Discomático — 6 septiembre, 2017 at 13:00

Schizophrenic Spacers – It Better Be Good (Autoeditado)

Tras más de quince años trillando sudoroso rock and roll con vocación glam, espíritu atemporal, líneas vocales atronadoras y directos imprevisibles alimentados por guiños a la realeza del rock más clásico, Schizophrenic Spacers parecieron querer cerrar un capítulo con la publicación de un doble compacto en directo. Así, Macumba se convirtió en 2015 en el testimonio palpable de que la banda de Viladecans (Barcelona) lo petaba en vivo con su combinación de temas propios y apasionadas versiones. Sin embargo, la onda expansiva de su temblor decibélico seguía reducida a una pequeña escala, sin duda algo lastrada por la limitación de medios, así como por una forma de componer que pedía un sonido más robusto y mejor compactado.

A la vista de estos hechos, y siendo conocedores de cómo las gasta Hendrik Röver a los controles de sus estudios Guitar Town, los Spacers vieron claro que había llegado la hora de coger carretera y manta y plantarse en Santander para ponerse en manos de la alma mater de Los Del Tonos. Objetivo: parir un disco que por fin les permita llegar a una cantidad de público más acorde a sus méritos y, sobre todo, facturar una obra de la que sentirse plenamente orgullosos, incluidos detalles técnicos y profundidad del sonido. Añádanle a la ecuación la experiencia y el buen gusto de Hendrik a la hora de redondear canciones y ya tenemos dispuesto el escenario ideal para perpetrar el crimen perfecto.

Con todo, es obvio que tener bien atadas la grabación y la producción no serviría de nada sin un puñado de grandes canciones listas para ser inmortalizadas. Y la mejor prueba de que el grupo se presentó al envite con los deberes hechos es que It Better Be Good es hoy un flamante doble elepé, con nada menos que veintidós temas, ninguno de ellos de relleno.

Pero antes de dejar caer la aguja sobre los surcos del vinilo, permítanme que me detenga en el envoltorio, una bonita carpeta doble que incluye las letras, la versión digital del disco en formato cedé y unas descriptivas fotografías. Entre ellas, destaca la de portada, una imagen a caballo entre la carga bucólica de observar un amanecer desde los límites de una ciudad todavía dormida y la adrenalina que se desbocará cuando los habitantes del lugar se pongan en marcha con la música de los Spacers propagándose por el dominante cielo despejado.

Profundizando por fin en el contenido, digamos ante todo que el grupo se desenvuelve a partir de las influencias de siempre, si bien amplía su paleta sonora con algunos matices estilísticos hasta ahora inéditos. No es que un tema suene a fulano y el otro a mengano, sino que las influencias están comprimidas y procesadas hasta entregar un producto con sello de identidad propio, ése que ellos a veces han llamado Gordo Rock.

Esta identidad queda reforzada, por supuesto, cuando hay algo que contar, cuando existe la necesidad vital de enviar un mensaje. En este caso, un vistazo a las letras no deja lugar a dudas: el principal compositor, nuestro Sergio Martos, lo da todo, desnuda sus sentimientos y, de alguna forma, usa las canciones como terapia para sobreponerse a momentos difíciles. Aquí no hay espacio para la frivolidad y sí para la catarsis.

Paralelamente, una sensación de lucha frente la adversidad se percibe en la sonoridad y el ritmo del disco. La tensión flota en el ambiente, pero no se libera descontroladamente, sino con la contención propia de quien ha entrado en la madurez y es capaz de contar hasta diez antes de soltar una hostia. De ahí que los cortes más lentos y los medios tiempos brillen con especial intensidad, intercalados con temas donde la solvencia de los riffs de guitarra y la eficacia de la base rítmica marcan la pauta.

La inicial “Nice Job”, por ejemplo, es un bello y breve ejercicio de revelación, con tan sólo voz, piano y una fuerte carga emocional. “Night’s Squirrels” es quizá lo más parecido a un single de presentación, si tuviera que haber uno, por la efectividad de su melodía. Otra favorita es “Anyhow”, enmarcada en los medios tiempos citados antes pero con un tono más positivo y optimista que sus compañeras de repertorio. Con “Exhausted” regresa un clima más cercano al dramatismo, sobre todo por las inflexiones vocales, justo antes de que la instrumental “Black Hog” nos haga caer en el lado oscuro durante apenas un minuto. Más adelante, el solo de guitarra de “Boot That Lady” es pura electricidad al más alto voltaje, contrastando con la elaborada armonía acústica de “Sofa Afternoon”, una relajante composición instrumental firmada por el guitarrista Alberto Belmonte.

Seguimos. En “Physiotherapist” asoma un flirteo con los ritmos funky, antes de encarar una última cara del álbum que sobresale tanto por la contagiosa energía de “Montpellier”, como por la crudeza de las lentas “Covering my Back” y “The Long Goodbye”. Esta última, adornada con un dobro gentileza de Hendrik Röver, se exhibe como una sentida despedida, justo antes de que, metafóricamente, el grupo se aleje de nosotros hacia ese cielo de la portada con la envolvente “Space Balloon”, un tema space rock que se cuela también entre lo más remarcable del lote.

Resumiendo, el mejor disco de Schizophrenic Spacers hasta la fecha, tanto por el salto de calidad en la grabación, como por la copiosa descarga de emociones contenida en unos temas que dan otra vuelta de tuerca a su estilo característico.

Texto: Xavier Llop

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