Discomático — 30 enero, 2017 at 10:29

The Men – Devil Music (Popstock)

¿Han exhumado The Men su cuerpo más desafiante y estrepitoso? Vayamos por partes: comenzando por un nombre, el de la banda, nada original y que funciona como embozo, y continuando con un vaivén de bandazos estilísticos o la abigarrada labor de varias voces solistas en las que tampoco es fácil encontrar signos distintivos (aunque sean Mark Perro y Nick Chiericozzi los más avezados responsables de la maquinaria), la carrera de los de de Brooklyn pareció consistir en burlar toda concreción tópica para dirigirse hacia un (engañoso) clasicismo que dificultara esa definición de la que ya escapaban en sus primera ediciones caseras. Se revelaron más allá de círculos locales con Leave Home (cuyo título ya advertía de su neoyorquina estirpe), en el que maleaban un post-hardcore caldeado por las brasas del SST-rock más escocido, un viaje hacia finales de los años ochenta que, sancionando también uno de los pocos usos legítimos de las enseñanzas de Spacemen 3, regresaba al punto de partida sin anunciar dónde acabarían tres discos más tarde. Ese destino provisional fue Tomorrow´s  Hits, obra prestigiada y atendida, conclusión de un viraje hacia una aparente normalidad rural que se interpretó como definitiva, aun cuando su versión de la cosmogonía Petty/Springsteen se mostrase como si a alguien se le hubiese olvidado pasar una bayeta húmeda. Y ahora, Devil Music no parece tan definitorio por enlazar con unos orígenes cincelados a golpe de hardcore y noise urbano, como por atrapar de forma rauda el estado puramente transitorio de su trabajo colectivo. Registrado en un fin de semana, autoeditado nuevamente tras años de fértil colaboración con Sacred Bones, todo sugiere un bronco borrón y cuenta nueva. Rápido, embarullado, casi psicótico, el sonido a veces rememora a los Replacements de Stink tratando de colarse en un refugio nuclear (“Riding On”), a unos Stooges afónicos (“Patterns”, “Hit The Ground”), a Zen Guerrilla escuchados desde  otra habitación  (“Fire”) o a un hardcore de bajísima fidelidad (“Violate”). ¿Tendrá algo que ver la partida del también productor Ben Greenberg con esta regresión que, detalle significativo, recicla el clasicista y pasional empleo de los arreglos de viento del elepé anterior en migraña free-no-wave (“Lion´s Den”)? Imposible presentar certezas en torno a este grupo adictivo y desconcertante cuando es factible que su próximo gesto refute lo aquí escupido. 

 

JOSÉ LUIS TORRELAVEGA

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