Vivos — 14 marzo, 2016 at 20:32

El Twanguero, Sala Ego Live, (Alcalá de Henares)

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Con la multiplicidad de identidades como elemento discursivo, el cancionero del Twanguero se nutre, poroso, de aquellos lugares llenos de posos musicales que ha visitado. Con el imaginario de la frontera como valor estético y sonoro, buena parte de su propuesta bebe de un nomadismo intrínseco que los sujetos contemporáneos aspiran a conquistar. Ser todo al mismo tiempo y alimentar los orígenes propios con lo mejor de la oriundez ajena.

En su aparición en la Sala Ego de Alcalá de Henares, el Twanguero se presentó en forma de cuarteto. Frank Santiuste a la trompeta y la percusión, David Salvador al bajo y Bruno Niño a la batería amén del propio Diego García a la guitarra y los pasajes vocales. El empaque de los rutilantes combos del rock and roll primigenio pero con el espíritu de las big bands de referentes –para el Twanguero– como Pérez Prado.

Pachuco (Warner Music, 2015) es el material más reciente de García y ocupó la mayor parte de su directo. La pista de baile quedaba a merced del respetable impulsada por la nasalidad de la guitarra twang, que afilaba las garras en episodios como el de la setzeriana Rockabilly Mambo. El Cumbanchero, Pachuco o Lupita L.A. generaban paisajes auditivos entre México y Cuba. Coco Zoot Suit –cuya versión en el disco incluye el increíble saxo de Dani Nel.lo– puso el sempiterno estribillo ramoniano. Pero también hubo tiempo para que García mostrase su habilidad en solitario y así llegaron Minor Rag o la viajera Carreteras Secundarias, que durante unos instantes se fueron ganando el silencio de los presentes. En el apartado de las versiones el cuarteto interpretó Cherry Pink (And Apple Blossom White) incluida en su último álbum y popularizada por Pérez Prado.

También incluyeron Mystery Train de Junior Parker al estilo Scotty Moore, guitarrista de Elvis Presley, y el Hound Dog de Leiber and Stoller cuyo éxito culminó a través de la versión del Rey. Sin bises pero Bailando con el Twanguero y los aires balcánicos de Calavera Cream, la fiesta de los pachucos –aunque se dejaran los zoot suits en casa– fue diciendo adiós. Cerca de hora y media de virtuosismo grato que jamás sacrificó la fiesta y la sandunga en pro del lucimiento individual.

Texto: Alex Jiménez

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