las guitarras— que prefiere mantener cierta distancia respetuosa para ocultar la fama de ciclotímico inseguro que biografías como My Ever Changing Moods de John Reed le han granjeado. Sólo se muestra abiertamente complacido cuando se celebran las bondades de su nuevo trabajo, Sonik Kicks.

Tuve que parar la escucha del disco después de cuatro canciones: hay tantas cosas ocurriendo que uno se siente sobrepasado. ¿Es la marca de tu productor, Simon Dine?

Creo que es la mejor compañía posible. Aporta una nueva paleta sonora a mi música, pero no creo que se trate sólo de él, sino también de los músicos, de los ingenieros y de la tensión que se genera cuando estamos todos juntos.

¿Ha cambiado tu forma de componer a partir de 22 Dreams?

Podría decirse que sí. Me gusta la espontaneidad del estudio, me gusta escribir allí. Nuestro método de trabajo era registrar una base sonora sobre la que improvisar la letra y completar la canción a partir de ello. La mayor parte de las veces, me encontraba simplemente reaccionando a lo que me sugería la música, cantando lo primero que cruzaba por mi cabeza, sin pararme a reflexionar.

“Obtuve una reacción tan buena del público que me impulsó a seguir la misma línea, y Wake Up the Nation lo confirmó. Te da valentía para seguir probando cosas nuevas”, dice a propósito del sensacional 22 Dreams (2008), un hito mayor en su carrera, ambicioso caleidoscopio de la música del siglo XX que es capaz de conciliar a Alice Coltrane con el folk pastoral inglés y la música experimental de AMM. Durante la grabación del mismo, Weller conoció a su actual mujer Hannah Andrews, a la que saca más de dos décadas, y con la que acaba de tener dos gemelos llamados John-Paul y Bowie. Precisamente, Weller se siente halagado cuando se le compara con el Duque Blanco (“Low es la mejor muestra de cómo un músico consagrado puede romper con su pasado y hacer algo realmente bello”), cuya sombra planea sobre este nuevo disco, que es casi el Scary Monsters del Modfather.

EL PROLÍFICO ECLÉCTICO

En apenas tres temas, Sonik Kicks nos ha presentado el motorik de Neu! en «Green», recordado el pop saltarín de XTC en «The Attic» y guiñado un ojo a The Jam con «Kling I Klang». Una canción como «When Your Garden’s Overgrown», dedicada a Syd Barrett, podría llegar a encajar en un disco de los Flaming Lips y «Paperchase» es “su canción Blur”. Son catorce nuevos temas que amplían el campo de batalla de Weller prolongando los hallazgos de Waking Up the Nation (2010) y llevándolo más lejos que nunca, al borde mismo del precipicio. En aquel álbum aparecía la canción que quizá mejor sintetiza el nuevo estado de las cosas en el universo Weller: en apenas cuatro minutos, «Trees» nacía como un relajado R&B a lo Motown, evolucionaba a una pieza vodevil-psicodélica, guiñaba un ojo a los Beatles de Rubber Soul, proseguía como un himno de stadium-rock y se cerraba como una torch ballad que recordaba a la época de Wild Wood. ¡Ufff! Podría caer en la pretenciosidad, pero la capacidad de síntesis de Weller salva a estos discos de tal riesgo: si pesteañeas, seguro que te pierdes algo.

Weller—”Cuando publiqué 22 Dreams, algunas críticas señalaban a Neu! como una de las influencias del disco, y no los había escuchado nunca. Así que compré sus álbumes y su influencia ha aflorado en «Green». Hay miles de referencias en el nuevo disco… Pero no se trata de que entre a una tienda de discos y compre diez álbumes en plan The Best of Tango para meterlos en mi música, sino que me gusta coger un poco de allí, un poco de allá”.

¿Has sentido algo especial mientras grababas estos discos, te has dado cuenta de la importancia que pueden tener mientras lo grababas?

—Sí, era una especie de nerviosismo al ver que estábamos haciendo algo diferente, algo nuevo, que incluso estábamos abriendo nuevos caminos. Si es lo mejor que he grabado nunca, no soy yo quien debe decidirlo. Creo que hay algo que es propio de este nuevo disco y es que es algo completamente diferente a cualquier otra cosa, que no tiene parangón con lo que se está haciendo hoy en día. No creo que suene como ningún otro álbum, ni siquiera grabado por bandas más jóvenes.

El rock contemporáneo parece estar dominado por la ironía, y sin embargo cierras el disco con una canción como «Be Happy Children».

Hay una delgada línea que separa lo sentido de lo ñoño, y hay que tener cuidado con no traspasarla, espero no haberlo hecho. Es una canción sobre mis hijos, pero al mismo tiempo es sobre mi padre. Falleció hace tres años, así que también la dedico a él. Intento no ser cínico con la vida. Me gusta la forma en que la canción cierra el álbum, con ese giro final hacia lo sentimental y la esperanza. Es así como me sentía en ese momento, y por eso canté esta canción, que es mitad himno religioso, mitad nana.

Weller es, hoy por hoy, una esponja que absorbe todo lo que se cruza en su camino. Así, cuando se le comenta que el compás de «Drifters» (“una desviación electrónica de los flirteos de Coltrane con el flamenco”) es el de la bulería, repite en voz alta el término, intentando fijarlo en su cabeza. Y cuando reconoce que no ha visto Black Mirror, la serie de Charlie Brooker emitida en Channel 4 que mejor traslada al siglo XXI esa visión distópica de la sociedad, heredada de George Orwell, que tanto interesó a Weller a partir de Sound Affects (1980), pregunta interesado dónde puede verla.

 

DÍAS DE VELOCIDAD E ILUMINACIONES

¿Crees que las nuevas generaciones son más conservadoras a los veinte años que tú mismo a los cincuenta?

Estoy de acuerdo, pero creo que se debe a la forma en que las compañías discográficas trabajan. No dan ninguna oportunidad para equivocarse, no animan a los grupos a probar cosas nuevas. Sólo quieren música que pueda sonar en la radio. No sé cómo será en España, pero en Inglaterra existe un clima en el que no se puede dar tiempo a un grupo para que se desarrolle y expanda su universo, grabar dos o tres discos antes de encontrar su verdadera personalidad. Así que creo que gran parte del conservadurismo proviene de ahí: es un momento difícil para comenzar tu carrera musical. Cuando comencé, en los setenta, tuvimos la oportunidad de hacer tres discos antes de grabar uno realmente bueno. Hoy en día, nunca nos habrían dejado.

En ese sentido, gozas del privilegio de poder hacer lo que quieras.

Es mucho más fácil para mí. Sólo espero que mis discos puedan servir para que en algún momento los jóvenes se fijen en ellos y se aventuren a hacer cosas distintas, que les sirva para ser más valientes.

Los tiempos nunca han sido tan fáciles para Weller. A comienzos de los noventa, Weller era todo un has been, tras ser considerado uno de los poetas de su generación gracias a su trabajo de The Jam, y su giro como soulman postermoderno con The Style Council, todo ello antes de cumplir los treinta, edad en la que la mayor parte de los músicos apenas han comenzado su carrera. Aunque ahora parezca feliz al recordar su primer trabajo, en el que aún resonaban los ecos del acid-jazz y el soul elegante de su segunda banda, no siempre fue así: en Suburban 100, el libro que recopila todas sus letras, reconoce que “por aquel entonces no estaba seguro de si quería seguir haciendo música o si ni siquiera le interesaba ya a nadie. Lo hubiese dejado todo… Supongo que fue una crisis de confianza”. ¿Pero qué recuerda de aquel tiempo que precedió a su debut en solitario, publicado en 1992 y recientemente reeditado?

No fue complicado para mí, ya que no tenía un contrato ni había conservado un gran público, así que podía grabar mi primer disco desde el vacío, hacerlo para mí mismo. No tenía ninguna compañía que me persiguisese, ni pensaba en el público, igual que ahora con Sonik Kicks. Nunca lo hago. Obviamente, prefiero que mi trabajo guste a la gente, pero en primer y último lugar, hago mi música para mí mismo. A veces funciona, otras no.

Confessions of a Pop Group de Style Council fue muy criticado en su día, y sin embargo, escuchado en perspectiva, no está tan mal.

Claro que no. Pero eso es un poco lo que te estaba diciendo: pensé que era un buen trabajo, y la gente lo aborreció. Como no puedes anteceder este tipo de reacciones, sólo te queda ser honesto contigo mismo y hacer la música que sientes que debes hacer.

Con el revival del soul que ha habido en los últimos años, ¿piensas que habría sido mejor entendido The Style Council hoy en día?

No… Lo que está hecho, está hecho, tío. Nunca pienso en esos términos.

Mirando hacia delante, Weller consiguió volver a la primera línea de la industria musical a comienzos de los noventa. Aunque su debut homónimo allanó el camino, la coincidencia de la publicación del excelente y reposado Wild Wood (1993), una desviación folk del funk-soul habitual de la casa, y el nacimiento de lo que se consideró como brit-pop, le ayudaron a convertise en la principal referencia para bandas como Oasis. Aunque sólo saque nueve años a Noel Gallagher, Weller fue convertido en santo patrono del nuevo sonido british, un nuevo estatus refrendado por el éxito de Stanley Road (1995), cuyo título se refería a la calle de Woking en la que creció. Aunque se trate de su mayor éxito comercial y en él colaboren el propio Gallagher y Steve Winwood (probablemente uno de las tres influencias principales del artista), resulta un tanto disperso y sólo los momentos más reflexivos como «Time Passes», «Porcelain Gods» o «You Do Something to Me» alcancen las elevadas cotas de canciones de Wild Wood como «All the Pictures on the Wall», «Sunflower» o «Has My Fire Really Gone Out?». Ante la acción, la reacción: Heavy Soul, publicado en 1997, recrudece el sonido y favorece la libertad musical ante cualquier amenaza de acomodación que el éxito de su trabajo previo hubiese podido presagiar.

Los primeros años del siglo XXI son una de las épocas de esplendor del antiguo mod: tras la crudeza de Heavy Soul, Heliocentric (2000) e Illumination (2002) muestran la madurez de un compositor que consigue trascender sus referencias para ofrecer a través del lenguaje de ese super-pop del que hablaba Pete Townshend hondas reflexiones sobre la paternidad («Sweet Pea, My Sweet Pea»), la muerte («He’s the Keeper», dedicada a Ronnie Lane, «There’s No Drinking After You’re Dead»), el amor («Now the Night Is Here), Dios («Picking Up Sticks», la propia «Illumination») o todo ello a la vez («Dust and Rocks», «Love-less»). Por otra parte, en su gira de 2001, documentada convenientemente en Days of Speed, redescubre la profundidad de un repertorio que cuenta ya con veinticinco años de historia y que le lleva a reconciliarse con clásicos de The Jam como «That’s Entertainment», «English Rose» o «Town Called Malice»; hoy en día, «Eton Rifles» sigue representando el cancionero del trío en directo. Sin embargo, As Is Now (2005), aunque aún notable, parece anunciar el encasillamiento que provocaría la respuesta de 22 Dreams, un álbum que respondía a la disyuntiva del ser o no ser (el Modfather, el padre del brit-pop, el ex líder de The Jam) con un “don’t look back”.

¿Pero se sintió alguna vez atrapado Weller en su propio rol?

Supongo que sí. No sé si de forma consciente, pero está claro que de alguna forma termina ocurriendo de forma inconsciente. Uno se limita a hacer rock, a no salirse mucho del guion, a no probar nada extraño. Sólo recientemente me he dado cuenta de que no existen barreras, fronteras ni límites en la música. Ya no grabo música pensando si va a tener éxito o no, simplemente miro hacia el futuro y busco lo que puede motivarme a mí, lo que puede motivar a los músicos, lo que representa un reto para nosotros.

DE WOKING A LA POSTERIDAD

Gran parte de la música negra fue producida en Estados Unidos, pero tuvisteis que llegar los británicos para redescubrirla.

Creo que la música negra americana fue la piedra angular de todo el rock británico, o al menos lo fue en su día. Tenías a los Rolling Stones haciendo versiones de Howlin’ Wolf, o a los Beatles haciendo Smokey Robinson. Cuando escuchabas a estos grupos tocando blues, o Motown, salías a buscar qué era eso. La asociación que ha existido entre la sociedad británica y la música negra desde los cincuenta hasta, más o menos, los ochenta, ha sido enorme. ¿Por qué? No lo sé, pero así es. Cuando tenía doce, trece años, solía ir a un pub en Woking donde sólo ponían música negra: Motown, Stax… Esa fue mi educación musical real, y si miras a las raíces, a la música africana, es donde empezó todo. Creo personalmente que la base de toda mi obra es la música negra.

¿Qué opinan los mods de tus últimos discos?

No lo sé, supongo que a algunos les gustarán, a otros no. Aún veo muchos mods en nuestros conciertos, pero en mi público hay un poco de todo, gente de diferentes edades, de diferentes grupos sociales…

Actuaste un par de veces con Amy Winehouse. ¿Qué sentiste cuando te enteraste de su fallecimiento?

Sobre todo, tristeza, aunque no fuese una gran sorpresa por el estilo de vida que llevaba. Y una gran decepción: todo ese talento innato malgastado, toda esa vida irrecuperable… Tiene algo de espantoso, porque era una persona encantadora. Aunque no llegué a conocerla bien y sólo coincidí un par de veces con ella, es de esa clase de persona que sabías que era auténtica, que era una de las mejores.

La música negra, en su sentido más amplio, siempre ha estado presente en el panteón de Weller, ya desde su infancia. A partir del segundo trabajo de The Jam nunca ha dejado de delimitar el territorio pisado por el inglés, aunque el funk de comienzos de los setenta haya ocupado el lugar del abrasivo soul de Stax y Motown del trío. Junto con el pop y la psicodelia de mediados de los sesenta (Who, Small Faces, Traffic), han sido el principal combustible que ha espoleado la inspiración de un Weller que sigue sintiendo la necesidad de ampliar horizontes.

Has compuesto alrededor de cincuenta nuevas canciones en apenas tres años. ¿Por qué?

¿Y por qué no? Al fin y al cabo, es a lo que me dedico. Cuanto más viejo me hago, más ansioso me siento de ponerme a trabajar. Uno también obtiene cierto sentido de la mortalidad, y se da cuenta de que debe dejar tras de sí tanto trabajo como pueda. Si fuese escritor, publicaría todos los libros posibles para que la gente me conociese. Lo mismo ocurre con la música, que obviamente no será siempre buena. Pero creo firmemente en la importancia de crear un importante cuerpo de trabajo que dejar para la posteridad.

Lo pregunto porque la mayor parte de compositores sienten a partir de cierta edad que ya han hecho todo lo que podían hacer. No es tu caso.

Creo que todo tiene que ver con un estado mental, todo está en la cabeza. Siempre hay posibilidades, siempre hay nuevos caminos, pero uno tiene que encontrarlos. Los músicos de mi edad suelen confiar en aquello que han hecho toda su vida, porque les resulta cómodo. Pero en ocasiones hay que romper con todo, liberarte antes de que te sientas demasiado habituado a un sonido. Hay que encontrar nuevas formas de pensar, ir más allá de las cosas. Y no me estoy refiriendo sólo a la música, sino a la vida en sí misma.

Han pasado ya un par de semanas desde mi encuentro a Weller y vuelvo a pinchar, por enésima vez, Sonik Kicks, convencido cada vez más de que ningún artista de los considerados de primera línea ha publicado un disco con tal capacidad de reinvención, que se trata uno de los trabajos más ambiciosos registrados por una estrella en mucho tiempo. Pero también me planteo si, en su afán de sorprender y explorar, no habrá descuidado lo que siempre había sido su fuerte, la composición, si no será demasiado estridente, demasiado pretencioso, demasiado fragmentario, demasiado efectista, demasiado recargado. Y entonces recuerdo las últimas palabras del de Woking: el “demasiado” sólo está en nuestra cabeza, como una frontera que nos imponemos a nosotros mismos; en la naturaleza no existe el exceso. No es un mal mantra para repetirse a uno mismo en tiempos de zozobra.

+INFO

John Weller falleció a finales de abril de 2009, tras una larga enfermedad. A diferencia de la gran parte de progenitores del rock, John nunca fue para el joven Paul el padre contra el que rebelarse, sino su gran apoyo, el obrero que animaba a su retoño a perseguir sus sueños. Manager de todas las aventuras musicales de Weller, según Martin Hopewell, agente de contratación del artista, “John no se caracterizaba precisamente por su diplomacia. No daba rodeos. Nunca se consideró un manager en el sentido estricto de la palabra, pero alguien que ha conseguido que su hijo triunfe internacionalmente tres veces distintas, debe estar haciendo algo bien”. John fue también el amigo más fiel de alguien que no se ha caracterizado precisamente por un compañerismo inquebrantable: hasta su reencuentro con Bruce Foxton hace un par de años, la actitud de Weller hacia el resto de The Jam estaba más marcada por la indiferencia y la condescendencia que por la rabia.

Texto: Héctor G. Barnés

Foto portada: Tom Beard

Foto retrato B/N: Felipe Hernández

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