Artículos — 23 Mayo, 2011 at 0:00

Before The Flood

¡¡¡MES DYLAN!!!

Para celebrar el cumpleaños de Bob Dylan, Mikel Muñoz, autor de Autor de The Band – Historia y Música, en Editorial Milenio nos regala este fantástico texto…

Puede resultar bastante paradójico que el propio autor cuya obra tanto admiras defina ésta como “un circo”. Eso es lo que más o menos vino a decir Bob Dylan de su Tour ’74, en su día la más multitudinaria gira rock que jamás había existido. Yo no tenía ni idea de nada de esto cuando escuché Before the flood por primera vez, pero con sólo ver aquella portada – decenas y decenas de manos invisibles que se perdían en el horizonte, sosteniendo cada una su correspondiente lumbre –, ya uno se hacía una idea de que aquello había sido algo bastante gordo. Una vez escuchado el disco, los gritos del público entre “Like a rolling stone” y “Blowin’ in the wind” terminaban de corroborar aquella impresión: efectivamente, algo muy especial debía haber acontecido en aquel concierto.

 

 

Aquel doble entró en casa con cuatro años de retraso respecto a su fecha de publicación y un poco de rebote, pues aunque quería un disco de Bob Dylan después de haberle descubierto en El Último Vals, lo cierto es que fue elegido en detrimento de otros porque también aparecía The Band en él. No es que en el concierto de despedida de The Band las canciones que el grupo interpretó con Dylan sonaran melifluas precisamente, pero desde la primera nota del “Most likely you’ll go your way (and I’ll go mine)” que abría el LP se podía apreciar que aquellos seis músicos iban a tumba abierta en aquellas canciones, que la atmósfera no era la misma que en The Last Waltz; ahí se estaba cociendo otra historia. Los temas se sucedían los unos a los otros como disparos escupidos desde una ametralladora; aunque de vez en cuando el órgano de Garth Hudson ofrecía un pequeño respiro, lo cierto es que ni por ésas; aquellas canciones venían definidas por una sección rítmica trepidante (fantásticos Levon Helm y Rick Danko), unos punteos de guitarra desabridos (Robbie Robertson más “matemático” que nunca) y un cantante que vociferaba. Y, por cierto, ¿por qué vociferaba tanto Dylan? ¿Por qué un tipo cuyos trabajos previos eran tan plácidos como Planet waves – su título tentativo fue Canciones de amor, no se diga más – o New morning – desbordante a más no poder de algodón de azúcar – se mostraba tan agresivo? Pues lo cierto es que, a día de hoy, no encontramos una respuesta lógica. Robbie Robertson afirma que durante los ensayos previos a  aquellos conciertos de ninguna manera Dylan cantaba con esa mezcla de desesperación y rabia. En su opinión, la “combustión que emanaba de aquella multitud” es la que directamente influyó en su manera de cantar. Vamos, que igual simplemente resultó que se puso nervioso ante aquel público enfervorecido y su reacción fue la del tímido agresivo; en este caso, defenderse a base de testosterona en la voz. Pero el público no tenía culpa de nada más que de quizás un exceso de entusiasmo, y es que después de todo, habían esperado ocho años para volver a ver y escuchar a su ídolo, desde la catártica transformación que experimentó la música Dylan – y toda la música rock en general – en la gira mundial del 65 y 66, precisamente con la misma banda que ahora le volvía a acompañar.

Sea por lo que fuera, lo cierto es que nunca hemos vuelto a oír cantar así a Dylan; quizás sí con más entusiasmo, pero no con tanta agresividad. Es comprensible que para algunos el tratamiento dado a aquellas canciones resulte poco menos que inaceptable; es posible que se pudiese disculpar lo que había hecho en el 66 porque en aquel momento representaba la revolución en la música – pre-punk lo han llamado algunos -, pero en 1974 aquello ya no tenía ninguna razón de ser; el mundo del rock hacía tiempo que se había subido al carro de lo que inventó Dylan ocho años atrás, y no tenía sentido volver a insistir con ese sonido sin cuartel después de haber hecho John Wesley Harding o Nashville skyline.

Claro, yo todo esto no lo sabía entonces, pero dudo que el haber tenido conocimiento de todas estas circunstancias hubiese tenido ningún efecto sobre mis sensaciones al oír “It ain´t me, babe” o “All along the watchtower”. Escuchar El Último Vals había sido una revelación; poco antes había pasado de Neil Diamond y Cat Stevens a The Beatles y The Rolling Stones, y cuando pensaba que la transición desde “I’m a believer” a “Get off of my cloud” había sido tan traumática como inevitable, de pronto detectaba otro cambio de registro en otras canciones que estaban en un peldaño superior – perdón por la herejía, sobre todo supongo que en lo que respecta a los Beatles -. Apenas un año o dos después de haberme agenciado Before the flood, caían en mis manos los libros sobre Dylan de la maravillosa colección Los Juglares, de Ediciones Júcar: ahí estaban, las letras de todas aquellas canciones; por fin podría enterarme de qué demonios decía el puñetero Dylan, que si ya de por sí decía cosas raras, si encima pegaba aquellos gritos todavía era más difícil entenderle; por fin podría, sí, saciar mi curiosidad y averiguar por qué de repente en mitad de “It’s all right, ma (I’m only bleeding)” el público soltaba semejante rugido después de un verso de Dylan: caramba, era porque decía algo así como que “incluso el presidente de los Estados Unidos tiene que bajarse alguna vez los pantalones”. Y lo más alucinante es que el resto de la canción era todavía más implacable; lo siento de nuevo, pero lo que transmitía “It´s all right, ma” o “Ballad of a thin man”, aunque no se terminase de entender del todo – o quizás precisamente por eso – no tenía nada que ver con los Rolling, tan rebeldes ellos, o los musicalmente rompedores Beatles. La música de aquellas canciones no era tan distinguible como la de “Revolution” o “Satisfaction”, que ya se podían tararear tras ser escuchadas solamente una vez, pero sin embargo, una vez asimiladas, llegaban mucho más adentro.

The Band se vanagloriaba de que podían sonar igual en directo que en estudio, y que cuando se lo proponían era cuando transformaban la canción. La metamorfosis de la delicada “Lay lady lay” original en la robusta interpretación que se escucha en Before the flood debería ser pues, según esto, algo calculado. ¿Fue realmente así o surgió en el momento de manera natural, como reacción a lo que sucedió entre Dylan y su grupo y el público? Sea como fuere, da un poco igual, lo cierto es que durante aquel mes y medio aquellas canciones fueron versionadas de manera tan poderosa que esta nueva cara que mostraban hizo que se volvieran todavía más grandes; no mejores o peores, simplemente se desdoblaban en su identidad y se multiplicaban en su alcance, y por ello mismo se enriquecían.

 Habían pasado ocho años desde que los mismos seis músicos se habían reunido por primera vez, y quedaba claro que durante aquel tiempo ellos también habían evolucionado. La anarquía que rodeó los conciertos del 65 y 66 había desaparecido ya, y aunque Dylan y La Banda se empleaban con contundencia, el saber hacer de los seis hombres se dejaba sentir en el control que ejercían sobre sus interpretaciones; nunca se permitieron perder su sabio dominio sobre ellas; incluso cuando se dejan llevar por el arrebato que surgía de aquella “combustión” e imprimían a las canciones una energía extra, siempre les quedaba un resquicio para colar su excelencia musical. Incluso en “Like a rolling stone”, probablemente la más apocalíptica de las interpretaciones recogidas en el disco, al principio los instrumentos van entrando poco a poco, como esperándose los unos a los otros, jugando; hay tiempo para que el piano de Richard Manuel suene cristalino cuando marca el inicio de la potencia rockera que los seis músicos despliegan en la canción hasta llevarla al maravilloso extremo que alcanza.

¿Que aquellas canciones perdían parte de su personalidad al ser metidas y agitadas dentro de la coctelera musical que fueron Dylan y The Band durante Tour ’74? Es posible, pero dejémonos de puritanismos, después de todo esto era un concierto rock, y el rock en concierto no está mal que tenga un punto agresivo y canalla. Aunque para el propio Dylan aquello no fue “nada más que fuerza”, aunque según él fue una gira “desprovista de emoción”, y sí, a pesar de que evidentemente se convirtió en el evento más “in” del momento, incluso pijo u oportunista (con los actores más populares o los políticos más pujantes de la época preocupándose de que todo el mundo se enterara de que asistían a aquellos conciertos), yo sigo pensando que lo que consiguieron aquellos seis músicos durante el mes y medio que duró Tour ‘74 fue dar el mejor tratamiento rock a algunas de las mejores canciones de la música popular jamás escritas. ¿Alguien da más?

Mikel Muñoz

 Autor de The Band – Historia y Música, Editorial Milenio.

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