Vivos — 4 agosto, 2016 at 9:13

Beyoncé, Estadi Olìmpic (Barcelona)

beyonce_barcelona_002

“Yo creo, que si me pusiera a escucharlos a fondo, me acabarían gustando los discos de Beyoncé”. Esta sentencia, de alguien asociado a la revista a quien le gusta el soul, el R&B -la música negra en general-, podría ser la más de uno, dejando los prejuicios a un lado y apuntándose al oportuno carro. Aunque ahora, Beyoncé es más pop que otra cosa, por concepto y objetivos (¿es la más firme aspirante a suceder a Madonna?). No en vano, la mujer de Jay-Z se ha ganado el respeto de la crítica en los últimos años, cabeceras quisquillosas no han escatimado en elogios, justo cuando ella ha dejado de poner toda la carne en el asador en los singles, y ha apostado por la fiabilidad y consistencia de sus discos. En Lemonade, su último y cacareado culebrón musical, se ha arrimado a Kendrick Lamar (obvio), a James Blake (oportuno) y a Jack White (muy listos ambos). Con todas estas premisas y esos aciertos evidentes se ha ganado el respeto (casi) unánime, con su actuación en el descanso de la pasada Super Bowl no dejó lugar a dudas, se comió con patatas a un absorto y empequeñecido Chris Martin a base de actitud, de culetazos salvajes, ese vídeo dio la vuelta al mundo. Por esa y más razones, la cita con Beyoncé en Barcelona era uno de los acontecimientos del verano.

Con un montaje y una estructura que ni U2, ni los Stones, nadie más en el actual panorama musical le tose en cuanto a arquitectura escénica. Y con el valor, de no convertir esto en un Circo de Soleil al uso. Ella es la que ofrece más de entre las de su guisa, si que es capaz de quedarse sola ante la multitud cantando «Me, myself & I» como si estuviera en el coro de la iglesia de su ciudad. Lo que no se puede discutir de este icono cultural de nuestros tiempos es su valentía y ambición, en Lemonade habla de infidelidad en primera persona, señala y dispara con una escopeta recortada con dos cañones, uno para agujerear el corazón al osado e imprudente pecador, otro para castigarle en el alma. En el recetario de Beyoncé hay funk, r&b moderno, hip-hop parido en la calle…y allí, un cubo como pantalla, coreografías afinadas y coordinadas (la simulación de la caja registradora es de traca), una edición de vídeo perfecta, y cómo no, fuego caliente y el agua de una piscina (¡lo nunca visto en un concierto!).

Beyonce's Formation World Tour - Barcelona

Dividido en seis actos, cada parte tiene un sentido único, y un vestuario que realza la imponente figura de la diva. Y a pesar de toda la parafernalia, sin ella presente, poco importa lo que haya a su alrededor, te deja embobado y sin armas para rebatirla, Beyoncé maneja y lidera, no se diluye, mantiene en todo momento la tensión competitiva. Únicamente, hay un tramo después de un inicio en el que pisa muy fuerte, en el que las baladas marcan el ritmo, si bien el decorado no cambia en exceso. Cuando de nuevo, marca el paso enérgicamente, sus bailarinas siguen el compás, la obedecen y respetan, interpretan su papel. Es su ejército pretoriano. Abre con «Formation» y «Sorry», salpimienta con gusto a Naughty Boy, se acuerda de Prince, en «All the night» y tiñe la canción con un aroma a Jamaica que le sienta bien, se zambulle en «Crazy in love» (demasiado corta, fue un suspiro) embutida en un traje rojo. Y al final, la inolvidable toma de la piscina (maravilloso ese recuerdo al pasado con «Survivor» de Destiny´s Child”) y «Halo» como fraternal y amable despedida. Beyoncé, a lo grande.

Toni Castarnado

Fotos: Oficial Beyoncè.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: