Vivos — 7 abril, 2015 at 8:54

Adrià Puntí, ElMini d’Olot, Teatre principal

FotoPuntí

El rock n’ roll se inventó en Catalunya para Adrià Puntí. Porque, si a estas alturas alguien duda de que nuestro mejor artista es un compendio de toda la esencia de este estilo (actitud y desafío) , debería leer esta crítica. O, algo muchísimo mejor, asistir a conciertos suyos como el ofrecido en El Mini d’Olot, donde el Teatro Principal evidenció llenazo. El universo de nuestro protagonista es único, tanto como lo son sus conciertos: para abrir la noche, piano y voz casi a oscuras, inventando un idioma propio para algunas de sus nuevas canciones (ni francés ni croata ni catalán, más bien.. ¡una mezcla de las tres cosas!).

Y es que el Puntí más juguetón y desafiante asoma en cada una de sus nuevas canciones, a la espera de grabarse pero que afortunadamente ya va estrenando con buen feedback en sus directos. Otra pincelada creativa suya en la que confluyen el Adrià artista con el Josep persona son las alusiones familiares en sus letras. Como ejemplo sonarían ‘María’, sin duda una de las canciones de amor más bonitas que conozco que alguien haya escrito a su madre o el retrato costumbrista ‘El Tornavís’, dedicado a su padre. Ambas sonaron al inicio del concierto, e imagino no fue casual.

Quienes estamos familiarizados con su música sabemos que él solito se basta para meterse al público en el bolsillo: sus directos transpiran emoción, poesía, verdad y sensibilidad. Y, si conectas con este (su) universo, todo lo que viene fluye sin más y te adentras en su propio caos con orden, como yo siempre digo que gesta sus melodías. Después del momento acústico más íntimo llega la hora de recibir a la Band Bang Bang, sus músicos, con los que más se evidencia una de sus facetas más distintivas, junto a la poética: la rock n’ roll. Ahí se levanta, baila si le da la gana y rinde tributo a sus fieles referentes: el Neil Young de los primeros discos, los salvajes Stooges y el Van Morrison era ‘Astral Weeks’.

Con estas coordenadas su formación al completo aparece con los compases de ‘Benvinguts al desastre’. Y, digo yo, que todos los desastres sean como este: cierto que la improvisación reina bastante, pero es parte del juego de Puntí en directo. Ya se encargan siempre músicos de primera como su guitarra Lluís Costa, el bajista Pere Martínez y el baterista Dani de seguirle el hilo, aunque él los rete al despiste, cambiando de ritmo o alargando algunos solos. Y, como es único, puede pedir un cigarro y fumárselo en el escenario, a la par que desgrana con humor frases como perlas: ‘sóc un malparit’, ‘si estáis bien y si no tenéis hambre, yo empiezo el concierto de nuevo’ o ’me dicen que no hable tanto, pero así me da tiempo a fumar’. Fumar, y recordarnos frente al piano a Tom Waits, metamorfoseándose en la tercera de sus personalidades, la más bohemia, que encarna junto a la sentimental y la roquera. Al piano de nuevo, evocando al vodevil más elegante.

Seguirían canciones que va estrenando como ‘La prova del nou’ y demás lecciones de rock de guitarras rabiosas y vigorosas que seguro que Iggy Pop alabaría. ‘De muda en muda’ o ‘Jeu’, con sus musculosas guitarras, son trazos de la historia viva de la música de este país que no entienden de encorsetamientos ni de etiquetajes absurdos (ya quisieran esos que dicen hacer rock català tener la mitad de su talento). Para el final, la descarga emocional máxima: la belleza descarnada de ‘Sí’, el mito de una infancia en ‘Sota una col’, el recuerdo a Umpah- Pah con ‘La cachimba’ y esa obra maestra del lirismo autoconfesional que es ‘Ull per ull’. Emoción y vísceras. Romanticismo y rock. Genio y figura.

Texto: Alicia Rodríguez

Fotos: @adriapunti

 

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