Artículos — 7 marzo, 2011 at 0:00

Marianne Faithfull – Horses And High Heels

Recibo por vía directa una crítica razonada y perfectamente presentada: uno de nuestros colaboradores, hombre de palabras ajustadas, contrastado sentido común y buen gusto, no comparte la tendencia convertir la reseña del disco del mes en una crítica de medida estándar acompañada por datos biográficos del autor que firma el álbum. No aprovechamos el —mayor— espacio disponible para profundizar en la obra de marras, me dice.

Así que al grano, que el nuevo de la Faithfull ofrece mucha, mucha tela que cortar. Encumbrada a los altares de la música para todos los públicos gracias al espectacular elenco de invitados de sus tres últimos discos —ya saben, el calvorotas Corgan, el jefecillo de Blur, Jarvis Cocker y el travieso Beck en Kissin’ Time, Nick Cave y P.J.Harvey principalmente en Before the Poison, un listado extenso de estrellas en Easy Come, Easy Go, desde Keith Richards a Nicolás Cavernas de nuevo pasando por Chan Marshall o Rufus Wainwright—, siempre quedó la sensación de que la invitada era ella. La clave era y es Hal Willner, el productor mágico. Pero reconozco que pese a disfrutar de esos álbumes, me molestó parcialmente comprobar que sus historias autobiográficas parecieran usurpadas por el figurón de turno. Para quien siga considerando Broken English como uno de sus discos de cabecera y opinando que el carnal Dangerous Acquaintances fue prematuramente descartado de su listado de logros, el continuo entrar y salir de escena de cantantes, guitarristas y compositores difuminaba excesivamente el perfil de una Faithfull sabia por veterana, inteligente e intuitiva. Easy Come, Easy Go era necesario, pero ahora había que recoger velas, centrar el foco en su rostro curtido y orientar el micrófono hacia su rugosa garganta. Su voz en primer plano, cubierta por una discreta pero efectiva Jenny Muldaur y apoyada, siempre, en la magistral guitarra de Doug Pettibone. Su inspiración le permite co–firmar cuatro de los doce temas sin desentonar junto a clásicos menores perfectamente seleccionados. Del inimitable aroma de New Orleans, de sus calles y del nervio interpretativo de sus músicos se beneficia Horses and High Heels: empieza el recital con el ritmo contenido de «The Stations», cedida por Greg Dulli y Mark Lanegan, pero es en su segunda parada cuando definitivamente se palpa que la historia apunta a matrícula de honor. «Why Did We Have to Part» la presenta a corazón abierto, superando pérdidas y mirando al futuro de frente, a los ojos, regresando sin moverse de hoy en día a la sensibilidad quebradiza de Broken English de la mano de Laurent Voulzy (¡el de «Rockcollection»!). Liberada de corsés, más cómoda cada minuto que pasa en su papel de líder de un proyecto que se sabe ganador, suelta amarras para atracar en los primeros y convulsos setenta: «No Reason» de Jackie Lomax es puro gozo para los sentidos, lo más estoniano sin sonar a Stones que ha grabado en su vida. Sin necesidad de reclutar a sus antiguos compinches, se muestra sin maquillaje, orgullosa de no tener que ocultar su edad y poder presumir de lo vivido con sonrisa irónica. ¿Muy bueno lo escuchado hasta el momento? Ahora llega lo magistral, compuesto al alimón con David Courts. Dave Kusworth dejaría de beber vodka por grabar algo así, Nikki Sudden maldecirá esté donde esté haber palmado sin la oportunidad de escribir «Prussian Blue», una joya sencilla que cabalga a lomos del órgano pulsado por Bob Andrews. Los biorritmos se relajan al entrar en un periodo de calma, emparentado directamente con su anterior disco. La apropiación del «Love Song» de Lesley Duncan y de «Goin’ Back» de Goffin & King, interrumpida por el pedazo de jolgorio pantanoso de «Gee Baby», prepara el terreno a la inmortal «Past Present and Future», preciosidad neoclásica rematada por sección de vientos y de cuerda. El último tercio presenta dos joyas que enhebra con Pettibone, la arrastrada melodía que da título al álbum y «Eternity», en la que un cierto aire funk se funde por momentos con sonidos orientales extraídos de los experimentos de Brian Jones con los marroquís Master Musicians of Jajouka. Trip psicodélico suave como una calada a un tres papeles de aceite, nada que ver con los terrones de LSD, intercalado entre la brutal «Back in Baby’s Arms», o Allen Toussaint cediendo el Fender Rhodes a la eminente figura autóctona —Dr. John, obviamente— e invitando a Lou Reed a rasgar las seis cuerdas. Discreto como el resto de invitados, Reed se instala en un cómodo segundo plano desde el que observa cómo Muldaur se suelta la melena ante la aquiescencia de Marianne, discreto plano que abandona en la final «The Old House». Suyas son las últimas notas, despedida inesperada en la que juega a ser Steve Hunter mientras la Faithfull se retira, infinitamente orgullosa: ha sobrevivido a todas las pruebas —escogidas o impuestas—, a todos los fuegos, y sabe de sobras cuando lo que tiene entre manos vale la pena. Y esta vez roza el sobresaliente.

 ALFRED CRESPO

 

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