Vivos — 30 octubre, 2012 at 0:00

Stephen Simmons

Sala Reciclaje, Guadarrama

Parecía el lugar idóneo para un concierto acústico con el que abrirle la puerta al invierno. En el mítico Reciclaje, con la chimenea encendida, el estreno en España de Stephen Simmons -cantante/compositor norteamericano proveniente de Nashville, Tennessee- redondearía una tarde apacible de lento anochecer. Andaba el cantautor con dolores de espalda, deshecho tras una gira europea de cuatro semanas por Noruega, Países Bajos y Alemania que había elegido finalizar en España. Y fue un estreno pleno, mágico por momentos, repleto de sentimientos y canciones, de pequeñas historias, de cuentos desmenuzados gracias a una garganta privilegiada, llena de hondura. 

Comenzó con «Spark», captando la atención de una audiencia afortunada de tenerle allí. Desde el inicio supe que sería la gran ocasión de ver a Simmons, a quien considero un maestro anónimo, un referente de cuantos aprendices puedan tener Dylan y Springsteen. Rápidamente el autor intentó tener al público en la palma de su mano, y se arrancó con una versión de «Tougher than the Rest», de nuestro admirado Tunnel of Love, el disco de ruptura y ajuste de cuentas sentimentales del Boss, que rellenó cada borde de la cabaña de romanticismo. «Just What I Got», de su último disco The Big Show, tendió los puentes con la carretera americana antes de emprender una fase donde enseñó algunas de las canciones que irán a parar a su próximo disco, titulado Hearsay. Intercalando historias, acercándose por momentos al blues y al rockabilly, desembocó en una serie de baladas y medios tiempos estremecedores, en especial el tramo que incluyó «Don’t mind me», «Loserville» y «Empty Belly Blues No. 32», pertenecientes a Something in Between, Last Call y The Big Show, sus tres discos más conocidos. «Loserville», una canción que hacía 14 años que Simmons no interpretaba en directo, y que me confesó como “bastante real”, es la clásica historia de adolescencias perdidas que combaten el aburrimiento con alcohol y conducciones temerarias, con un final dramático y absorbente. Fue la segunda vez durante el concierto que me hizo llorar, gracias a una voz templada que cala e hipnotiza, agreste o dulce según lo requerido. Acunado en nostalgias, pensaba en lo difícil que es mantener la atención y el ritmo de un show armado únicamente con una guitarra acústica, pero Simmons pertenece a esa rara especie de artistas capaces de entretener y emocionar sin altibajos. Continuó con otro par de canciones inéditas antes de subir al escenario a Hotel Valmont, que le acompañaron durante otros cinco temas de un repertorio que había terminado por conquistar al personal, no más de 50 personas entre las que se encontraban bailarinas etílicas que hubiesen bailado en un funeral, viejos camaradas del Reciclaje de barba blanca y gesto complacido, y en general un solemne grupo de bebedores que van cada viernes a escuchar música a un bar cuyo futuro como sala de conciertos es tan incierto como brillante y genuino fue su pasado. El sonido, sin tantos vatios ni tanta pompa como se dan algunas salas de injusto renombre y lamentables prestaciones, fue apabullante, absolutamente nítido. El Reciclaje siempre fue una especie de cabaña con un punto de misticismo, como teletransportado desde algún recóndito pueblo de Canadá, con transistores colgantes, viejos bancos de madera y recuerdos imborrables. Y a ellos quiso brindarles Simmons, que terminó con un bis de cuatro canciones entre las que incluyó una fabulosa rendición al «These Days» de Jackson Browne, terminando en clave folk con «Spinner of Tales» y una nueva versión de «Knockin’ on Heaven’s Door» (mitad Dylan, mitad Guns N’ Roses) junto a los Valmont. Fue un concierto intenso, arrebatador, aplaudido, bailado y bebido a modo, en compañía de uno de los cantantes/compositores más infravalorados y emocionantes que ha dado Norteamérica en lo poco que llevamos de este siglo confuso, convulso y nada gratificante. Todo lo contrario que la música de Stephen Simmons, luminosa, profunda y auténtica, americana en el mejor sentido de la palabra, llena de sentido y de fuerza, de pasiones encontradas, de vibrantes narraciones de muerte y deudas de fe, reconfortantemente familiar, definitivamente plácida, que honra la tradición y proporciona un tributo a la clase de autor que no debería desaparecer jamás, la del perenne desconocido que cada noche se adueña de nuevos corazones. Al acabar el concierto Simmons se fue a la barra a beber su whiskey neat, con un porte de artista legendario, experto en su anonimato, aparentemente inmune a la soledad. Apenas vendió discos, y la sala se quedó vacía muy deprisa. Estaba cerca el final de otro periplo como aventurero en tierra extranjera. Y justo en el momento en que se bajó del escenario, ya se le echaba de menos.

Manuel L. Sacristán

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