Vivos — 9 junio, 2016 at 9:49

Royal Headache + Stalled Mind, La Mecanique (París)

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Acababa de decidir que, por mucho que me jodiera, no podía ir al Primavera Sound por causas laborales. Lo que me dolía, más allá del desenfreno y el éxtasis al que, sin duda, me entregaría en cuerpo y alma, era perderme a los australianos Royal Headache. Según informo a Wally Kempton de The Meanies, que me perderé su bolo, bien jodido, elevo la mirada y, como un ángel sobre la anciana pared de un chungo garito parisino, veo un cartel que reza “Royal Headache, Live at La Mecanice Ondulatoire”. Tocan la semana que viene y no me los perdería ni por una cena con Wayne Kramer.

Llego, bajo la lluvia, al local donde acababa de estar viendo el conciertazo de Paul Collins cuatro días antes. La barra está a reventar. Pero el río de emoción es subterráneo. En este garito, la leyenda se lee, se comparte y se interpreta en un túnel bajo tierra.

Unas escaleras descienden hasta una cripta y allí están concentrados 130 adeptos. Teenagers, talludos, tíos, tías, punkis, skaters, roqueros, melenas, skins, bajo un denominador común, las ansias de elevar el puño y cantar en alabanza la frustración, la celebración, el amor y el cabreo que Royal Headache redactan en su impecable “High” y en su destacable trabajo anterior.

Stalled Mind, sueltan 20 minutos de footing punk garagero sin descanso que hacen gozar de la espera por el plato fuerte.

Nuestro brother in arms, Roger Estrada, ya nos había desvelado la depresión post ruptura sentimental de Shogun, chamán del cuarteto Royal. El concierto no es diferente. El cantante no oculta su tristeza, lamentándose de lo patético de sus emociones y declarando abiertamente que le jode cantar esas canciones que hablan de una chica de la que sigue enamorado y que ha puesto tierra de por medio.

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La dificultad de su tarea llega hasta el punto de interrumpir el bolo mientras canta “Caroline”, enorme canción a la altura de los Husker Dü más sentimentales y honestamente líricos en la épica de su melodía. “No puedo, no puedo tíos. Lo siento, parad esta mierda” dice Shogun. El grupo escolta al atormentado front man, que se rinde al dolor emocional. Esto no impide que, aunque se resista a entregarse al 100%, pierda esa barrera auto impuesta, quemándose a lo bonzo en la interpretación de sentidos temazos como “Wouldn’t You Know”, “Another World” o “High”. Y ahí es cuando el grupo se explica delante de todos los presentes. Shogun se eleva, se olvida del puto marrón sentimental con el que carga, como un colega que le cuenta a su pandilla lo jodido que está y se zambulle en lo brillante de sus canciones. Entre sudores, arquea las piernas, se arrodilla y eleva las manos en perfecta unión con un público entregado, celebrando con el puño en alto, cánticos al unísono, repletos de energía juvenil original.

“Really In Love” desvela las maravillas que su primer lp también esconde, y “Garbage” pone al público en ángulo agudo sobre el escenario, con una banda y un cantante escupiendo y empatía forrada de actitud ante la receptiva y hermanada congregación.

Termina el bolo, y parece que Shogun vuelve a cargar con esa vela de bajona acumulada pero, de nuevo, no puede evitar darse un permiso para ser feliz y promueve como queriendo evitarlo, hasta tres emocionantes bises. “Teardrops”, versión de Womack & Womack cuya letra es una fotografía del jodido mal de amores, vuela propulsada por el filtro energético del grupo, que no descansa, entre himnos como “Girls”, o “Stand And Stare”.

Dos composiciones nuevas nos tranquilizan ante lo que parecía una muerte anunciada, pues el grupo había pronosticado el final de la banda en varias ocasiones, consecuencia del derretimiento emocional de su fuerza creativa.

Acaba la celebración y el cantante, preocupada su expresión, queda de rodillas recogiendo un par de tristes trastos. Todo el mundo abandona la sala y me acerco a él, “thank you, that was an amazing gig”. Su expresión se ilumina mientras dice “thank you man, really…bless you”, demostrando que todo esto es un exorcismo y que mostrarse honesto con sus marrones ante un público que es feliz escuchándole, aunque sea jodido, ayuda.

 

Texto: Rafa Suñén

 

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