Vivos — 2 enero, 2014 at 17:00

Damien Jurado, Teatro del Arte, Madrid

 

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Lo que empezó con glacial solemnidad terminó en cómplice charleta de amigos. Damien Jurado, como los buenos personajes, luce un arco dramático inabarcable. Témpano de hielo al principio, fuego crepitante a veces, cálido abrazo al final. De primeras, salió al escenario con una parka encima, como haciendo presagiar una noche fría. Y así fue, muy fría, durante 10 minutos. Tres canciones casi enlazadas y sin mediar palabra con el público. Eso sí, con una potencia en los bajos de su acústica imponente y con evidente regusto a José González -más que al siempre citado Nick Drake-. Pero entonces, cuando asomaba el fantasma de un concierto denso y plano, el cantautor americano se descalzó –dejando asomar unos calcetines con bastantes horas de vuelo- y todo pareció relajarse. Empezaron entonces los chascarrillos: el de Seattle reconoció la dureza de las giras y su rutina avión-hotel-avión-coche-hotel-avión, recordó melancólicamente una historia pasada de adolescentes fugados en la noche, planteó el dilema entre tocar con banda o sin ella y hasta arrancó carcajadas con su inenarrable cruce de emails con Moby. Entre medias, Jurado estuvo fino y preciso en su interpretación, desgranando una colección de temas incontestables como pueden ser “So On, Nevada”, “Sheets” o “Everything Trying”. Con esta última, Jurado evocó en algunos de nosotros el recuerdo de la reciente película “La gran belleza” (Paolo Sorrentino, 2013), que incluye este corte en su tan excéntrica como excepcional banda sonora. Pero volvamos al concierto. La última media hora, directamente, turno abierto para preguntas del público. Sólo le faltó dejar el escenario y venirse al patio de butacas. El que parecía un artista distante y cansado hacía sólo una hora y media, de pronto, se había convertido en tu colega del alma. Y querías que fuera tu mejor amigo. Fantástico artista. Fantástico conversador. Fantástico confidente. Saltó por los aires la cuarta pared.

 

 Texto: Manuel Palos

Foto: Mariano Regidor

 

2 Comments

  1. Me ha encantado esta crónica y estoy totalmente de acuerdo; qué hombre tan simpático, encantador y qué gran artista. Ya le había visto en el Teatro Lara acompañado de su banda pero verle a él solo, fue una grata sorpresa y la forma en que se desarrolló y terminó el recital mucho más; daban ganas de levantarse y darle un abrazo. Un saludo.

  2. Muy bien escrito y descrito.

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