Artículos — 19 Mayo, 2011 at 0:00

Dylan en palabras de un no dylanita

¡¡¡MES DYLAN!!!

Mientras se acerca la fecha en la que Dylan cumplirá sus 70 primaveras nosotros seguimos desgranando artículos dedicados a él en nuestro mes Dylan. Ahí va otro más….

Sí. Servidor es meramente un fan de Dylan. No puedo, ni aspiro, a entrar en esa selecta categoría de los Dylanitas. No hace mucho leí en un blog, una web, un periódico o una revista, lo siento no lo recuerdo, una afirmación tan categórica como aplastante. Decía que Dylan no tenía fans. Que lo que tenía el interprete de Minnesota eran “entendidos”. Aquellos que examinan su trayectoria al dedillo, que analizan cada gesto, cada inflexión, cada acto realizado para intentar encontrar el misterio que se esconde tras el. Que investigan letras e intentan descifran incógnitas escondidas entre las líneas de sus letras. Esos que levitan hacia el infinito en los recitales de su interminable Never Ending Tour, solo la biología logrará pararlo, mientras más de la mitad del personal presente intenta, a duras penas, adivinar que canción está tocando en ese momento. No se me enfade ninguno, faltaría más, estas palabras están escritas desde el respeto que me merecen. Y desde el cariño, que tengo unos cuantos amigos que entrarían en esa condición con todos los honores. A mí, sencillamente, me gusta su música. Sobre todo desde que decidió abrazar la electricidad para dejar atrás al cantante de folk. Sin más.

 

Entré tarde en el universo de Robert Allen Zimmerman. Ya andaba por la segunda parte de la juventud cuando presté, por primera vez, detenida atención a su obra. No es la adolescencia y la primera parte de los veinte la edad ideal para hacerlo. Es posible que alguien pueda quedar embrujado por la esquiva mirada de Bob a los diecisiete, no lo dudo, pero esa era un etapa más propia para quemar la energía juvenil entre acordes de punk furioso, rock & roll de alto voltaje y hard rock contundente. Ustedes dirán, ¿qué tiene esto que ver con los años 70 de Dylan? La respuesta amigos está en el viento y es más que evidente. Los discos fabricados en esos años, facilitados por el hermano mayor de mi novia de entonces, fueron los que cimentaron mi encuentro definitivo con él. Blood On The Tracks ya había hecho mella en mí y The Basement Tapes no hizo más que aumentar la curiosidad y las ganas de continuar la senda trazada por «Tanged Up In Blue», «Simple Twist Of Fate», «Idiot Wind», «Buckets Of Rain», «Orange Juice Blues», «Goin’ To Acapulco» o «Tears Of Rage». Escuchados en orden cronológico tal y como me había recomendado el prestamista de los vinilos. Y después venía Desire. Y ahí me caí con todo el equipo. Siempre me han gustado las canciones que cuentan historias, de ahí probablemente mi pasión por el rock de raíces americano y el country, y, como habrán adivinado, ese inicio con «Hurricane» me rompió el corazón. El riff de violín, las primeras estrofas, no encontraba ni un segundo de desperdicio en la composición. Me pareció una canción perfecta. Y ahora, unos cuantos años después, me lo sigue pareciendo. Creaba un clima especial, una especie de atmosfera desencantada, un paraíso de perdedores que continuaba con las oscuras notas de piano que abrían «Isis» como antesala al trote zumbón que nos llevaba hasta «Mozambique» y la urgente sensación de huída que transmitía «One More Cup Of Coffee». Los surcos te engullían, atrapándote en un pozo sin salida, no había manera de salir de allí. «Oh Sister», con otra preciosa entrada de violín, precedía el hundimiento en los bajos fondos del hampa en los asfixiantes más de once minutos de «Joey», el señor de las calles. El sol brillante de México y el sabor dulce del amor iluminaban «Romance In Durango», como me sorprendió escucharlo cantar en ese macarrónico castellano, antes de volver a la amarga realidad de «Black Diamond Bay», “There’s another hard-luck story that you’re gonna hear…”, y finalizar con la desesperada plegaria a la mujer amada, en la zozobra que puede preceder a la ruptura, en un exorcismo público de demonios interiores y corazones resquebrajándose. Enterarse luego de la extraña gestación del álbum todavía lo hace más mágico. Con el caos adueñándose de todo al principio entre una montaña de músicos, algunos no sabían ni que hacían allí, entrando y saliendo que mezclaba súper estrellas, Eric Clapton, con artistas reclutados de la calle, o eso dice la leyenda sobre la violinista Scarlet Rivera, lo que facilitaba la desidia y la entrada del alcohol y las drogas. Tras algunas sesiones de grabación infructuosas Bob dio portazo y se quedó con un pequeño grupo de músicos, la citada violinista, Howard Wyeth, Don Cortese, Rob Stoner, Emmylou Harris en los coros, para finalizar el álbum en un tiempo récord. Alcanzó el número uno en las listas norteamericanas, que mantuvo durante varias semanas, y subió alto en las de muchos otros países siendo uno de sus trabajos más triunfales a nivel de ventas. Luego salté atrás en el tiempo, Blonde On Blonde, Highway 61 Revisited, y nuestra amistad ya fue para siempre. Puedo pasar largos periodos de tiempo sin ponerlo en el reproductor para luego pasar una semana entera sin escuchar otra cosa. Pero no soy un Dylanita, no soy un “entendido”, solamente disfruto de sus canciones sin disquisiciones ni haciendo malabarismos para buscarle tres pies al gato.

 
MANEL CELEIRO

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