Discomático — 20 enero, 2014 at 10:42

Tumbleweed. Sounds From The Other Side

TUMBLEWEED - Sounds From The Other Side

Acaba el año y como es habitual se bombardea a los lectores con listas de todo tipo. Orientativas son, no hay duda, pero también injustas puesto que se debería conocer, asimilar y digerir todo lo publicado en el año, lo cual es imposible. Fuera de las dictaduras musicales estadounidenses y británicas que dominan el panorama mundial, quedan muchos discos que el lector nunca tendrá noticia de su existencia y publicación. Es sabido que Australia ya no es la fértil escena de los ochenta y noventa, pero sigue escupiendo discos de los que todavía te rajan en canal.
 Eso sí, con cuentagotas. En 2010, quince años después de su separación, Tumbleweed, una de las bandas más influyentes en Australia, regresaron a los escenarios. Pasados otros tres años más, han publicado esta maravilla de las antípodas que debe ser colocada en la estantería en lugar preferente. No tengo la más mínima duda que es el mejor disco de su carrera, y eso que compite con unas obras maestras como Galactaphonic (Polydor, 1995) y Return To Earth (Polydor, 1996), sus imprescindibles álbumes clásicos por los que son conocidos. Formados en 1990 a partir de los restos de Proton Energy Pills y Unheard son, por tanto, de Tarrawanna, un suburbio del área metropolitana de Wollongong, ciudad situada a 85 kilómetros al sur de Sídney. Estos destrozadores de tímpanos no se dieron a conocer hasta que telonearon la gira de Nirvana por Australia en 1992. Hasta ese momento no habían tenido su oportunidad: las bandas ruidosas con pedales de distorsión no interesaban a nadie, se movían en una escena casi clandestina por un circuito reducido de locales. Cuando Nirvana abrió paso con Nevermind de repente se creó un mercado que buscaba ese tipo de música. “Si ellos no hubiesen existido, Tumbleweed nunca hubiésemos sido tan importantes”, dice el guitarrista Lenny Curley. “El estrépito del grunge y el resurgimiento del punk provocaron que en Australia se crease una delirante situación con las discográficas buscando desesperadamente una banda de pelos largos, zapatillas Converse y camisas de franela. Y allí estábamos nosotros desde hacía dos años. Es lo que se llama estar en el momento adecuado y el lugar correcto”.

El siguiente paso fue firmar con una multinacional y los años noventa fueron de ellos. Son muchos los factores que hacen que te enganches a Tumbleweed: en primer lugar su sonido compacto, denso, reverberado, que penetra con la facilidad de un cuchillo caliente cortando la mantequilla. Y luego, la potencia encabritada. Tienen la fuerza de MC5, Stooges y demás figuras gloriosas del rock de Detroit, pero utilizan los recursos guitarrísticos del grunge más áspero. El resultado son riffs pesados, pero melódicos, estribillos furiosos, pero brillantes. La mezcla de acordes repetitivos con efluvios lisérgicos hizo que también se les encasillase en el stoner, género en el que no se encontraban a gusto y que siempre rechazaron. Ni grunge, ni stoner. La realidad es que Tumbleweed es el mejor rock enérgico americano de los setenta, modernizado y facturado en la Australia de los noventa. La evolución de la especie, la evolución natural. Ellos lo tienen claro, piensan que este disco captura perfectamente el sonido real de la banda, el de los directos, circunstancia que no ocurría con los publicados con Polydor. Puede que tengan razón: el tema de apertura, «Mandlebrot», junto con «Wildfire» son de los que quedan para la posteridad por su efecto reconstituyente. Ocasionalmente recurren al exceso del minutaje para para dibujar alargadas viñetas psicodélicas: «Mountain», «Good & Evil» y «ESP» superan los seis minutos de duración, otra cualidad por la que se mueven con soltura.  En estos tiempos de deconstrucción de la música rock, con su idiosincrasia underground y temperamento peligroso diluidos como un azucarillo en agua, y con los medios generalistas profanando el nombre del rock vendiéndonos insípidos grupos como si fuesen la esencia del género —y que en el pasado ni siquiera hubiesen pasado el primer filtro—, asombra comprobar cómo quedan bandas que empujan desde atrás para que no olvidemos que la música tuvo más poder que una convención del G-8. Posiblemente el título esconda una cierta ironía, una inadaptación a la música actual cuando afirman que sus sonidos provienen de otro sitio. Quince años después de su último elepé, este Sounds From The Other Side no es un ejercicio de nostalgia, es una constatación que explica por qué el rock vivió capítulos dorados cuando la música se diseña con talento y pasión. El mejor disco salido de Australia en 2013. La edad no les ha cansado.

Lo siento por The Drones y su I See Seaweed o por el homónimo de Spencer P. Jones & The Nothing Butts, pero Tumbleweed los ha adelantado en una rueda y les toca ir a rebufo, tragando humo y pestilente olor a aceite quemado. Es música emocionalmente intensa y hermosa. Resumiendo: una exquisita obra de rock&roll.

MANUEL BETETA

 

One Comment

  1. En Australia, todos los que pasan de los cuarenta añoran a Tumbleweed: les recuerdan a una época cuando tenían veinte años, bebían, follaban y la vida era una fiesta. Supongo que este disco tendrá efecto rejuvenecedor para una generación. Afirmar que supera a “Galactaphonic” y “Return To Earth” es una frase muy arriesgada porque es extraño que una banda regrese y supere a sus clásicos. Habrá que hincarle el diente para comprobarlo.

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