Artículos — 7 Octubre, 2011 at 0:00

Alejandro Escovedo, Vidas Anónimas al descubierto

Real Animal y Streets Songs Of Love, editados en los últimos años, elevan el perfil mediático de este enorme músico tejano que ha respirado y creado sin atender a fronteras raciales o estilísticas. Una leyenda viva ,de milagro, a venerar. Actuará en nuestro país en un exclusivo concierto barcelonés, el 17 de octubre en la Sala Music Hall. 

’Lo que importa es este amor / Lo que importa es este dolor / Lo que importa es esta pérdida / Que tomamos para volver a vivir’’ («About this Love»)

Otra vida renacida, y por tanto doblemente valiosa, la de Alejandro Escovedo. En abril de 2003, tras un concierto en Phoenix, Arizona, el músico tejano sufría un desmayo a causa de la hepatitis C, no tratada médicamente, que se le había diagnosticado a finales de los noventa. Sin escapatoria esta vez, ni sanidad pública que cubra su dolencia, Alejandro se enfrenta a un doble sufrimiento, la enfermedad y la culpa. ‘’Me preguntaba por qué había enfermado, responsabilizaba a la música y al estilo de vida del rock, llegué a culparme por todo ello’’, me dice vía telefónica desde San Antonio.

 ‘’Me preguntaba cómo era que mis compañeros en la banda, que bebían incluso más que yo, no habían enfermado y yo sí. Estuve un año sin tocar la guitarra, hasta que finalmente comprendí que la música no sólo no tenía la culpa, sino que me ayudaría a superarlo’’.

El arte llegó una vez más en perentoria ayuda de la subsistencia. Un nutrido grupo de músicos amigos participó en un doble álbum que, además de recaudar fondos para su tratamiento, ofrecía una mayor proyección al cancionero de quien había sido elegido artista más relevante de los noventa por la biblia del americana, la revista No Depression. ‘’La verdad es que me costó asimilar aquel homenaje que no merecía’’, recuerda hoy, ya recuperado. ‘’Escuchar a John Cale cantando «She Doesn’t Live Here Anymore», o a Lucinda Williams interpretando «Pyramid of Tears», me conmocionó profundamente. Mi primera reacción fue de vergüenza. Y, de hecho, escuchar mis canciones en aquellas voces me animó a querer curarme, pues estaba totalmente hundido. No sólo ayudó a pagar el tratamiento, me alivió emocionalmente’’.

Sin duda lo merecía en términos artísticos. ‘’Están los autores que cantan sus canciones, y luego están las canciones que cantan a sus autores’’, ha escrito Lenny Kaye. ‘’Alejandro Escovedo es un todo con su musa y su música. A lo largo de una vida ocupada atravesando el puente que une palabras y melodías, ha mostrado una amplitud que abraza toda forma de presentación y género, una firme voz cultivando el terreno emocional de nuestras vidas, sus celebraciones y desesperanzas, buscando la liberación última y la verdad curativa de la honestidad. A veces adopta la forma de una rabia apenas contenida, la roca del punk vibrando en genuflexa sobreamplificación; otras acaricia y sosiega, una armonía susurrada en el aire de un club, sin amplificar, planeando sobre el público’’.

En formato eléctrico o acústico, según dicten la circunstancias, Escovedo lleva más de tres décadas inyectando a su reconocida plétora de habilidades musicales la tenacidad de quien ve en la fe en lo hecho —y lo que está por hacer— el único sentido de la existencia, la rara y nada desdeñable gracia de quien es capaz de comunicar el más afligido sentir humano, sin aspavientos ni antisepsias, mediante una canción.

Nacido en San Antonio, Texas, en 1951, Alejandro Escovedo fue el séptimo de doce hermanos en una conocida familia de músicos, hijos de un inmigrante mexicano que no se sintió parte de su nuevo país hasta que luchó en la Segunda Guerra Mundial y regresó, esta vez sí, al hogar. Cuando le propongo la charla en castellano, sugiere riendo el spanglish. Mejor en gringo, pues: ‘’No hablo bien el español. De pequeño lo hablaba pero, cuando en 1957 la familia se mudó de Texas a California, nos integramos en el mundo anglo. En aquella época no había escuelas bilingües, y era importante integrarse, nuestros padres habían sufrido mucha discriminación. Hoy es distinto, mi hija va a una escuela donde sólo se habla español, y tenemos nuestros medios de comunicación. De hecho, ya somos más latinos que caucásicos en EE.UU. y esto hace que se nos tenga en cuenta. También me afectó la música. Cuando llegamos a California surgía el surf con Chantays, Dick Dale, Beach Boys. Allí descubrí también a Ike & Tina Turner y a James Brown. Era muy excitante sentirse identificado con aquello. Los cholos tendían a ser más conservadores musicalmente, más de derechas. Mis colegas no lo entendían, pero también tenía amigos anglos’’.

Sin embargo, apunto, hasta en sus más recientes discos se detectan trazos de esa herencia. ‘’Yo también lo veo así, es algo que no se pierde’’, reconoce. ‘’Forma parte de mí, no me avergüenza en absoluto. Todo lo contrario, es un orgullo. Una forma de agradecer el esfuerzo de mis padres’’. Y de sus hermanos mayores, que como el afamado percusionista Pete Escovedo, padre de la también reconocida Sheila E., habían hecho carrera en la música latina. ¿Allanó esto el camino para sus inquietudes musicales? ‘’Compro discos desde los cinco años’’, me suelta jactancioso. ‘’Mis hermanos mayores Pete y Coke tocaban latin jazz con Tito Puente, Mongo Santamaría, Chico Hamilton. Ellos fueron mi máxima influencia, y me sentía mal apartándome de ese camino. Pero en casa, donde mis padres escuchaban al trío Los Panchos, también entraban los discos de Elvis Presley, Big Bopper, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry. Más tarde llegaron las bandas de garage anglófilas, aquellos grupos tan potentes, y los Stooges. Tuve mucha suerte de nacer cuando lo hice: viví la irrupción del rock’n’roll, la explosión musical de los sesenta y, ya como músico, el punk-rock’’.

Cierto. En San Francisco, a mediados de los setenta, se infiltra en la emergente escena punk. Toca la guitarra en The Nuns, a los que abandona antes de que graben su primer elepé, mientras su hermano Javier milita en The Zeros. ‘’En aquella época no veíamos el punk como una reacción contra la música anterior ni contra la sociedad, sino contra la industria discográfica’’, clarifica distanciándose del fenómeno británico. ‘’Si queríamos destruir algo, era a las discográficas y toda esa horrible música comercial. Fue una época increíble, todos unidos en un mismo objetivo aunque manejásemos músicas distintas. Recuerdo haber tocado junto al cantante reggae Max Romeo, el rockabilly Ray Campi o los aplastantes Crime’’. Por edad, Alejandro superará aquel fenómeno y, mudado a Nueva York, funda junto a miembros de The Dils la primigenia banda cow-punk, Rank & File. ‘’Cuando aparecieron los Sex Pistols tenía ya 26 años, por lo que enseguida vi que eran una estafa’’, explica. ‘’Pero Joe Strummer tenía mi edad, y The Clash iban muy en serio, sonaban tan poderosos como los grandes grupos de los sesenta. Y, si lo piensas, Pete Townshend ya no era un adolescente cuando escribió «My Generation». También es cierto que yo veía las cosas con otra perspectiva. Al principio los punks se rebotaron con Rank & File, nos veían como la música de sus padres’’.

Tras una gira de Rank & File que finaliza en la casa del crítico Lester Bangs, por aquel entonces instalado en Austin, Alejandro decide quedarse en Texas y recuperar sus raíces. Allí formará parte de otra incipiente banda junto a su hermano Javier, True Believers, que llegan a grabar un elepé homónimo (EMI, 1986) y abortan un segundo al ser despedidos del sello. A principios de los noventa, cuando flaquea en expectativas profesionales, el guitarrista Turner Stephen Bruton —fallecido en 2008— le anima a grabar en solitario. ‘’No hubiese grabado mis primeros discos sin su ayuda’’, confiesa. ‘’Aquello me salvó de trabajar en tiendas de discos. Soy un compositor tardío, no escribí canciones que me gustasen hasta cumplir los treinta. Él fue quien me animó a componer, y aportó mucho a esos discos que considero obra de los dos. «Fort Worth Blue», en Street Songs of Love, la escribí para Stephen. Era de Fort Worth, una ciudad peculiar que parece del salvaje oeste, llena de tipos locos: Delbert McClinton, T-Bone Burnett, el Legendary Stardust Cowboy. Allí tienen un estilo a la guitarra muy raro. Stephen tocaba de ese modo, y fue alguien muy importante en mi vida’’.

Aquellos primeros trabajos —Gravity (Watermelon, 1992), Thirteen Years (Watermelon, 1994) y el excepcional With These Hands (Rykodisc, 1996) — descubren a un autor de canciones que detesta encerrar la música en compartimentos estancos y, en consecuencia, puede alentar la tristeza de Townes Van Zandt pero asimismo la enérgica jovialidad de los hermanos Vaughan, proponer sabores de frontera abajo traducidos a la sensibilidad gringa y también solemnes arreglos de chelo regando florecientes yermos. Canciones, en fin, que te impregnan por su pálpito humanista e íntima verdad. ‘’Es cierto, tiendo a la gravedad y a lo doloroso en mis canciones, a las experiencias más profundas de la vida’’, declara consciente. ‘’Soy así, no puedo evitarlo. Se dice que mis canciones van directas al meollo del asunto, al corazón de las cosas, y quizá por ello funcionan, porque se enfrentan cara a cara con emociones que no son fáciles ni agradables. Creo que, al escucharlas, las reconoces como propias y eso ayuda a superarlas, te da ánimos’’.

En esta trilogía inicial encontramos ya el escritor de personalísima intensidad, y perspectiva literaria, que domina los detalles, los requiebros, el contacto emocional. En los dos primeros álbumes, frugalmente registrados, mayormente refleja vivencias personales; en With These Hands ampliaba su radio de acción, no sólo en producción gracias a un mayor presupuesto, también en desbordante objetividad narrativa, enfocando vidas anónimas abocadas a la dimensión menos complaciente de la realidad. Amasan estas tres obras un rico legado de canciones de amor: «Broken Bottle», «Five Hearts Breaking», «Ballad of the Sun and the Moon», «Way It Goes». De lamentaciones fúnebres, la espectral «She Doesn’t Live Here Anymore», y devastación personal o social: «The Last to Know», «Nickel and a Spoon». Historias familiares como «With These Hands», sobre su padre, o punzantemente autobiográficas. En «Pissed Off 2AM», el músico fracasado llega a casa deseoso de perpetuar su ebriedad, pero se topa con la triste imagen de si mismo, alguien a quien ya no le entran los pantalones de cuero negro, el alma de la fiesta sólo hasta que desaparecen sus borrachos aduladores.

La escritura siempre estuvo, para Escovedo, fundamentada en su hábitat natural, las actuaciones. ‘’Mi vida está en los escenarios y, de hecho, donde mejor funciono es en directo’’, declara convencido. ‘’En las actuaciones se comparte algo excitante con el público, y de ahí surgen las ideas para canciones, arreglos, todo. Es una celebración del momento presente, algo que por unos minutos aumenta la intensidad de vivir. Recuerdo que salía de los conciertos de The Who sintiendo que me habían cambiado la vida, y en parte era cierto’’. Para afinar el material de su más reciente álbum, actuó semanalmente con su querido grupo, los Sensitive Boys, en el Continental Club de Austin. Cada martes presentaban al público tres nuevos temas, primero en esbozo acústico, luego saliendo a escena la sección rítmica, finalmente con vocalistas invitadas. El material se maceraba así ante testigos, recogiendo sus reacciones y críticas, enriqueciéndose en ese intercambio.

Conocí personalmente a Alejandro en Waterloo Records, la amplia y moderna disquería de Austin donde trabajó durante una época. Corría el verano de 1992 y nos aproximó la compartida amistad con Sterling Morrison, a quién Alejandro trató desde los ochenta. ‘’Le apreciaba mucho y le echo de menos’’, me dice cuando recuerdo el impacto que me produjo «Tugboat», el tema sobre el desaparecido guitarrista de Velvet Underground que cierra With These Hands. También congenió con John Cale, a quien siempre veía en sus actuaciones tejanas. En 1999, versionaría a Cale —también a Lou Reed, Ian Hunter y Jeffrey Lee Pierce— en un álbum hecho de retales, imborrable como la peor de las resacas, Bourbonitis Blues (Rykodisc). ‘’Fue un disco de transición, estaba montando mi banda y lo edité para ganar tiempo, con temas propios y versiones de artistas que me marcaron’’, se justifica.

Cale produciría el álbum de su retorno tras la catástrofe, The Boxing Mirror (Back Porch Music, 2006), adaptando los temas de Escovedo a su reconocible sonoridad, entre clasicista y contemporánea. ‘’Disfruté al estar tanto tiempo en el estudio con él, toda una experiencia’’, recuerda. ‘’No sé si a John le gustaba la banda, la verdad, pero sí mis canciones. Canciones que surgieron del proceso de la enfermedad y la recuperación. Esa es la razón de que me resulten incómodas hoy, casi nunca las tocamos en vivo. Pero tenía que hacer ese disco, no podía haber hecho otro en aquel momento’’.

Antes del colapso había entregado dos obras capitales en su trayectoria. La primera, A Man Under the Influence (Bloodshot, 2001), ‘’es un disco que me gusta mucho, uno de mis favoritos, contiene grandes canciones. Los músicos que participaron son como una gran familia para mí. Además de Héctor Muñoz, mi batería de siempre, están Chris Stamey, que lo produjo, Caitlin Cary al violín, Mac McCaughan, Mitch Easter, Ryan Adams…’’. Este equipo humano ayudó a consolidar su trabajo más abierto y populista hasta la fecha, un álbum de poderes acumulativos mostrando las múltiples facetas de uno de los más dotados cantautores americanos de su época. Aquí habitan «Rosalie», «Across the River», «Don’t Need You», «Wedding Day», «About this Love»…

La siempre bienvenida presencia gringa quedaría suspendida en su siguiente proyecto, By the Hand of the Father (Texas Music, 2002), donde rinde documentado homenaje a quienes, como su padre, habían tenido que abandonar México para instalarse en un país donde se sentían de paso y eran tratados como ciudadanos de segunda. Originalmente, By the Hand of the Father se representó como ‘’una performance musical sobre la cultura chicana. La estrenamos en el Teatro de la Raza, en East L.A. Expone a través de un ciclo de canciones la historia de cómo nuestros ancestros llegaron al país y acabaron sintiéndolo suyo a pesar de los problemas que encontraron. A los mayores les gustó mucho, se vieron representados, se sintieron orgullosos. Y, de hecho, es una obra extensible a todos los inmigrantes, no importa de donde procedan’’.

El verdadero resurgimiento de Alejandro Escovedo se producirá al conocer a Tony Visconti. Nada extraño si sabemos de las querencias glam de este ecléctico rockero; formó parte de la banda de breve existencia Buick MacKane, nombre de resonancias bolanianas, con un solo elepé titulado, The Pawn Shop Years (Rykodisc, 1997). El veterano productor de T-Rex confería su probada efectividad a Real Animal (Manhattan, 2008), colección de canciones compuestas con Chuck Prophet que abrió nueva vía comercial a su música. Aquí están el recuerdo a su primer grupo «Nun’s Song», el viaje al Nueva York bohemio de «Chelsea Hotel 78», las vivencias de una banda a toda mecha plasmadas en «Chip’n’Tony» y, muy especialmente, la convicción que planea sobre todo el álbum, enunciada en la bluesy «People (We’re Only Gonna Live So Long)», que la vida debe agotarse con fruición.

‘’Congeniamos enseguida con Tony, es un tipo estupendo’’, declara entusiasmado. ‘’En principio iba a grabar Real Animal con otro productor, pero a través de un amigo que trabaja en EMI me puse en contacto con él y aceptó producirme. Las canciones me las inspiraron las distintas bandas en las que he estado a lo largo de los años. Componerlas a medias con Chuck hizo que él aportase también su propia experiencia en ese aspecto’’.

Secuela más accesible si cabe resulta Street Songs of Love (Fantasy, 2010), solidificando una relación con Visconti que se prevé fructífera, para nada agotada. Arranca el disco en la estimulante «Anchor» y sus intoxicantes coros femeninos, para ir creciéndose en escenas vivaces, realistamente románticas. Lo son «Down in the Bowery», con la voz invitada de Ian Hunter, donde un padre se preocupa por el encaje de su hijo adolescente en la vida real; «After the Meteor Showers» y la inesperada conciencia de la belleza, exterior e interior, de un personaje observado al trasluz; o «Fall Apart with You», con su pareja de marginados que, en compartida caída libre, sólo se tienen el uno al otro. ‘’Quise hacer un álbum que por una vez no fuese autobiográfico’’, confiesa. ‘’Acababa de salir de una mala época, había roto con mi pareja de años. Entonces conocí a la que es hoy el amor de mi vida, y por ello las canciones son como son. Ya lo dice el título, ¿no? Tratan de la búsqueda de ese sentimiento siempre elusivo, misterioso y adictivo. La implicación de Tony fue total, no sólo produce, da ideas para mejorar un estribillo, por ejemplo, y toca varios instrumentos’’.

Y aquí llega el dilema. ¿No se habrá perdido en tan dinámica, acerada producción —incluido dúo con Springsteen en la pegadiza «Faith», cuyo mánager Jon Landau representa a Escovedo— parte de la esencia de aquellos primeros discos, la conspicua y variada atmósfera de With These Hands, la cualidad de vibrante cajón de sastre de Bourbonitis Blues, el empaque emotivo y musical de A Man Under the Influence? ‘’Es posible…’’, reconoce dubitativo. ‘’Pero el disco suena muy bien y me ha abierto muchas puertas. La verdad, no puedo quejarme. Ya estamos componiendo con Tony canciones para un nuevo álbum rock; quiero que estén Pete Escovedo y Sheila E., que tenga mucha percusión, pero también grandes guitarras rock. Y después me gustaría hacer algo más experimental, similar al periodo Low de Bowie, que Tony produjo’’.

No seré yo quien discuta aquí la relativa consagración de alguien que tanto ha luchado… y ha vivido para contarlo. Y menos ante creador de tan invulnerable autenticidad, una de las voces más sentidas y queridas del genuino rock americano de las últimas décadas. Alguien inmensamente sincero que no capituló ante nada, que peleó terco según su propio instinto, sabedor de que en el trabajo duro está el arte, está la vida.

IGNACIO JULIÀ

Publicado en Ruta 284, julio-agosto 2011.

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